La Comuna de París (1871)

Los límites al ejercicio de la «democracia pura»

Destrucción de la columna Vendôme, monumento considerado símbolo del despotismo del Segundo Imperio, decretada por la Comuna el 12 de abril de 1871
Los fallos de la oposición centralismo / federalismo

El antagonismo entre la idea centralista y la idea federalista en la organización política y social fue anterior a la Revolución francesa y a la concepción jacobina. El centralismo autoritario también había sido una corriente de la aristocracia en su lucha contra las fuerzas del feudalismo. Y, desde la Revolución francesa hasta principios del siglo xx, el modelo jacobino de acción política centralizada se impuso en la política burguesa y dio forma, de manera más o menos destacada, a las corrientes del socialismo, a algunos utopistas y luego a las corrientes marxistas. El Estado centralizado y el rechazo de la idea federalista fueron asociados al sistema representativo parlamentario, a la delegación permanente de la soberanía. La delegación de la soberanía opuesta a la democracia directa, el papel del Estado opuesto al autogobierno, el centralismo opuesto al federalismo fueron los temas centrales en los debates del movimiento socialista.

La aportación de Proudhon, sus concepciones descentralizadas de la economía y de la organización política, eran contrarias a las concepciones centralizadoras del jacobinismo. Él denunciaba el «contrato social» impuesto por el Estado centralizador, oponiéndole una idea federalista de la organización social. A menudo, las corrientes jacobinas  identificaron  su federalismo  con una vuelta al pasado —lectura simplista y errónea, pues a través de esta idea también aparecía la denuncia de una nueva forma de explotación—. Bajo el antagonismo del unitarismo y del federalismo, pensadores como Proudhon y Edgar Quinet:

… descubrían que, luchando para aniquilar una antigua servidumbre e instaurar una nueva libertad, la Revolución había engendrado al mismo tiempo, con la fuerza implacable de una necesidad histórica, una nueva forma de servidumbre.[i]

El desacuerdo entre Marx y Proudhon se focalizó, sobre todo, en las concepciones económicas. Las posiciones políticas del filósofo francés posteriores a la Revolución de 1848, a la vez que las ambigüedades de sus seguidores a propósito del Gobier­ no de Napoleón III, acentuaron su antagonismo. Dicho esto, durante sus años de actividad en Alemania —y también en 1848 y a partir de 1864 en el seno de la Internacional— Marx le dio escasa importancia al debate centralismo / federalismo. Para Proudhon, la concepción de la organización política descentralizada y su idea de federalismo se desprendían de sus concepciones económicas, de su reivindicación de la sociedad como asociación de productores privados. Marx compartió con él el «asco por la sensiblería socialista»[ii] y el rechazo de los socialistas utópicos. Tenía una visión del poder político que le otorgaba al Estado unitario, centralizado, el papel clave en la transformación social y la abo­ lición de la explotación. Así, criticó el proyecto de Proudhon como un intento de «allanar el antagonismo entre el capital y el trabajo» con su sistema bancario y su economía basada en el intercambio de productos.[iii] Para él, esta propuesta era antinómica con una ruptura con el sistema de explotación capitalista y la emancipación social resultante.

Es entonces cuando la Comuna de París de 1871 irrumpió repentinamente en ese debate, presentándose como un acontecimiento histórico determinante para el porvenir de las ideas socialistas y su división en dos corrientes, al obligarlas a posicionarse de nuevo sobre la cuestión del poder político. Entonces se planteó de forma más aguda la cuestión del sistema de representación y de la expresión de la soberanía popular en una perspectiva de clase más nítida ahora, ya que la evolución del capitalismo había colocado el enfrentamiento entre la clase de los productores y la burguesía en el centro de la vida social.

La Comuna fue proclamada por una decisión del Comité Central de la Guardia Nacional, emanado de los comités o consejos de los batallones. Los electos expresaban sensibilidades diversas: desde blanquistas hasta fourieristas y militantes de las cámaras sindicales. Eran mayoritariamente centralistas —defensores de la concepción jacobina más que de la federalista— y principalmente colectivistas —algunos, como Eugène Varlin, se oponían a Proudhon—. Según las circunstancias, sus ideas se acercaban a las de Marx o a las de Bakunin, sin que podamos decir que estuvieran subordinados a las dos figuras de la Asociación Internacional de los Trabajadores (ait). Al respecto, resulta abusivo considerar el funcionamiento de las corrientes de la época a imagen y semejanza de los partidos obreros que emergieron más adelante.

