Contra la momificación de la Comuna: descubrir a Leo Frankel

¿Quién se queda todavía delante de las horrorosas vallas electorales metálicas que el Ayuntamiento de París instala recurrentemente delante de todos los colegios? Sin embargo, en este gris mes de abril de 2021, muchos nos hemos sorprendido al encontrarnos en medio de una iconografía revolucionaria muy bien reproducida y escenificada, citas firmadas por Louise Michel, Karl Marx, así como por Víctor Hugo, porque es necesario evitar alienar al ciudadano medio.

De hecho estamos seguros de que no nos encontramos ante la última acción de agitprop de alguna oficina de ultraizquierda, entendemos que se trata de conmemoraciones oficiales, una versión espectacular de la buena conciencia de una izquierda que se busca a sí misma sin estar segura de seguir existiendo… En definitiva, una operación con fines electorales, en busca de un pueblo-electorado.

Por casualidades del calendario, durante las conmemoraciones, más al norte, dentro del límite científico de los 10 kilómetros de confinamiento establecidos por la ciencia del poder, las terminales aún abiertas del gigantesco aeropuerto de Roissy se convirtieron en la mayor okupación informal de la Ciudad de la Luz. Desde hace meses, decenas de «sin techo», personas excluidas socialmente por el CAC 40 (índice bursátil francés), perdedores del neoliberalismo, han tomado «residencia» en los salones, pasillos y centros comerciales cerrados por el Covid 19 y el bloqueo casi total del tráfico aéreo. «Los espacios públicos de las terminales les ofrecen un techo y más comodidad que el metro o las calles de París».[i] También se puede pensar que esta «oferta de confort» permite a los funcionarios esconder a los sin techo donde ya no va nadie y reservar las calles de París para la conmemoración de la Comuna. El capitalismo produce la esquizofrenia y la mentira al mismo tiempo que el beneficio, e incluso sigue produciéndolas cuando la producción del beneficio entra en dificultades.

Tras esta breve digresión, volvamos a las mencionadas conmemoraciones de la Comuna. Tres años después de mayo del 68, seguimos viviendo la conmemoración de una insurrección social. Es repetitivo, es cansino. Películas, programas, ceremonias más o menos oficiales, decenas de libros y publicaciones, en color, papel satinado, iconografía cuidada. Podemos discutir su utilidad, también podemos defender que se ha dicho y escrito todo sobre la Comuna, lo esencial en todo caso. Ciertamente, podemos volver a este o aquel aspecto, revisar este o aquel análisis, podemos buscar en los archivos, en los testimonios, contar los muertos, elaborar tesis y antítesis. ¿Estamos más adelantados? Pero el estudio más científico de la Comuna y su derrota ¿no se encuentra, en verdad, en la permanencia del capitalismo mortal y destructivo con el que convivimos cada día? Es banal repetirlo, una conmemoración es un momento muerto de la historia; cuanto más se habla de ella, menos el espíritu revolucionario está presente. Las revoluciones son momentos vivos, las conmemoraciones son momentos muertos. Las figuras históricas evocadas, Karl Marx, Louise Michel, se vacían ellas mismas de su sustancia y se convierten en rostros sin ser. Las conmemoraciones integran la labor de la leyenda y el mito en la historia. No los mitos que dan energía y sentido al espíritu de la revuelta. No el mito, en el sentido alienante, resignado y casi religioso de lo que fue y ya no es. Un mito construido sobre las lamentaciones, sobre la derrota de los «débiles», los «perdedores» y las «víctimas».

En este paisaje de un pasado inmóvil, todavía existen –y es en la excepción donde se confirma la regla– obras sobre la memoria histórica que vinculan momentos revolucionarios con el presente, que estimulan el impulso hacia un futuro diferente. Por cierto, ¿han oído hablar de Leo Frankel?

El libro de Julien Chuzeville Léo Frankel, communard sans frontières,[ii] es oportuno y llena un vacío en la vasta biblioteca de la Comuna. Esta primera biografía de uno de los miembros socialistas revolucionarios de la AIT, único cargo electo extranjero de la Comuna, está en sintonía con su autor. Historiador insólito del movimiento obrero, Julien Chuzeville no es un «investigador de Estado», fórmula risible en mayo del 68 y que hoy ha sido normalizada.[iii]

Con Frankel y sus compañeros de la AIT, entramos en la Comuna por una puerta trasera que nos permite entrever no sólo lo que fue la Comuna, sino también lo que podría haber sido. Sus posiciones, sus acciones, apuestan por las posibilidades del momento revolucionario, por un futuro emancipador. Y los límites impuestos a su actividad arrojan luz sobre los propios límites de la Comuna. Por lo tanto, estamos lejos de una narración que forma parte de la leyenda o de la construcción del mito. Por el contrario, las posibilidades de la Comuna, sus potencialidades, ayudan a traer esta experiencia al presente, le dan su verdadero interés histórico, es decir, la convierten en un hito del presente y del futuro.

