Infección

El triunfo de la Muerte, Pieter Bruegel el Viejo, (1562-1563)

No hay duda, solo se quieren morir los que se suicidan y no siempre, poniendo o imponiendo barreras queremos evitarlo, el precursor es invisible, todos y prácticamente cualquier cosa lo transporta, lo transmite, la distancia es necesaria e imposible… La autoridad quiere imponer la máscara en el espacio público para protegernos, pero no hay distancia para la economía, hay que «producir», los que tienen que ir al trabajo no son todos, los que se exponen a enfermar tampoco, son las paradojas que impone la “nueva normalidad”. No había duda de que la “normalidad” impuesta en nuestras vidas era el problema, que difícilmente podíamos cambiar sin ruptura y la ruptura vino, como tantas otras cosas, desde la entrañas de la misma normalidad. Vivimos siempre al borde del abismo, de la catástrofe, de la tragedia propia y ajena, a sus espaldas, a sus pies. Nos hablan de unos cuantos miles de muertos sin contar los millones que son ignorados, victimas también de nuestra normalidad que nos envuelve y nos consume. No hace falta relatar la magnitud de la devastación, la conocemos bien, vivimos en ella, de ella, para ella.
La noticia es la “Verdad” de la normalidad que nos habla de la “nueva” que necesariamente ha de venir, seguramente mejor adaptada a sus viejas necesidades, romper con ellas para acabar con las causas, poner fin al desastre, evitar el hundimiento no es fácil, cuando nuestras necesidades dependen de ello, mal vender nuestro tiempo en tiempos de crisis (de la explotación) socava la posibilidad de la emancipación. En realidad, la continuidad depende de la capacidad de mantenernos confinados en el capitalismo.

Durante el encierro, la propaganda del miedo ha reforzado el confinamiento y la “distancia social”, el miedo al contagio, a la infección, a la enfermedad y a la muerte han impuesto la reclusión sin apenas oposición, hay que de salvar la vida.
El capitalismo interpreta con naturalidad su confinamiento, representando de manera no histórica la única manera posible de vivir, la manera en que se reproduce el capitalismo, la condición necesaria de la que depende su existencia, cada vez expresada de modo más totalitario y en ostensible contradicción con la reproducción social. Al fin y al cabo, se trata de la apropiación de la vida, de su dominio y explotación y su contrapartida, el incremento de la desposesión, la exclusión, la amenaza biológica, un macabro etc. Esta vez ha sido un virus, pero justo antes fue la Gran Recesión, la apropiación legalizada del poder y la riqueza, la destrucción continuada de la naturaleza, el fin del progreso, de un horizonte colectivo, sostenible. Solo se le puede añadir lo “nuevo” por venir, el aumento de las horas de trabajo no pagadas, los despidos, la caída de los salarios y las pensiones, la inflación o la deflación, el aumento de la precariedad y la pobreza, del hambre y la penuria, la militarización, la prolongación de la guerra, la social, la fría, la imperialista.
Aquello que la mayoría ha dejado de hacer para preservar la vida, demostrando que no es esencial y que a pesar de las condiciones que imponía el encierro era posible un uso diferente del tiempo debe volver a ser sometido al imperativo de la ganancia, la suspensión colectiva de la producción que ha acarreado la pandemia debe ser disuelta por el imperativo de la continuidad del sistema de explotación individual. Rápidamente la unidad del miedo debe ser superada sin otra reflexión, sin más dilación, sin cuestionamiento por la fuerza de los intereses particulares expresados en las manifestaciones de la pequeña burguesía acomodada que, sintiéndose segura y alejada del contagio, reclama la vuelta a la nueva normalidad y la restauración de las libertades capitalistas y sus privilegios.