Si los proudhonianos quisieron reconocer en la práctica política de la Comuna la influencia de los principios federalistas anticentralistas, Marx, por su parte, se vio obligado a reconsiderar algunas de sus concepciones. En el Manifiesto del Consejo General de la AIT, define «el verdadero secreto de la Comuna de París» como:

… esencialmente, un gobierno de la clase obrera, fruto de la lucha de la clase productora contra la clase apropiadora, la forma política al fin descubierta para llevar a cabo dentro de ella la emancipación económica del trabajo.[iv]

En la filigrana de la fórmula «al fin descubierta» está la confesión de que es el movimiento real el que le llevó a reconocer esa nueva forma de gobierno y a reformular sus concepciones políticas.

Guardias nacionales en una barricada de Belleville, el 18 de marzo de 1871
El elemento negativo y el elemento positivo

En más de una ocasión se ha hecho hincapié en que Marx se esmeró en resaltar los rasgos generales, los nuevos principios de gobierno, pero no tanto en estudiar el funcionamiento concreto de la Comuna y la realidad concreta de los hechos. Ello se correspondía bien con su método de análisis, o sea, su búsqueda de las grandes tendencias y de los principios de un movimiento. A su vez, Marx no se entretuvo en el hecho de que las ideas de los partidarios de la Comuna eran tributarias de diversas concepciones, entre otras las de Proudhon y Bakunin. Incluso intentó conciliar las tendencias federalistas de la Comuna con su visión del Estado revolucionario. Ante todo, Marx quería resaltar el elemento de negación de la Comuna, la destrucción del Estado burgués. En sus apuntes, redactados durante los acontecimientos, que iban a dar lugar a La guerra civil en Francia, escribe claramente:

No fue pues una revolución contra tal o cual forma de poder de Estado. […] Fue una revolución contra el Estado como tal, ese engendro sobrenatural de la sociedad; fue la toma por el pueblo y para el pueblo de su propia vida social. No fue una revolución para traspasar ese poder de una fracción de las clases dominantes a otra, sino una revolución para quebrar ese horrendo aparato de la dominación de clase.[v]

Sin embargo, sesenta años más tarde, un marxista crítico como Karl Korsch subrayó que Marx relegaba a un segundo plano el elemento de afirmación, constructivo, de la Comuna: su carácter federativo y anticentralista.[vi]

Ya veinte años antes de la Comuna, en 1850, en el Mensaje del Comité Central a la Liga de los Comunistas, Marx defendía la idea de una representación más cercana al ejercicio directo de la soberanía:

Al lado de los nuevos gobiernos oficiales, los obreros deberán construir inmediatamente gobiernos obreros revolucionarios, ya sea en forma de comités o consejos municipales, ya en forma de clubs obreros o de comités obreros […] con jefes y un Estado Mayor Central elegidos por ellos mismos, y ponerse a las órdenes no del gobierno, sino de los consejos municipales revolucionarios creados por los mismos obreros.[vii]

En su forma de ver, esos consejos, clubes o comités constituían un doble poder revolucionario que quebrantaba el poder del Estado burgués. Sin embargo, no parecía considerar esas formas de organización de democracia directa como órganos de autogobierno. Las consideraba, en cierto modo, como organizaciones provisionales, transitorias, que le podían ser de utilidad al nuevo Estado revolucionario que debía, por su parte, seguir el modelo de una institución centralizada, jerarquizada. El ejercicio directo de la soberanía no dejaba de ser sino una excepción, un paso en la construcción de la organización centralizada dirigente. Igualmente, en 1864 —tras la derrota de las revoluciones de 1848— Marx escribía: «La conquista del poder político se ha convertido en el gran deber del proletariado».[viii] E incluso en 1871 preconizó la organización del proletariado en partido político, «indispensable para garantizar el triunfo de la revolución social y de su supremo objetivo: la abolición de las clases».[ix] Esa idea de la «conquista del poder político» es lo que precisamente aclaró la experiencia de la Comuna.