Cuando fue elegido a los 27 años, el 26 de marzo de 1871, en el distrito 13 de París, el joyero Léo Frankel ya tenía una historia de militancia a sus espaldas. Miembro del Consejo Federal de París de la AIT, fue uno de los acusados en el proceso que las autoridades bonapartistas iniciaron contra la Internacional en el verano de 1870. Su defensa impresionó a Marx y Engels, entre otros,[iv] Frankel fue condenado a una pena de prisión leve. Apenas estalló la guerra entre Francia y Prusia, la AIT publicó en París un manifiesto contra la guerra y a favor de la solidaridad internacionalista. Estos socialistas internacionalistas eran conscientes de una ley ineludible: si la barbarie bélica puede a veces hacer nacer revoluciones, a la inversa, la dinámica revolucionaria es invariablemente sofocada por la guerra. En los meses siguientes tendrían la confirmación de ello. Julien Chuzeville recuerda que la corriente patriótica era entonces imposible de derrocar, una corriente que cegaba incluso a los militantes blanquistas. Los miembros de la AIT, incluido Frankel, firmaron un llamamiento al pueblo alemán. En vano.

Luego vino la derrota militar ante los prusianos y la insurrección popular en París. Léo Frankel forma parte de los «colectivistas» de la AIT, con Eugène Varlin, Jules Nostag, Benoît Malon y otros. También se alistó en la Guardia Nacional. Activos en la cámara sindical de las sociedades obreras, los miembros de la AIT hicieron de la cuestión social el centro de su actividad y de su propaganda. Publicaron un manifiesto que postula la «revolución comunal» como medio para lograr la igualdad social. Lo firmaron varios miembros de la Internacional, como Léo Frankel, Eugène Pottier y Albert Theisz. Siempre en relación con la cuestión social, Julien Chuzeville subraya cómo el desempleo masivo «es una razón esencial para el compromiso de muchos parisinos» en la Guardia Nacional, con su paga diaria. Sin embargo, la cuestión de la Guardia Nacional ya planteaba la del compromiso entre las clases, estando las clases burguesas muy presentes en la institución militar. Sobre la cuestión de participar o no en el mando de esta institución, Frankel se opuso a otros en el seno de la AIT, incluido Eugène Varlin.

Durante las elecciones del 26 de marzo de 1871, Léo Frankel es elegido en París. Dos días después, se proclamó la Comuna con su Consejo. La diversidad de la AIT era conocida, no era una organización unificada y rígida y, además, sus representantes sólo constituían una minoría dentro de la Comuna. Haciendo eco de la diversidad de corrientes presentes en el movimiento, Julien Chuzeville nos recuerda con razón que: «La Comuna es ante todo una reapropiación por parte de las clases trabajadoras del espacio público, de la ciudad […]. Es el aspecto del «París libre» el que marca la experiencia comunera”. Dicho esto, es importante entender que, «si hay socialistas dentro de la Comuna, ésta no es en sí misma ‘socialista’”. Aquí nos acercamos ante una de las leyendas de la Comuna, vista como un movimiento unificado. Es lo que Julien Chuzeville llama «la leyenda rosa», «una sobrevaloración acrítica de lo que fue, así como la ignorancia de las contradicciones que existían en ella«. La posición y las acciones de Frankel y algunos de sus amigos son especialmente esclarecedoras para levantar el velo sobre esta leyenda de la Comuna.

¿Cuál es finalmente el contenido social de la Comuna? Su potencial reside en la espontaneidad y la autoorganización del movimiento social, en el espíritu creativo de las fuerzas que actúan. Pero dentro de la organización de la Comuna, sólo una minoría lucha por medidas abiertamente socialistas. Frankel fue nombrado responsable de la Comisión de Trabajo. Con el apoyo de otros radicales, agitó la necesidad de crear talleres cooperativos de trabajadores, luchó por la regulación del trabajo nocturno y por la igualdad entre hombres y mujeres. En este punto, el imperativo de la guerra y la desorganización que conlleva, obstaculiza el impulso internacionalista y de emancipación social, bloquea el intento de construir una nueva organización económica bajo el control de la comunidad. La Comuna sólo esbozó una tendencia, elementos capaces de «favorecer el paso, ciertamente progresivo, pero ineludible, de una organización capitalista del trabajo a un trabajo socializado«. O, en palabras de Marx, en La guerra civil en Francia: «Estas medidas particulares sólo podían indicar la tendencia de un gobierno del pueblo por el pueblo”.  Frankel y sus compañeros de la AIT –Malon, Nostag, Teisz y Elisabeth Dimitrief– son conscientes de ello y cuentan con una evolución del Consejo de la Comuna en la dirección de una mayor sensibilidad hacia la cuestión social. Esta evolución no se produjo, esta sensibilidad fue minoritaria y seguirá siéndolo.

