Separados, aislamiento…

Tiempo de armonía, Paul Signac (1893)

Una de las premisas para evitar el contagio se basaba en aislarnos, tomar distancia (“social”) unos de otros, para luego apelotonarnos en el transporte público o en el lugar de trabajo. El aislamiento, el miedo que desencadena la violencia estructural, la inseguridad estructurada provocada por la gestión de la pandemia siempre favorecen la economía de mercado, cuya máxima aspiración es la de transformar todo lo existente e inexistente, vivo o inerte, la fuerza individual y colectiva en mercancía que se compra y se vende. De igual manera que el aislamiento favorece al Mercado el Mercado favorece igual la pandemia que el aislamiento, mientras auspicia la “nueva normalidad” de la que espera obtener sus renovados impulsos.   

El Mercado se ha situado entremedio de los individuos, entre la necesidad y su satisfacción, se manifiesta como la mediación omnipresente que reviste las necesidades como una cuestión exclusiva, inasequible, y dineraria, acaparando de tal modo la distribución que la satisfacción de las necesidades fuera de él, salvo algunas excepciones, está prácticamente reservada a los excluidos y marginados. Se exhibe públicamente como el aparador de riqueza de la sociedad, todo está ahí expuesto, tan ordenado tan cerca, pero no se puede tocar solo mirar, tan solo separados por una fina línea imaginaria.

Sujetos al Mercado y sometidos a sus leyes, este delimita lo que supone estar en “sociedad”, cuando todo se compra y se vende puede parecer que no se necesita nada más (que dinero) ni a nadie para vivir, una apariencia del fetichismo capitalista que se ve reforzado con el aislamiento impuesto por la pandemia. El capitalismo en tanto relación social nos aísla en ese espacio genuino, asignando a los individuos un doble estatuto generalista, el de ser una mercancía más y el de consumidor inmerso en el monopolio del intercambio fetichista, un espacio adaptado a la compra-venda, a los roles específicos de vendedor-cliente que edifican el paisaje y la manera en que habitamos.

El “Mercado”, dicen, dirige la economía, hace pobres a los más pobres y distingue a los más ricos, tanto distribuye la miseria como promueve la guerra, mata de hambre, es Libre, le servimos o nos excluye, es el instrumento anónimo tras el que se oculta la dominación capitalista, el apéndice que fractura el “cuerpo social” al que somete a su dictado, bajo la apariencia del intercambio entre iguales constata y posibilita la separación entre el carácter social de la producción y el carácter privativo del consumo y la acumulación. Separación de la cual se nutre y que constituye la acumulación de Capital.

Para poder ser transformado en Capital, lo humano (hombre-mujer) ha sido desposeído de la riqueza natural y sus bienes, del derecho de uso de la tierra, separado, y privado de la riqueza social, degradado a la categoría de objeto, de cosa, a la misma altura de cualquier otra mercancía mediatizada por el dinero, siendo abocado imperativamente a la búsqueda del sustento en el Mercado, tratando de vender lo poco que aún conserva, la fuerza, el tiempo… siempre y cuando sirva a los intereses capitalistas. ¡Esencia de la libertad capitalista!
El Mercado es el espacio de realización de (el Capital) la mercancía en su fase de circulación, la mercancía condensa algunas de las cualidades arrebatadas al sujeto, correspondientes a aquello de lo que ha sido privado históricamente (desposesión primitiva), sumado a la porción sustraída (alienada) en el proceso de trabajo. Magnitud de la alienación que nos conduce a considerar seguidamente algunas cuestiones y otras que abordaremos más adelante.