Si, tras el fracaso de las revoluciones de 1848, Marx integró los comités de base en su teoría del derrumbamiento del Estado burgués, no es sino después de la experiencia de la Comuna de 1871 que habla de «la destrucción» del antiguo aparato de Estado: «La clase obrera no puede simplemente tomar posesión de la máquina estatal existente y ponerla en marcha para su propios fines».[x] Refiriéndose a una nueva edición del Manifiesto comunista, Marx y Engels presentaron esa formulación como una simple «mejora de tal o cual fórmula», un «retoque de ciertos pasajes»,[xi] cuando en realidad nos encontramos ante un cambio importante de su visión política y la de la corriente socialista que compartía esas concepciones y estaba bajo su influencia. Por consiguiente, la Comuna es «la forma política al fin descubierta» que se convirtió en el modelo de gobierno de la clase obrera. «No un organismo parlamentario sino una corporación de trabajo, ejecutiva y legislativa al mismo tiempo»[xii] —concepción unitaria que se combinaba con un ejercicio directo de la soberanía—.

Marx empleó por primera vez la fórmula «dictadura de la clase obrera» tras la Revolución de 1848.[xiii] En opinión de Maximilien Rubel, a ese concepto le daba un contenido que se asimila al de un poder revolucionario de la «inmensa mayoría» del proletariado, desmarcándose así de las formas organizativas dirigistas defendidas por las minorías comunistas, en particular las corrientes de Babeuf y Blanqui. Para Marx, dicho concepto era la «antítesis» de la dictadura de la clase burguesa y correspondía, a la vez, a la más amplia democracia articulada por el pueblo organizado y emancipado del Estado.[xiv] Tras su muerte, Engels hizo hincapié en la experiencia de la Comuna como modelo de dictadura del proletariado. Sin duda, este no modificaba realmente la idea de Marx y no concebía la palabra dictadura en el sentido totalitario que cobró más adelante. Por otro lado, el conflicto entre Bakunin y Marx había dejado huellas, y Marx no había parado de explicar a posteriori que la desorganización de la Comuna era debida a la falta de centralismo y de una dirección unificada. De todos modos, los partidos socialdemócratas y su ala extremista rusa, los bolcheviques, no hicieron sino endurecer esa orientación hacia la defensa de un Estado socialista centralizado. Lenin, en El Estado y la revolución, integró esa concepción de un «Estado de los sóviets» en el que estos han de integrar y, supuestamente, servir al nuevo Estado. De este modo, se reducía la experiencia de la Comuna al hecho político, a su elemento de negación: la destrucción del antiguo Estado y su sustitución por un nuevo Estado centralizador controlado por el partido de vanguardia. Y en 1921, Trotsky (que entretanto se había convertido en más leninista que Lenin y en uno de los jefes del Estado bolchevique) dio una explicación al fracaso de la Comuna que ensalzaba el autoritarismo centralista:

La hostilidad a una organización centralizada […] es sin lugar a dudas el punto débil de cierta fracción del proletariado francés. Para algunos revolucionarios, la autonomía […] es la suprema garantía de la verdadera acción y de la independencia individual. Pero esto no es más que un enorme error que costó muy caro al proletariado francés.[xv]

La Comuna no habría fracasado a causa de la falta de solidez de la democracia, de la atonía del ejercicio directo de la soberanía por los trabajadores, sino por la ausencia de una «fuerte dirección de partido», a causa de la falta de «un aparato centralizado y unido por una férrea disciplina».

Quedan resaltados aquí los términos del enfrentamiento entre dos concepciones de la acción revolucionaria que tomó cuerpo durante los primeros años del siglo xx, en el transcurso de la era de las revoluciones.

Ministerio de las finanzas
Las tribulaciones de la democracia directa

La experiencia y los logros de la Comuna de París pueden considerarse hoy a la luz de la lucha permanente que tuvo lugar entre dos corrientes: la que actuó a favor de la institución de una democracia basada en la delegación del poder y la que luchaba a favor de la ampliación del ejercicio directo de la soberanía por parte de los trabajadores. Ambas visiones se enfrentaron y a veces cohabitaron en el espíritu y en la práctica de los partidarios de la Comuna. En Paris, bivouac des révolutions,[xvi] Robert Tombs reconsidera la gigantesca bibliografía sobre la Comuna. Entre otras cosas, vuelve a mencionar las prácticas de la democracia directa presentes en su espíritu y sus acciones, en la organización de la vida cotidiana, en la vida política y en la especificidad de la guardia nacional, la cual no funcionaba como un ejército regular.[xvii] Coincide con Jacques Rougerie en decir que:

… la República ideal como la concebían los de la Comuna era una forma de democracia directa en la que el pueblo pretendía ejercer la soberanía en lugar de delegarla, en la que los representantes eran tolerados por los representados.[xviii]