Como todo movimiento vivo de gran envergadura, la Comuna estuvo atravesada por corrientes y orientaciones políticas diversas, divergentes y a veces opuestas, desde los republicanos jacobinos hasta los colectivistas del AIT. Las sensibilidades y posiciones del principio fueron, por supuesto, matizadas, modificadas y sacudidas por las vicisitudes de la revuelta social y las urgencias de la guerra. A veces, también, la oposición se hizo más rígida. Inevitablemente, esta evolución y estos enfrentamientos se expresaron en las luchas dentro del Consejo de la Comuna. La lucha era particularmente ruda cuando se proponían y discutían medidas de carácter social. En cuanto a la cuestión de la igualdad entre hombres y mujeres, Frankel siempre defendió posiciones avanzadas y lo hizo con dos militantes de la AIT y de la Unión de Mujeres, Nathalie Le Mel y Elisabeth Dmitrieff, una joven de 20 años, internacionalista rusa de la AIT, cercana a la familia Marx y muy influenciada por la experiencia de las comunas y cooperativas rusas.

Las páginas que Julien Chuzeville dedica a la esclerosis interna de la Comuna son importantes. Para Léo Frankel, como para la minoría radical de la AIT, todo lo que hizo la Comuna debería haberse hecho siempre con y a través de la autoorganización de los trabajadores. ¡Y sin embargo!

«El vínculo con la creatividad de base es sólo indirecto, ya que probablemente la Comuna no estaba suficientemente vinculada a los clubes populares. Esta creatividad también se ve limitada, primero por la guerra civil y luego por algunas decisiones de la mayoría de la Comuna. La Comuna fue, pues, fundamentalmente un movimiento revolucionario truncado, tanto por sus límites geográficos como por las limitadas ambiciones de buena parte de sus elegidos y, finalmente, por su duración, claro está, aunque el aplastamiento militar de la Comuna impidiera, paradójicamente, que se expresaran realmente las tendencias más autoritarias de la mayoría del Consejo. Dentro de estos límites, la Comuna no podía florecer, lo que nos lleva a considerar o incluso a imaginar sus potencialidades reales o supuestas. Con el movimiento de la Comuna se expresaron tendencias hacia una democracia directa«.

Como suele ocurrir en un movimiento social o una revolución a gran escala, el empeño autoritario surge como solución cuando el movimiento ya no tiene la energía creativa para repuntar y ampliar su base. Al igual que Varlin y Theisz, Frankel será un enemigo declarado de esta deriva autoritaria, fuertemente apoyada por los jacobinos y los blanquistas. Tomará forma, en los últimos días de la Comuna, en la creación del Comité de Seguridad Pública. La mordaz respuesta de Albert Theisz a los argumentos tácticos de la «necesidad temporal del despotismo», y la eficacia de un giro autoritario, no ha perdido nada de su actualidad: «Desde hace muchos años, oímos una y otra vez estas palabras: ‘más tarde’. Cuando los eventos terminen, entonces tendréis Libertad, Igualdad, etc. Protestamos contra palabras semejantes, son siempre los mismos medios. ¡No!» El manifiesto de la minoría que se opone a la deriva autoritaria lo dice claramente: «la Comuna de París ha abdicado de su poder en manos de una dictadura, a la que ha dado el nombre de Comité de Salvación Pública«. Frankel lo firmó con Vallès, Courbet, Theisz y algunos otros. Evitaron por poco ser detenidos por dicho Comité. Un día después, el 18 de mayo, el Comité de Seguridad Pública pone fin a la libertad de prensa y el 21 de mayo las tropas de Versalles entran en París. La Comuna vivió sus últimos días. La burguesía francesa puede completar su proyecto de supresión con sangre de las «clases peligrosas». Un proyecto que despeja el horizonte del capitalismo y abre el camino a las prácticas «realistas» del reformismo. Tras ser herido en una barricada el 25 de mayo, Leo Frankel abandona París con Elisabeth Dmitrieff, cruza clandestinamente las líneas de Versalles y se dirige a Suiza.

