¿Regreso al Futuro?

Parlamentarismo o acción directa
Político entregando una papeleta de voto a un asalariado: vallamos a Washington
IWW señalando la fábrica: aquí es donde te roban
Organizate en el trabajo donde te roban

Han sido unas semanas duras para los que buscaban un nuevo amanecer con la elección de Joe Biden. Es cierto que ha aceptado la carga de reconocer la derrota estadounidense en Afganistán (aunque, por supuesto, afirmando que la misión original de luchar contra el terrorismo estaba, como alardeaba George Bush hace 19 años, cumplida). Pero para que no pensemos que esto podría significar una pérdida de apetito militar, la administración está ocupada planeando reforzar su respuesta armada a la “amenaza china”, con una solicitud de presupuesto militar que supera la del presupuesto de Trump para 2020 en un 1,7%. Habrá dinero para misiles hipersónicos, guerra espacial y otros artilugios, junto con la “modernización nuclear” (construcción de armas nucleares “mejoradas”). Y Biden planea aumentar la fuerza de las tropas en Alemania, para contrarrestar la amenaza rusa. Mientras tanto, la administración ha mantenido la política de Trump de almacenar minas terrestres no autodesactivables, declarándolas “una herramienta vital en la guerra convencional”.

Más cerca de casa, mientras decenas de miles de niños centroamericanos se acumulan en los corrales de retención de Texas, se ha celebrado mucho el Plan de Empleo Americano, promovido por el presidente como la mayor inversión pública desde la Segunda Guerra Mundial. En comparación con la mitad del PIB invertido en la construcción y el uso de la maquinaria de destrucción y muerte masiva después de 1942, los planes de gasto de Biden –si es que pasan por la trituradora legislativa– son en realidad una papilla muy fina: 2,25 billones de dólares que se gastarán en ocho años equivalen a menos de 300.000 millones de dólares al año, menos de la mitad del presupuesto del Pentágono sólo para 2020. Se ha señalado ampliamente que el gasto propuesto para combatir el cambio climático en el proyecto de ley de infraestructuras es aproximadamente una octava (o una décima) parte del mínimo generalmente estimado necesario para contrarrestar los peores efectos del daño ya causado al medio ambiente.

Gastar incluso esta pequeña cantidad es controvertido, por supuesto. Por un lado, el dinero tiene que salir de algún sitio, y en este momento una parte –aunque sólo sea para pagar los intereses del préstamo– tiene que salir de los bolsillos de los ricos. Pero no se puede esperar que eso les guste a los ricos, por muy entusiastas que sean de “arreglar América”. El plan de elevar ligeramente el tipo del impuesto de sociedades, del 21 al 28% (era del 35% antes de la rebaja fiscal de 2017) tiene un impacto directo sobre aquellos, porque ahora la riqueza personal se caracteriza por la posesión de acciones, cuyos precios no gravados utilizan las corporaciones como impulso. Lo que el hombre más rico del mundo, sea quien sea este mes, posee en realidad no es tanto dinero como acciones, bonos y diversos elementos del zoo de valores y derivados basados en materias primas. (La suposición es que éstos siempre pueden convertirse en dinero, pero como bien sabemos eso no siempre es cierto -miren el triste destino hace unas semanas del fondo de cobertura Archegos, que, junto con el colapso de Greensill Capital, se llevó consigo un bufete o dos en Credit Suisse, gracias a la evaporación de cuatro u ocho putativos miles de millones). Esta es la razón por la que se recortaron los impuestos; la gente de la que hablamos quiere estar lo más cerca posible de todo el dinero, porque en el mundo actual de la riqueza hiperconcentrada, el juego es “Hazte grande o vete a casa”.

Los diversos planes de Biden, es decir, representan sólo la última forma de la fisura en la que el capitalismo estadounidense (y, de hecho, el capitalismo mundial) ha estado atascado durante algún tiempo: Por un lado, el declive de la rentabilidad y, por tanto, de la inversión desde mediados de los años 70, que se traduce en un crecimiento constante de la deuda individual, corporativa y nacional como base para el funcionamiento económico continuado, sugiere de forma natural que el papel central de los gobiernos nacionales debería ser salvaguardar el bienestar de las empresas más exitosas como base del “crecimiento” económico. Por otro lado, esto significa una menor disponibilidad de fondos para gestionar la creciente miseria social causada por la disminución de la inversión y para mantener los bienes públicos de los que depende la empresa privada, como las carreteras, los puentes, las redes de energía, la sanidad o incluso el aire respirable y el agua potable. Mientras el capitalismo continúa su declive, requiriendo el socorro de un Estado de espíritu público, es incapaz de darle al Estado los medios fiscales necesarios, ya que esto sólo aceleraría su declive. Desde 2008, la milagrosa generación del dinero de la nada, gestionada por el Banco de la Reserva Federal y otros grandes bancos centrales, ha inyectado suficiente crédito en el sistema financiero para mantenerlo en funcionamiento; pero esto no arregla los 10.000 puentes y túneles de Estados Unidos que se están derrumbando ni retrasa la subida de los mares. De ahí la parálisis política en la que (en EE.UU.) demócratas y republicanos desempeñan respectivamente los papeles de movilizadores racionales de recursos estatales, para compensar los fallos del sistema de mercado, y de aguafiestas que señalan que el crecimiento del sector público acelera la desaparición de la economía privada-propia. Están condenados tanto si lo hacen como si no lo hacen.