Para Tombs, la actitud de los partidarios de la Comuna respecto a la violencia revolucionaria fue uno de los aspectos que confirmó la presencia de sus valores emancipatorios. Asimismo, hace hincapié en que los escasos actos de violencia cometidos contra individuos durante ese periodo de venganzas y ejecuciones sumarias fueron obra de las corrientes más rígidas y autoritarias —de los blanquistas en particular— y que, en su conjunto, la Comuna siempre intentó situarse más allá de la violencia brutal. Prueba de ello —pese a que siempre existió una diferencia entre el modelo, las aspiraciones y la realidad— es el firme rechazo al restablecimiento de la pena de muerte, incluso en los casos de traición militar y de colusión con el enemigo.

Robert Tombs parte de la práctica concreta para deshacer algunos mitos, representaciones, leyendas e imágenes de la Comuna. De esta forma, relativiza el ejercicio de la democracia directa durante esta experiencia, aspecto en el que la cuestión de la participación de las mujeres resulta particularmente esclarecedora. Insiste en que jugaron un papel limitado en este periodo, sin comparación alguna con el que tuvieron durante la Revolución francesa. Recuerda la supremacía masculina en las instituciones públicas de la Comuna y que nada se hizo para que las mujeres se integraran en ellas.[xix] Podían «tomar la palabra y hacer peticiones, pero no podían votar o tomar decisiones».[xx] Durante la Comuna, ni se cuestionó ni se reivindicó el sufragio universal, reservado para los hombres desde 1848. Muchas mujeres fueron militantes activas y tomaron la palabra en el debate político, incluso formaron clubes y comités de mujeres, pero permanecieron subrepresentadas en las organizaciones revolucionarias. Participaron en los enfrentamientos, pero sobre todo en actividades logísticas y de apoyo a la guerra —como en todos los conflictos—, y apenas intervinieron en los enfrentamientos de forma directa. El propio nombre de los clubes lo evidencia: Unión de las Mujeres para la Defensa de París y los Cuidados de los Heridos, y Sociedad para la Reivindicación del Derecho de las Mujeres (animado por Élisée Reclus, un hombre amigo de Louise Michel). En su obra El imaginario político de la Comuna de París, Kristin Ross describe cuán estaba presente el deseo de un mundo nuevo en las experiencias communardes, pero matiza mucho esa apreciación. Para ella, la Unión de Mujeres fue «la mayor y la más eficaz de las organizaciones de la Comuna».[xxi] No obstante, re­ conoce que a esas organizaciones «no les interesaban para nada las reivindicaciones parlamentarias o formuladas en términos de derechos», que sus miembros sentían «indiferencia por el derecho al voto […] y por las formas tradicionales de la política republicana en general»,[xxii] y que, por encima de todo, querían poder encontrar trabajo reclamándole a la Comuna la creación de cooperativas de producción.

Sin embargo, podemos compartir plenamente la conclusión de Robert Tombs cuando dice:

Esa falta de confianza en cuanto a la igualdad política sin duda ha de influenciar nuestra interpretación de las actitudes y de las actividades de las communardes.[xxiii]

A nosotros nos gustaría añadir: ¡y de los communards! Vemos cuántas dificultades para abrirse paso tuvo la amplia soberanía del pueblo a la que aspiraban los communards.

Los comuneros queman la guillotina, grabado anónimo con dibujo de Frédéric Lix

Utopismo y cuestión social

El papel limitado desempeñado por las mujeres no deja de estar relacionado con la prudencia manifestada por la Comuna en la cuestión social. Como bien sabemos, la Comuna fue dominada por las corrientes republicanas, jacobinas y reformistas. Eso explica, entre otras cosas, el escaso ímpetu dedicado a las realizaciones sociales. Prueba de ello, la negativa a atentar contra la propiedad privada en general, contra las empresas y los empresarios capitalistas,[xxiv] contra el sistema bancario, el respeto de una cierta jerarquía de los salarios e incluso los intentos, por parte de la Comuna, de bajar los salarios de los trabajadores de las cooperativas. ¿Podemos obviar que la jornada de trabajo siguió siendo de diez horas? El propio Marx reconoció que las principales medidas de la Comuna fueron tomadas a favor de la clase media.[xxv] Es más, uno de los representantes de la Internacional, mandatado en los consejos de la Comuna, el obrero húngaro Leo Frankel, se indignó:

La revolución del 18 de marzo fue obra exclusiva de la clase trabajadora. Si no hacemos nada a favor de esa clase, no veo razón alguna para seguir perteneciendo a la Comuna.[xxvi]

La protesta de ese allegado de Marx traducía la impotencia de los mandatados revolucionarios frente a la orientación dominante de la Comuna. Ese mismo Frankel, que consiguió que se aprobaran algunas medidas socialistas como la que limitaba el trabajo nocturno,  llamaba  también  los  trabajadores  a  comprometerse con la formación y la gestión de las cooperativas, a actuar directamente en defensa de sus intereses. Afirmaba ser un defensor de una práctica más directa de la soberanía. A la inversa, podemos señalar la actitud de un Jules Andrieu, colaborador de prensa de la ait, miembro del consejo de la Comuna y delegado en los servicios públicos. Pretendió que la Comuna debía, ante todo, ser eficaz y no le importó mucho, por no decir nada, la reorganización de los servicios, su jerarquía interna y el sistema de salarios. Antiguo  funcionario,  razonaba  como  un  administrador  y,  lejos  de imaginar un nuevo tipo de Estado, consideraba la Comuna como una continuidad del Estado existente.[xxvii]

Cierto es, escribió Lissagaray, que no había que buscar el programa revolucionario de la Comuna en los salones del Hôtel de Ville (Ayuntamiento de París), sino en la calle, en la lucha a favor de otra sociedad:

… estas mujeres, estos hombres de todas las profesiones, confundidos, todos los obreros de la tierra aplaudiendo nuestra lucha, todas las burguesías coaligadas contra nosotros, ¿no expresan el pensamiento común, no dicen claramente que aquí se lucha por la República y por el advenimiento de una sociedad social? [xxviii]

Élisée Reclus no decía otra cosa cuando subrayaba que el ideal superior de la Comuna «lo alzaron de cara al porvenir, no sus gobernantes, sino sus defensores».[xxix] Dar paso a la Comuna es dar paso al pueblo, según la fórmula de Jules Vallès, quien en L’Insurgé plasmaba todo el espíritu de la autonomía y de la emancipación de esa insurrección.[xxx] Al final de su impresionante estudio de la Comuna, Robert Tombs quisó recordar:

«Una parte crucial de la mística de la Comuna reside en la pureza virginal de ese utopismo que no se puso en práctica».[xxxi]

La aspiración a la democracia pura

Desde el advenimiento de las revoluciones burguesas, la inglesa y sobre todo la francesa, la teoría política del poder democrático se desarrolló en torno a la necesidad de separar la soberanía popular —y más adelante la soberanía proletaria— de su pleno ejercicio. Ese «gran inconveniente de la democracia» que era una preocupación para Montesquieu, lo habían resuelto autoritariamente las clases dirigentes con la delegación permanente del poder de la democracia parlamentaria. Pero la Comuna de 1871 volvió a poner en el primer plano de la historia las aspiraciones a la democracia pura que Robespierre rechazaba, alzando de nuevo la bandera de una ampliación de la soberanía a la colectividad de los productores. Propuso unos mandatarios controlables y revocables, una institución que fusionara las funciones legislativas y ejecutivas, a la vez centralizada y que permitiera la autonomía. Esas exigencias tu­ vieron una tímida y prudente repercusión en el seno de las corrientes socialistas —en Marx y sus partidarios—, pero una mayor repercusión en los defensores de los principios anticentralistas y antiautoritarios: anarquistas y anarcocomunistas. Desde ese punto de vista, y a pesar de la fuerte presencia de las corrientes dirigistas en su seno, la Comuna moduló la orientación jacobina heredada de la Revolución francesa, lo cual tuvo un efecto muy relativo, pero supuso un paso adelante en el ca­ mino hacia la plena soberanía de los explotados.

Fue tras la Comuna de París cuando se expresó claramente en los debates del movimiento socialista la correlación entre centralismo jacobino y Estado revolucionario y, por consiguiente, la oposición entre soberanía de tipo jacobino y soberanía directa:

[La] actitud general del marxismo respecto a la revolución burguesa y a la cuestión del Estado revolucionario acarrea necesariamente el posicionamiento tradicional a favor del Estado unitario y centralizado tanto como el rechazo categórico del federalismo que hasta ahora han sido indisociables de la concepción rigurosamente marxista del Estado.[xxxii]

Vale decir que cualquier evolución hacia el federalismo era, por ende, considerada como nefasta para la función del Estado revolucionario.