Sabemos hasta qué punto la experiencia de la Comuna marcó los debates en el movimiento obrero, en el seno de la AIT en particular. Si Marx subrayó que la Comuna era «una revolución contra el Estado mismo«,[v] insistiendo en su dimensión política, revolucionarios como Frankel y algunos otros no dejaron de luchar para que la dimensión de la revolución social se afirmara en creaciones concretas, adquiriera un alcance más amplio en la experiencia comunera. Pensamos en la lectura crítica de Karl Korsch de esta visión de Marx, este énfasis en el elemento negativo, «contra el Estado«, relegando a un segundo plano el elemento positivo y constructivo de la Comuna, su carácter federalista, anticentralista y cooperativo.[vi]

Para Leo Frankel y muchos otros, comenzaron los difíciles años del exilio de la contrarrevolución. Periodos en los que el activismo de la vida organizativa, sus impases y mezquindades, sus desencantos, sustituyeron al ardor de los momentos revolucionarios. Instalado en Londres, Frankel se implicó en la vida de la AIT, de la que llegó a ser miembro del Consejo General. En la medida de lo posible, siguió colaborando con la prensa socialista en Francia, manteniendo estrechos vínculos con Engels y Marx, aunque nunca sería, como señala Julien Chuzeville, «un soldadito disciplinado«, siempre expresando sus desacuerdos. «Frankel no trató de «capitalizar» su importante papel en la Comuna para crearse una notoriedad particular, prefiriendo defender sus ideas sin dejar de ser un militante entre los demás”.  Se mantiene cercano a la idea de la necesaria unidad de la clase obrera, desafiante ante los choques organizativos, las divisiones y las escisiones. En su impulso, a veces le cuesta disociar el espíritu unitario de base necesario para crear una fuerza colectiva de unificación organizativa. No estaba satisfecho con la escisión de la Internacional, organización compuesta por varias corrientes, y temía sus consecuencias para el movimiento. En 1876 regresó a Budapest, donde había nacido en 1844 y donde se implicó en la organización del movimiento socialista, participó en su prensa y trabajó sin descanso por la formación de una nueva Internacional. Este objetivo, ambicioso y nada fácil de alcanzar, puso a Leo Frankel en contacto con personalidades del movimiento obrero, desde Pierre Kropotkin a Karl Kautsky, de Wilhelm Liebknecht a James Guillaume, de Friedrich Engels y August Bebel a antiguos camaradas de la Comuna. En 1880, fiel a sus posiciones, publicó en Hungría un texto antimilitarista que le valió una condena de dos años de prisión. Tras salir de la cárcel, Frankel se trasladó a Viena y luego a París, donde, en la última década del siglo XIX, encontró un movimiento socialista dividido en varias capillas al que se negó a adherirse. Una vez más, luchó por la unificación, criticó las luchas de poder personal y buscó el apoyo de Engels, en vano. Se concentró en sus actividades como periodista y traductor y en el debate de ideas en clubes y asociaciones. Siguió defendiendo incansablemente tres principios que consideraba esenciales para el movimiento revolucionario: la unidad de base, el antimilitarismo y el internacionalismo. Cuando se formó la Segunda Internacional en 1889, se unió a ella sin llegar a desempeñar un papel destacado, a pesar del respeto que despertaba su figura.

Leo Frankel murió en París el 29 de marzo de 1896. Hasta el final, llevó la idea de una Comuna que no llegó a realizarse, pero que él y sus compañeros veían como posible, como una orientación hacia el futuro de la emancipación social. En un texto escrito seis años después de la derrota, Frankel insistió en que la Comuna «no fue una revolución más, añadida a tantas otras, fue esencialmente una revolución nueva, nueva en el objetivo que pretendía alcanzar, nueva porque era una revolución obrera«.

Este nuevo carácter, este contenido autoemancipador, no puede ser objeto de conmemoraciones. Sólo se puede encontrar en la búsqueda del objetivo de subvertir el desorden capitalista y sus bárbaras consecuencias, cuyas manifestaciones son más evidentes cada día que pasa.

Charles Reeve,
Abril 2021
https://lundi.am/Contre-la-momification-de-la-Commune-decouvrir-Leo-Frankel
Traducción de π


[i] « Sans abri à Roissy : le terminal est leur maison », Libération,2 avril 2021.

[ii] Julien Chuzeville, Léo Frankel, communard sans frontières, Libertalia, 2021.

[iii] Julien Chuzeville es también autor de una obra original sobre otro personaje olvidado de la historia oficial del Partido Comunista en Francia, desde sus orígenes hasta el periodo que precede a su bolchevización a mediados de los años 20, Fernand Loriot, le fondateur oublié du Parti communiste (L’Harmattan, 2012).

[iv] Su discurso en el Proceso de la AIT, el 5 de julio de 1870, se incluye en el apéndice del libro de Julien Chuzeville.

[v] Karl Marx, La Guerre civile en France.

[vi] Para una introducción a este debate: Charles Reeve; El socialismo salvaje, autoorganización y democracia directa desde1789 hasta nuestros días, capítulo 2, La Comuna de París (1871) Los límites al ejercicio de «la democracia pura», págs. 37-54, Virus Editorial, 2020.

Leo Frankel