La precariedad no es solo una nueva condición adquirida gracias a la ofensiva neoliberal, la crisis recurrente y la tendencia a la constante concentración de Capital conlleva un control cada vez más exhaustivo del mercado, una explotación en régimen de monopolio contrario al sagrado principio de la “libre competencia”, pero muy rentable.[1] El proceso de proletarización asociado no solo afecta a la clase obrera, es una condición sine qua non del vaivén de la destrucción de Capital y la consiguiente centralización. Una suerte de aspiradora de la riqueza social que gracias a la inestimable participación del Estado –una forma de capitalismo de Estado– dirige la acumulación de Capital llenando los bolsillos de unos cuantos a base de despojar al resto. No se trata tanto del 1/99%, son entorno al 13% de la población mundial los que dirigen la lucha de clases contra el resto de la humanidad, una especialización de la división del trabajo mundial que vela por el incremento incesante de poder y privilegios, devaluando además a aquellos que participando se sentían a salvo, las clases medias, cuadros técnicos e intermedios y segmentos de la pequeña burguesía. El fenómeno es tan notorio que llega a ocupar los Medios de Propaganda. Según The Guardian, desde el inicio de la pandemia de coronavirus, las ya enormes fortunas de los 643 multimillonarios de Estados Unidos se han disparado en un promedio del 29% que al mismo tiempo ha destruido decenas de millones de puestos de trabajo en todo el mundo. Mientra tanto, han muerto a causa de la pandemia más de 350.000 estadounidenses (2020) y más de 50 millones han perdido sus trabajos. En la larga onda del colapso, la reproducción de los capitalistas atenta contra la capacidad de reproducción capitalista.

Los llamados “medios de comunicación” no son tales, no sirven a la comunicación, no informan para poder decidir que hacer ni lo pretenden, son simples medios de propaganda en manos de las grandes corporaciones, que comunican con mucha naturalidad las decisiones tomadas desde el poder o le sirven de voceros, son la (única) voz del Amo que representa la familiaridad de la Nación, la Autoridad, la benevolencia de la “economía”, la inapelable dimensión de la tragedia ante la que no cabe respuesta… el mensaje de obediencia (el mensaje es el miedo), la noticia falsa, el silencio. El mundo alienado de la producción mediática no es que se nos presente de tal manera que parece existir para nosotros (Anders), sino que nosotros “aparecemos” como si existiéramos en él, en el espejo de un mundo vacío, en un espejismo de la humanidad del capitalismo, son su medio de reproducción.
Como cualquier toma de poder es también una toma de la palabra (Clastres), aquello que está roto de antemano, la comunicación y su potencial transformador, se representa unido por la gestión mediática del orden social en la familiaridad banal del interviú que alimenta la naturalidad capitalista: su reflejo humanizado.

La decadencia impuesta por el desarrollo y generalización del sistema de explotación capitalista es el causante de la pandemia y de la mayoría de calamidades que azotan la humanidad. La determinada relación que el Capital establece con la Naturaleza cuestiona la capacidad de la reproducción social a escala planetaria. La insostenible explotación sin piedad ni miramientos que se establece entre los “hombres” es igual a la que se establece entre el “hombre” y la Naturaleza. A pesar de la naturalidad con la que día a día se ponen de manifiesto tales relaciones, parece indiscutible y empíricamente demostrado que no es posible cambiar la relación con la naturaleza sin antes destruir las relaciones sociales, sin acabar previamente con las “fuerzas” que la sostienen, con el Capital, la explotación, la mercancía. Una ruptura adelantada por el propio avance capitalista, que sitúa a la biosfera y a las especies que la habitan al borde del abismo, cuando no directamente a la extinción.

El avance de la megamáquina impulsado por la competencia capitalista (robotización) se acelera con las medidas decretadas contra la pandemia y luego con la “digitalización”. Ahora mismo la burocracia capitalista y el servicio público son en muchos casos completamente virtuales o en vías de serlo. La macro máquina burocrática capitalista se ha cerrado en banda, ha colapsado, ya no es posible ir al médico, ser atendido en cualquier oficina de la administración y menos todavía si se trata de cobrar alguna prestación pasada o futura, el espacio virtual va ocupando el sitio de la realidad. Según cálculos de UGT, España podría perder en esta década siete millones de empleos por la crisis asociada a la covid y la digitalización, siendo los trabajadores remplazados por máquinas. Los consultores de gestión, McKinsey, pronosticaron que la automatización podría desplazar 53 millones de puestos solo en el continente europeo hasta 2030, el equivalente a aproximadamente el 20% de la fuerza laboral actual. La contradicción que supone la obsolescencia del trabajo vivo en la sociedad que precisamente debe su desarrollo a su explotación, nos empuja más hacia los márgenes, la crisis de la explotación disuelve de facto cualquier pacto social, cuestionando gravemente la continuidad y la capacidad del capitalismo como sistema hegemónico.