El fin de una era

En su estudio de la Gran Revolución, Piotr Kropotkin ya se había dado cuenta de la ambigüedad de la oposición centralismo/federalismo, cuyas líneas divisorias cambiaban en función de las circunstancias y de los intereses de clase. Citando a Louis Blanc, escribía que «el federalismo de los girondinos consistía sobre todo en su odio a París, en su deseo de oponer las provincias reaccionarias a la capital revolucionaria. París les causaba miedo; he ahí todo su federalismo»,[xxxiii] y que en la práctica montañeses y girondinos eran tan centralizadores y autoritarios tanto unos como otros.[xxxiv] Treinta años más tarde, en sus estudios sobre la revolución, Karl Korsch también evidenció que, a menudo, los centralistas burgueses eran liberales en las cuestiones económicas. En realidad, la burguesía era a la vez federalista y unitarista, en función de las circunstancias y de sus intereses. Korsch hizo notar que después, en el campo socialista, esa oposición entre centralismo y federalismo tampoco fue insuperable y recordaba que Proudhon había admitido, en 1848, la necesidad momentánea de la centralización política.[xxxv] En ese mismo terreno, defendía la idea de que «es erróneo ver con Proudhon y Bakunin una superación del Estado burgués en su forma “federativa”».[xxxvi] La mayoría de las corrientes marxistas asociaron, casi siempre erróneamente, el federalismo con el separatismo y cualquier Estado con el Estado unitario y centralizador. Sin embargo, en el seno del movimiento socialista del siglo xix se discutía sobre cómo encontrar una alternativa al Estado autoritario, y no sobre cómo superarlo. El propio Proudhon tenía la idea de un Estado basado en una federación de comunas y asociaciones obreras. Como ya hemos subrayado, su proyecto no tenía nada en común con el federalismo del pasado feudal, se oponía al aislamiento, a la fragmentación y al egoísmo de intereses diversos. Proudhon incluso consideró que el Estado centralista era el que representaba una amenaza para la unidad, mientras el Estado federalista permitía una suerte de unidad más armoniosa de las fuerzas sociales. Según la interpretación que Daniel Guérin hace de Proudhon, con el Estado autoritario centralista,

… lo único que se conseguiría […] sería crear un antagonismo irreconciliable entre la soberanía general y cada una de las soberanías particulares, soliviantar a una autoridad contra la otra; en una palabra, organizar la división creyendo fomentar la unidad.[xxxvii]

Bakunin también insistió en varias ocasiones en el hecho de que la Comuna se proclamaba federalista sin negar por ello la unidad nacional. De ese intenso debate sobre el antagonismo entre los principios federativo y unitarista, Karl Korsch sacó una conclusión fecunda para el porvenir: la idea federalista puede verse como una «alternativa histórica» al centralismo del Estado unitario, percibido como el paso obligado por el autoritarismo de Estado para derrumbar el orden capitalista.[xxxviii]

Korsch se desmarcó de las interpretaciones ambiguas de Marx, Engels y Lenin, que negaban que «el mandato imperativo, de corta duración y revocable en todo momento, o un funcionario cobrando “el salario de un obrero” tuvieran por ello menos intenciones burguesas que un parlamentario electo»;[xxxix] y que afirmaban que una forma tipo Comuna o tipo Estado de los consejos, instituida por un partido revolucionario «permitiría un día que el Estado pierda su carácter de instrumento de represión de clase que le es inherente».[xl] En opinión de Korsch, la idea de extinción definitiva del Estado en la sociedad comunista que Marx y Engels habían retomado de la tradición del socialismo utópico, en la extraña concepción de Lenin siempre acaba perdiendo «cualquier sentido revolucionario». En efecto, para él, la dictadura del Estado proletario es de hecho «un Estado en vías de extinción»,[xli] en la medida en que «instaura la democracia verdadera: la proletaria».