Un aspecto interesante de esta parálisis, para los apegados a la crítica de la economía política, es su efecto sobre la ideología económica. No hace mucho tiempo, en lo que respecta a las civilizaciones humanas, había un duelo de escuelas de teoría económica. Los keynesianos prometían acabar con el ciclo económico y “afinar” el crecimiento económico; dado que articulaban una justificación para las actividades económicas del Estado durante la Depresión y la guerra, y dado que la larga crisis de 1929-1946 produjo las condiciones para una nueva prosperidad, tenían la sartén por el mango en los círculos académicos y políticos hasta que los Años Dorados de la posguerra llegaron a su fin con la estanflación de la década de 1970. Esta debacle abrió el camino de regreso a los creyentes de la vieja escuela del libre mercado, cuyas ideas explicaban la importancia de subordinar el Estado a las necesidades del capital privado. Pero después, con el inicio de la Gran Recesión en 2008, la racionalidad del mercado perdió su brillo. Curiosamente, la situación actual, en la que cabría esperar la suplantación de estas dos escuelas por la Teoría Monetaria Moderna, con su garantía de que los bancos centrales pueden imprimir dinero indefinidamente sin consecuencias desagradables, ha conducido en cambio al abandono generalizado de cualquier intento serio de explicar y predecir el funcionamiento de la economía.[1] En su lugar, los economistas de todas las tendencias predicen la llegada inminente de una inflación galopante, sin mucha justificación teórica más allá de la invocación del “sobrecalentamiento”, o nos aseguran que no debemos preocuparnos por eso porque es más importante repartir dinero y mantener viva la economía en colapso.[2] Como casi siempre, la práctica económica va por delante de la teoría, pero hoy la práctica está tan despistada sobre qué hacer como la teoría.

Las limitadas perspectivas no han impedido que los liberales recién ascendidos celebren a Biden como “nuestro F.D.R” [Franklin Roosevelt] (Jonathan Alter, en el Times) y “radical” (Ezra Klein, ídem). La idea del Plan Biden como un segundo advenimiento del New Deal ha traído consigo incluso un nostálgico deseo de que renazcan los sindicatos, no por algo tan radical como elevar el salario mínimo federal a 15 dólares en los próximos cinco años. No se puede saber si esta solución fantasiosa al “problema” de la desigualdad de ingresos y a la creciente militancia de los trabajadores sobrevivirá al abyecto fracaso del Sindicato de Minoristas, Mayoristas y Grandes Almacenes (RWDSU) para obtener un representante en el almacén de Amazon en Bessemer, Alabama. El fracaso de la campaña del RWDSU parece haber sido un caso de “movimiento obrero” en estado puro, con el sindicato prometiendo unicamente representación (y cobro de cuotas), sin una sola palabra específica sobre las condiciones de trabajo o los salarios. La idea de que la victoria de Amazon es debida a los esfuerzos de intimidación que la empresa indudablemente practicó es ridícula, dada la historia de las exitosas campañas sindicales de los años 30 y 40 en las narices de la policía armada (y disparando) y los matones de la empresa. Sea cual sea el pensamiento de los trabajadores de Bessemer, de los que sólo la mitad se molestó en votar, es como si entendieran que las condiciones actuales son muy diferentes de las de las grandes campañas sindicales del pasado, que respondían no sólo al carácter particular de la producción industrial en masa tal como existía entonces, sino a una multitud de factores históricamente específicos, tanto políticos como económicos. Hay que recordar que, a pesar de un cierto grado de apoyo del gobierno de Roosevelt, el derroche de vastos recursos en las campañas de organización, y la militancia de decenas de miles de trabajadores, resultados del nuevo Congreso de Sindicatos de Organizaciones Industriales [Congress of Industrial Organizations unions, CIO] (la Federación Americana de Sindicatos apenas aguantaban) fueron decididamente dispares hasta que comenzaron los preparativos para la guerra, cuando, como dice un historiador:

[Los] resultados de la prosperidad de la industria de defensa se reflejaron en el crecimiento sindical: El número de miembros del CIO pasó de 1.350.000 en 1940 a 2.850.000 en 1941. […] Sólo bajo las condiciones de la guerra, que trajo consigo un aumento del gasto público y, en consecuencia, una mayor influencia en las relaciones laborales, los sindicatos independientes derrotaron a los sindicatos de empresa y se establecieron firmemente en las industrias de producción en masa. Ansiosos por beneficiarse de la producción de guerra y enfrentándose a la escasez de mano de obra, los capitalistas empezaron finalmente a aceptar la piedra angular del actual sistema de relaciones laborales, el contrato escrito que cubre a toda la mano de obra de una empresa o industria, no sólo a los miembros voluntarios del sindicato.[3]