Sí el Capital somete lo humano, cualitativamente a la condición de mercancía y cuantitativamente apropiándose de las capacidades, la fuerza y el tiempo de trabajo, este dominio reconfigura, estructura, transforma las condiciones de la reproducción social, las necesidades y el modo de satisfacerlas, modelando con su enunciado la naturaleza de la alienación y lo alienado, –también la conciencia y aquello que denominamos pensamiento crítico. Estructurando una humanidad, una manera de hacer humano que sacrifica el conjunto de la colectividad, individuos y recursos a la acumulación de poderes, de capacidades, aspirando la fuerza social y dirigiéndola al beneficio de los intereses de la clase capitalista. Aquello de lo que ha sido apartado y desposeído el ser humano, aquello de lo que esta privado, no es de orden “natural” ni inmaterial, por mucho que se pretenda presentar el capitalismo de forma totalitaria y antihistórica como lo más natural del mundo.[2]

A estas alturas, podría preguntarse si el sacrificio de la humanidad en los altares de la “tasa de beneficio” constituye, como diría Benjamin, una componente más de la autoalienación que permite vivir su propia destrucción como un goce estético de primer orden, y añadirle al desenfrenado “instinto de muerte”, la cosificación generalizada, el postulado fin (posmoderno) de la colectividad que termina con el horizonte de progreso y liberación de la humanidad y la consiguiente revuelta estética de la identidad diferencial, que insufla el ascenso de las visiones individualistas anti-igualitarias cuyas reivindicaciones son dirigidas imperiosamente al terreno simbólico.
Y cada paso de la división y el aplastamiento colectivo es precedido por la economía política mostrándose como la única capaz de ordenar las diferencias. Es el terreno abonado del “multiculturalismo”, del fomento de la “diversidad”, de las “transversalidades”, incluso del “feminismo” como ideología de Estado. Seguido de la autoalienación de los discursos identitarios en los que excava la izquierda del capital, el comunitarismo racial o no, sectario, de extrema derecha o negro, nacional, asexual o transgénero, una “intersección” de identidades separadas que surgen encima de lo muerto, en resumidas cuentas, la emergencia de un “nuevo” sujeto político por encima de las clases sociales que se aglutina en torno al Estado y que aspira a ”progresar” gracias a la libertad de mercado.
El derecho de propiedad que asegura el Estado, sentirse propietario de una parte del pastel o sus aspiraciones, sacar tajada de la riqueza social colmando unas veces una necesidad, otras por puro fetichismo capitalista o una combinación de ambas, eso sí genera conciencia: la “parte” enajenada de la riqueza social reconvertida en una reivindicación jactanciosa y fatua de afirmación identitaria, de unos privilegios, que resiguen la senda trazada de lo perdido.
La otra parte, desposeída, no tiene tierra o la perdió, no tiene raza, patria, ni religión, no está separada por “esencias”, “identidades diferenciales”, sexos o géneros, no aspira al reconocimiento de los propietarios ni de la Autoridad, es la única fuerza capaz de dar una solución colectiva a los problemas que nos atenazan, dotar a la sociedad de un sentido humano y restaurar la relación con la naturaleza.