En ese debate, Korsch adelantó una interpretación novedosa de la fórmula de la Comuna: «Forma al fin descubierta de la emancipación». Para él, la Comuna no fue la forma acabada, el modelo de un nuevo Estado revolucionario —que fueron los términos en que se lo reapropiaron el marxismo y, a posteriori, el marxismo­leninismo—, sino una forma que existió en un momento histórico y que fue una «forma política susceptible de extenderse».[xlii]  Una fuerza capaz de instaurar una sociedad sin clases ni Estado, de acabar con el poder político especializado y separado, y de construir una asociación emancipadora. Este enfoque también nos permite pensar como «la Comuna de 1871 marcó en cierto modo el fin de una era»: la de la forma política democrática entendida como la ampliación al máximo de la democracia formal, pero separada de la democracia eco­ nómica y social.[xliii] Acotada a estas fronteras, la democracia representativa parlamentaria se amplía hasta el límite de sus posibilidades. Más allá de estas, el pueblo soberano ha de hacer suya la soberanía en su totalidad. Retomando aquí la fórmula de Robespierre, el ejemplo de la Comuna muestra que «lo que de aquí en adelante el pueblo puede hacer correctamente» es la totalidad de las cosas; es decir, ir más allá incluso de la forma más amplia de democracia representativa, sobrepasando las limitaciones del ejercicio de poder que imponen sus contornos. Tras la Comuna, la vía hacia una sociedad emancipada implicaba la superación, a través del movimiento real, de la representación en el terreno político y la construcción de unas formas asociativas capaces de ejercer la plena soberanía de todas y todos los que están desposeídos del poder institucional.

Para que esta orientación adquiriera una forma y un contenido más concretos, tuvieron que irrumpir los movimientos de masas de principios del siglo xx, las huelgas de masas europeas y rusas, la expansión de las corrientes sindicalistas revolucionarias, las primeras grandes disensiones en el seno de las corrientes centralistas de la socialdemocracia y la aparición de los movimientos de los consejos.

Charles Reeve
El socialismo salvaje, autoorganización y democracia directa desde 1789 hasta nuestros días
Virus Editorial, 2020.
https://www.viruseditorial.net/


[i] Karl Korsch: «Fédéralisme, centralisme, marxisme», en Marxisme et contre-révolution, op. cit., p. 106.

[ii] Karl Marx: «Deux lettres sur Proudhon», en Œuvres, vol. I, Économie I, Gallimard, col. Bibliothèque de la Pléiade, edición dirigida por Maximilien Rubel, París, 1963, p. 1449.

[iii] Karl Marx: «Révolution et contre­révolution en Europe» (1848­1849), en Œuvres, vol. IV, Politique I, Gallimard, París, 1994, p. 44. En cuanto a la crítica de las concepciones económicas de Proudhon, véase «Misère de la philosophie. Réponse à la philosophie de la misère de M. Proudhon» (1847), en Œuvres, vol. I, Économie I, op. cit., pp. 1­136 (en castellano: Miseria de la filosofía, trad. Tomás Onaindía, Edaf, Madrid, 2004).

[iv] Karl Marx: La Commune de Paris. Adresse du Conseil général de l’AIT, Le Temps des Cerises,  2002  (en  castellano:  «Manifiesto  del  Consejo  General  de  la  Aso­ciación Internacional de los Trabajadores sobre la guerra civil en Francia», en Marx / Engels / Lenin: La Comuna de París, Akal, Madrid, 2010, p. 40).

[v] Karl Marx: La Guerre civile en France, 1871, edición que incluye los trabajos preparatorios de Marx, Éditions sociales, 1968, pp. 211­212 (en castellano: La guerra civil en Francia, Fundación Federico Engels, Madrid, 2003. Esta traduc­ción al castellano no incluye los trabajos preparatorios que recogen algunas de estas citas). Extractos procedentes de Critique Sociale, n.º 3, 2008, bit.ly/3ilJhVm

[vi] Karl Korsch: «La Commune révolutionnaire», en Marxisme et contre-révolution, op. cit., pp. 109­119.

[vii] Karl Marx: Adresse du Comité central à la Ligue des communistes, 1850 (en caste­llano: «Mensaje del Comité Central a La Liga de los Comunistas», en Obras Escogidas, t. I, Akal, Madrid, 1975, p. 107).

[viii] Karl Marx: «Adresse inaugurale et Statuts de l’Association internationale des travailleurs» y «Statuts, article 7a2», en Œuvres, op. cit., p. 471 (en castellano: «Manifiesto inaugural de la Asociación Internacional de los Trabajadores» y «Estatutos Generales de la Asociación Internacional de los Trabajadores», en Obras escogidas, t. I, op. cit., p. 401).

[ix] Ibid., p. 467.

[x] Karl Marx: prefacio a Le Manifeste communiste (1872), en Œuvres, vol. I, , op. cit., p. 1481. (Esta referencia del prefacio al Manifiesto comunista en realidad recoge una cita del «Manifiesto del Consejo General de la Asociación Internacional de los Trabajadores sobre la guerra civil en Francia», en Marx / Engels / Lenin: La Comuna de París, op. cit., p. 31.)