Esa piedra angular se ha desgastado en gran medida en los últimos 50 años; en 2019 sólo algo más del 10% de la mano de obra estaba sindicada, la mayoría en el sector público. La desaparición del crecimiento de la productividad que marcó el período de posguerra descarta la posibilidad de un aumento de los salarios, incluso se hace necesario empeorar las condiciones de trabajo. Esto no ha puesto fin a la autodefensa de los trabajadores, como demuestran las huelgas de grupos tan diferentes como los profesores de las escuelas públicas y los mineros del carbón, pero hay poco lugar para que los sindicatos se inserten como intermediarios y aprovechados de la paz laboral. Al mismo tiempo que los trabajadores de Bessemer demostraban su desinterés por sindicalizarse, los mineros en huelga del centro de Alabama votaron 1.006 contra 45 para repudiar el patético contrato negociado para ellos por la United Mine Workers of America con los propietarios de Warrior Met Coal.

El declive del sindicalismo forma parte del mismo fenómeno que la crisis de representación política que se vive en todos los países, ya que las distintas facciones de la clase política se ven incapaces de elaborar otras políticas que no sean las de austeridad necesarias para apuntalar la economía en colapso, y al propio capitalismo, mientras temen la respuesta de las masas empobrecidas. En palabras de “Tendencias Globales 2040”, que acaba de publicar el Consejo Nacional de Inteligencia de EE.UU (US National Intelligence Council), “amplios segmentos de la población mundial desconfían de las instituciones y los gobiernos a los que consideran poco dispuestos o incapaces de atender sus necesidades”. El problema es que “al mismo tiempo que las poblaciones están cada vez más empoderadas y exigen más, los gobiernos se ven sometidos a una mayor presión por los nuevos retos y los recursos más limitados”, de modo que existe “un creciente desajuste entre lo que los ciudadanos necesitan y esperan y lo que los gobiernos pueden y quieren ofrecer”. El constante recurso a imágenes extraídas del glorioso pasado del capitalismo, desde el fascismo hasta el New Deal y la economía de guerra, sugiere que las clases dirigentes son incapaces de conjurar futuros emocionantes, aparte de (para unos pocos elegidos) viajar a Marte o, en un futuro más cercano, la construcción de islas artificiales refugio de la subida de los océanos.[4]

El resto de la población de la Tierra tampoco parece tener idea de una alternativa viable al sistema social existente. Pero muchos, al menos, entienden que el actual estado de cosas no es sostenible, como demuestran las revueltas, huelgas y manifestaciones que entran y salen incesantemente de la realidad social en todo el mundo, como las fluctuaciones cuánticas que los físicos nos dicen que dan existencia recurrente a las partículas y fuerzas elementales incluso en lo que parece el vacío del espacio. Mientras haya personas y tierra, esta voluntad de vida recurrente sugiere la posibilidad de un futuro decisivamente diferente del pasado.

Paul Mattick
Mayo 2021
https://brooklynrail.org/2021/05/field-notes/Back-to-the-Future


[1] El fracaso de esta teoría para salir de su estatus marginal –a pesar de su atractivo para Bernie Sanders y Elizabeth Warren– es probablemente porque el MMT (teoría monetaria moderna), como una variante irritada del keynesianismo, no tuvo suficiente implantación académica o de think-tank antes de que llegara su momento. Para una discusión aclaratoria, ver Jamie Merchant, “The Money Theory of the State”. https://brooklynrail.org/2021/02/field-notes/The-Money-Theory-of-the-State-Reflections-on-Modern-Monetary-Theory

[2] Algunos prefieren no adoptar ninguna posición. Olivier Blanchard, ex economista jefe del Fondo Monetario Internacional, declaró: “No tengo ni idea de lo que pasará con la inflación y los tipos [de interés], porque está en una parte del espacio en la que no hemos estado durante mucho tiempo”. Lawrence Summers, ex secretario del Tesoro: “Creo que hay un tercio de posibilidades de que se afiancen las expectativas de inflación significativamente por encima del objetivo del 2% de la FED, un tercio de posibilidades de que la FED provoque una inestabilidad financiera sustancial o una recesión para contener la inflación, y un tercio de posibilidades de que esto funcione como esperan los responsables políticos.” (New York Times, 27 de marzo, 2021).

[3] E. Jones, “The CIO: From Reform to Reaction” (https://libcom.org/library/cio-reform-reaction). Este brillante artículo es muy recomendable para los lectores que buscan una introducción a la historia del sindicalismo industrial en los EE.UU.

[4] Como exaltó el columnista Jamelle Bouie en el New York Times, “el New Deal sigue siendo una estrella para los liberales y la izquierda por igual, desde Joe Biden hasta Alexandria Ocasio-Cortez. Es un modelo, es una aspiración, es una parte viva de nuestra imaginación política” (29 de abril del 2021).