El progreso capitalista ha confinando el destino del individuo y la comunidad a la acumulación, la explotación, la libertad de mercado y la reproducción capitalista y sus crisis, preservado y protegido gracias a los poderes ampliados del Estado del Capital.
El confinamiento capitalista opera a partir de la fragmentación y la atomización social supeditando la necesidad del individuo frente al “mercado libre”, al que se le han concedido viejos derechos de obediencia, no se trata solo de intercambio, es el espacio de la servidumbre debida, donde se encierra la dimensión social abstracta en términos de su realización: lo que se puede o no se puede, vender y comprar, todo lo que es, puede ser y no es la “sociedad” capitalista.
El confinamiento trocea el cuerpo social en clases antagónicas, socava la colectividad, la sacrifica en beneficio de una clase poseedora y extractiva que moviliza los recursos, individuos y grupos humanos en la ingente tarea de transformar el planeta y lo que contiene en Capital (dinero). Su afirmación totalitaria impone la nomenclatura de la mercancía-mundo, reduciendo el imaginario de lo posible al éxito de sus intereses. La unidad y la normalidad difundida por su propaganda apenas recorre la superficie de la soez crueldad de la relación social, tratando de banalizar la obediencia debida a un nuevo dios abstracto con el que alimentar la escasez.

Los requisitos de la normalidad capitalista sitúan la reproducción social en una doble crisis permanente, primero, el sometimiento de la fuerza social no se distingue del de la naturaleza originando una crisis de proporciones globales (biosfera). Segundo, el coste de pervivir en la falacia del progreso y la libertad, de contemporizar en la nocividad capitalista y su desastre (la miseria, el hambre, la destrucción de la naturaleza, las guerras…) sostenidos, en la perpetuación de la impotencia colectiva y lo que impide su solución y desarrollo, se hace cada día más insostenible abriendo líneas de tensión que solo puede que intensificarse.
El avance de las fuerzas productivas lo es al mismo tiempo y sin paliativos de las fuerzas destructivas que amenazan la vida, del que la infección mortífera es su más reciente correlato. El mismo sistema (Estado capitalista) que dirige la “sociedad” hacia la consecución de la ingente acumulación de Capital produce en proporción desastre y tragedia, una economía fetichista y destructiva que distorsiona las relaciones y las necesidades sociales, que al extenderse generaliza violentamente las contradicciones y multiplica sus efectos a escala planetaria hasta poner en constante crisis su propia estructura.

En el estadio actual del “desarrollo” del confinamiento capitalista en el que nos encontramos ya no hay refugio (¿encerrarnos en casa y pararlo todo?), la interconexión de las economías, su penetración local a la vez que global, los es también de sus efectos. La nocividad antes cercada, acotada en espacios delimitados, distribuida en clases y segmentos, ha superado sus límites y se ha desbordado alcanzando también a los que se creían a salvo.
Numerosas han sido las advertencias, las señales, sus voces, se ha dicho: no era un problema de información, tampoco de conciencia. Se sabía y se ha repetido hasta la saciedad pero no era suficiente, o quizás demasiado o inapropiado, antes éramos “espectadores”, por si fuera poco ahora lo podemos sentir en carne propia.

Esta condición avanzada de la normalidad capitalista nos emplaza desde otra posición con la vieja cuestión de enfrentar la violencia estructural del sistema capitalista y sus consecuencias. Focalizar la conflictividad en cuestiones de carácter identitario y “societal” o bien en el “interseccionalismo” constituyen una “insubordinación intelectual” de la subjetividad, propia de la abstracción social que se impone: la disolución de la división social, las clases, las luchas; la fragmentación. Situar la escena en el plano local es un acto de subsistencia, de resistencia necesaria, comparable quizás al sindicalismo contra la ofensiva del patronato, opuesto a lo perdido por sus versiones políticas y burocráticas dominantes. Situarla en lo parcial es la condena al fracaso que el Estado ha asumida como propia. La cogestión o su reforma nos ha traído donde nos encontramos. Evitar la confrontación cuando somos parte de ella, interroga las posibilidades de los partidarios y la disidencia, aislarse cuando apenas se puede vivir al margen es un espejismo sin demasiado recorrido, otra forma de confinarse. El anticapitalismo, no el practicado por aquellos que lo desmienten con su participación en las estructuras capitalistas y con su presencia solo alcanzan a reforzarlas, sino el aglutinador de luchas, reivindicaciones, aspiraciones, metáfora de la transformación social, quizá no sea suficiente, volcado en la negación sin apuntar a la futura colectividad, a las nuevas relaciones, al mundo nuevo: al comunismo.

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Finales de mayo del 2020