[xi] Ibid. (en castellano: Manifiesto comunista, Akal, Madrid, 1997, p. 6).

[xii] Karl Marx: La Guerre civile en France, 1871, op. cit. (en castellano, p. 67).

[xiii] Karl Marx: «Les Luttes de classe en France, 1848 à 1850», en Œuvres, vol. IV, op. cit., p. 235 (en castellano: Las luchas de clases en Francia de 1858 a 1850, Fundación Federico Engels, Madrid, 2015, p. 148).

[xiv] Notas de Maximilien Rubel a «Les luttes de classe en France, 1848 à 1850», en Œuvres, op. cit., p. 1286.

[xv] Leon Trotsky: «Les leçons de la Commune», prefacio a C. Talès: La Commune de 1871, Spartacus, París, 1971, p. 171 (en castellano en Marxixts Internet Archive, 2001, bit.ly/2WC5Xq5, penúltimo párrafo, primer punto).

[xvi] Robert Tombs: Paris, bivouac des révolutions. La Commune de 1871, Libertalia, Monteuil, 2014.

[xvii] Ibid., p. 317.

[xviii] Ibid., p. 241.

[xix] Ibid., p. 295.

[xx] Ibid., p. 281.

[xxi] Kristin Ross: L’imaginaire de la Commune, La Fabrique, 2015, p. 36. (en castellano: Lujo comunal. El imaginario político de la Comuna de París, trad. Juan Mari Madariaga, Akal, Madrid, 2016, p. 36).

[xxii] Ibid., p. 37.

[xxiii] Robert Tombs: Paris, bivouac des révolutions, op. cit., p. 282.

[xxiv] Ibid., pp. 190­191.

[xxv] Karl Marx: La Guerre civile en France, 1871, op. cit.

[xxvi] Citado en Robert Tombs: Paris, bivouac des révolutions, op. cit., p. 198.

[xxvii] Jules Andrieu: Notes pour servir à l’histoire de la Commune de Paris, Libertalia, Montreuil, 2016.

[xxviii] Prosper­Olivier Lissagaray: L’Histoire de la Commune de 1871, Maspero, París, 1969 [1876], p. 301 (en castellano: La Comuna de París, trad. Ricardo Martín y Daniel Iribar, Txalaparta, Tafalla, 2007, p. 276).

[xxix] Citado en C. Talès: La Commune de 1871, op. cit., p. 163.

[xxx] Véase también la obra de Kristin Ross: L’imaginaire de la Commune, op. cit.

[xxxi] Robert Tombs: Paris, bivouac des révolutions, op. cit., p. 432.

[xxxii] Karl Korsch: «Fédéralisme, centralisme, marxisme», en Marxisme et contre-révolution, op. cit., p. 102.

[xxxiii] Piotr Kropotkin: La Grande Révolution, op. cit., p. 469 (en castellano, p. 267).

[xxxiv] Ibid., p. 470 (en castellano, p. 268).

[xxxv] Pierre­Joseph Proudhon: Du principe fédératif, 1863, citado en Karl Korsch: Marxisme et contre-révolution, op. cit., p. 100 (en castellano: El principio federativo, trad. Aníbal D’Auria, Libros de Anarres/Terramar Ediciones, Buenos Aires/La Plata, 2008).

[xxxvi] Ibid, p. 115. Ibid., p. 115.

[xxxvii] Daniel Guérin: L’Anarchisme, Gallimard, col. Folio, 1987, p. 90 (en castellano: El anarquismo, Libros de Anarres, Buenos Aires, s. f.).

[xxxviii] Karl Korsch: «Fédéralisme, centralisme, marxisme», en Marxisme et contre-révolution, op. cit., p. 107.

[xxxix] Karl Korsch: «La Commune révolutionnaire (II)», en Marxisme et contre-révolution, op. cit., p. 115.

[xl] Ibid.

[xli] V. I. Lenin: L’État et la Révolution, citado en Karl Korsch, ibid., pp. 115­116 (en castellano: «El Estado y la revolución», en Obras Completas, t. XXVII, Akal, Madrid, 1976, p. 69).

[xlii] Karl Korsch: «La Commune révolutionnaire (II)», op. cit., p. 110.

[xliii] Serge Bricianer: comentario del artículo de Korsch: «La Commune révolutionnaire (II)», op. cit., p. 118.