El hombre es por naturaleza un animal social, pero la dimensión social (excepto para los objetivistas) es una construcción histórica, que viene determinada por las relaciones de producción, el objeto de la producción social –sean valores de uso o moais– y el reparto de su producto, que definen su significado y el tipo de sociedad que constituimos.
En la forma históricamente determinada del capitalismo la condición social es una relación antagónica y contradictoria que se produce (retroalimenta) en una sociedad dividida en clases: la clase capitalista de los propietarios y la clase proletaria de los desposeídos. El objeto mismo de la producción, el antagonismo entre lo que se produce y para que se produce se traslada a la “sociedad” en su conjunto en forma de crisis social permanente y a la reproducción social en particular en forma de crisis de subsistencia. Las contradicciones que se producen entre el “incesante desarrollo de las fuerzas productivas” y la privación de su producto hacen imposible el progreso social, siendo capaces de reunir al mismo tiempo en una línea de tensión ineludible la sobreproducción con la escasez.
El Capital-Estado propietario de los medios de producción se asegura la dirección de la producción social hacia la acumulación de Capital, forma peculiar de apropiación de la riqueza social que se consigue socavando la colectividad. La desposesión colectiva de los medios de producción, fractura la dimensión “social”, empujando al individuo a someterse a las necesidades del Mercado que monopoliza la distribución y la “oferta” de trabajo formal. Subsumir las necesidades del conjunto de la sociedad al “libre mercado” es un burdo intento de camuflar el antagonismo y la desigualdad entre poseedores y desposeídos como si fueran iguales o tuvieran los mismos intereses. El Mercado estructura la separación entre el animal social y las relaciones (sociales) establecidas, es el intermediario impersonal perfecto que separa lo que producimos de lo que necesitamos, emplazando la vida social en un drama cotidiano cuando no en una tragedia, costeando las contradicciones y el conflicto inapelable entre las necesidades colectivas y la acumulación privada. El Mercado es el medio de circulación (compra-venta) de las mercancías que dista mucho de ser el medio de distribución como se puede apreciar en la miserable opulencia de los escaparates repletos y todavía más lejos de ser el medio por el cual se satisfacen las necesidades sociales, a pesar de la propaganda por tierra, mar y aire para hacernos cómplices y partícipes de la ideología, desde los sindicatos, los media, la educación, el izquierdismo, etc., por la cual se perpetúa la dominación y los privilegios de una clase sobre otra. En realidad el Mercado es el instrumento de la clase capitalista que le permite concentrarse y someter, segmentar, enfrentar, dirigir la fuerza colectiva…

La reproducción social capitalista (la reproducción del “valor”), presenta con cada crisis mayores dificultades de realización, sobreacumulación de capacidades, de mercancías, cuando trata de mantener o acrecentar las ganancias, de encontrar “espacios” de inversión y rentabilidad, serias dificultades en la base misma del sistema a la hora de incorporar y explotar el trabajo (vivo).
Todas esta contingencia capitalista, circunstancias, condiciones, “ecosistema” como gusta a la izquierda capitalista, componen la economía de la devastación y el desastre, una especie de pneuma, que gracias a la destrucción producida genera nuevos “polos de inversión”; de la pandemia al “Big farma”, del cambio climático al “Pacto verde”, ni cabe decir que nada de esto va a mejorar ostensiblemente la salud del planeta, en cambio representan nuevos espacios de “colocación de activos” financieros con los que sortear la crisis estructural del capitalismo de Estado, auspiciados cada vez en mayor medida por los bancos centrales. Creaciones de la ingeniería capitalista que ya traspasan, a través de la inflación, la concentración de Capital, el aumento de los costes de la energía y el transporte, la vivienda, la reducción y privatización de las pensiones, rentas del trabajo hacia el Capital.
La reproducción capitalista no solo conlleva la falsa objetividad del mundo cosificado, impone la miseria y la alienación política (“la falsa conciencia”) como condición (humana) necesaria y natural, poniendo en primer plano la condición decadente y anti-histórica del sistema capitalista y la contradicción lacerante entre las necesidades del “sistema económico” y las necesidades humanas, entre el Capital y la vida.
Si la parte alienada es aspirada por el mundo capitalista, y es algo más que tiempo de trabajo no pagado, aquello que constituye este “mundo” no es más que una abstracción de la fuerza social separada, dividida, desmenuzada…

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Finales de mayo del 2021


[1] Según el Instituto de Tecnología de Suiza, un núcleo dominante de 147 empresas, mediante participaciones entrelazadas entre si controlan en conjunto el 40% de la riqueza en la red global. Un total de 737 empresas controlan el 80% de todo.

[2] “Acumulación por la acumulación, producción por la producción misma; la economía clásica expresa bajo esta fórmula la misión histórica del período burgués”. K. Marx, El Capital.