L’Adunata dei Refrattari y Los Amigos de Durruti

L’Adunata (La Llamada) fue un semanario de Nueva York redactado en italiano de cuya dirección se hizo cargo en 1928 Raffaele Schiavina, un anarquista convencido de que al fascismo solo se le podía derrocar con las armas mediante una insurrección popular que destrozara su Estado. Totalmente contrario al derrotismo y al pacifismo de muchos libertarios, era igualmente crítico con lo que suponía desviaciones ideológicas tales como el posibilismo democrático (lo que hoy se llamaría municipalismo), la plataforma Archinov o el mismísimo anarcosindicalismo. La publicación, consciente del carácter revolucionario del momento ibérico, sostuvo la política ambigua de la CNT en la República, pese a saber que esta solo representaba los intereses de una burguesía que en gran parte la había abandonado. Admiraba el impulso creativo del pueblo trabajador español y este se cubría con las siglas CNT-FAI. L’Adunata denunció la falacia de que en la península el combate se realizaba en defensa de la democracia: se luchaba para acabar con el capitalismo, para destruir la propiedad privada y para expropiar la riqueza en poder de una minoría. En suma, se luchaba por la revolución social, algo que parecía contradecir la entrada en el gobierno de la CNT, consecuencia según Schiavina de un oportunismo táctico que venía de lejos. El anarquismo atemperado por las concesiones y renuncias que desvirtuaban su naturaleza, sus métodos y sus fines, conducía directamente al fracaso. Durante las jornadas de Mayo, L’Adunata se pronunció a favor de la resistencia a ultranza proclamada por Los Amigos de Durruti, las Juventudes Libertarias y otros anarquistas revolucionarios, contra la reacción encabezada por los estalinistas que, entre tantas, se había cobrado la vida de Camilo Berneri. En el ejemplar del 19 de junio de 1937 anunciaba la aparición de «El Amigo del Pueblo» y siete días más tarde publicaba el demoledor manifiesto que la Agrupación distribuyó el 8 de mayo. En el número del 22 de julio el semanario lamentó las adhesiones al ministerialismo de los medios libertarios de fuera de España, en contraste con la persecución orgánica de las protestas como la de Los Amigos de Durruti, absolutamente silenciada. Así, el 28 de agosto publicó el artículo titulado «Una Situación Intolerable», que había salido en el nº 5 de «El Amigo del Pueblo». Al acabar la guerra, L’Adunata publicó el análisis durrutista de las causas de la derrota que más abajo reproducimos. Finalmente, el ejemplar correspondiente al 11 de mayo de 1940 recogió el testimonio de un participante en las jornadas de Mayo, que firmaba «Saida». Su valoración fue la siguiente:

«La Semana Sangrienta de Barcelona fue una puñalada en el corazón del mayor incendio emancipador de todos los tiempos ¡Conviene recordarlo!

Ocurrió que la España libertaria amenazada por todas las traiciones, todas las abjuraciones y todas las renuncias, tuvo que hincar las rodillas como los toros en la ardiente arena, por más que de un titán de ese calibre se esperara la gloria de sucumbir de pie.

De una cosa estamos convencidos. Aunque quienes justifican el sectarismo o la inconsciencia de los responsables del movimiento libertario español no lo crean, si se hubiese tomado el toro por los cuernos y se hubiera ocupado Cataluña, Aragón y Levante, como era posible indiscutiblemente en Mayo del 37, aceptando el desafío que ello implicaba en sus consecuencias extremas, el movimiento ibérico hubiera salido dignificado y su futuro se habría salvado.»

Las causas de la derrota del proletariado español

El movimiento proletario debe sacar provecho de la experiencia española. A nosotros, militantes de España, nos incumbe, en el momento actual, lamentar que las ayudas recibidas del proletariado internacional han sido inadecuadas. A nosotros incumbe la misión de exponer a los trabajadores del resto del mundo las causas de nuestra derrota.

La Agrupación Los Amigos de Durruti compuesta por militantes anarquistas indicó a su debido tiempo cuál sería la suerte del proletariado español si se continuaba con la política del Frente Popular.

Habíamos sostenido desde el comienzo que la guerra ibérica era una guerra de clase, enfrentándonos a la posición de los que sostenían que nuestra guerra poseía el carácter de una guerra de la independencia.

El celo desplegado por el sector burgués, el socialista o el estalinista en clasificar nuestra epopeya como una guerra de la independencia no tenía nada de sorprendente, ya que eran conocidas las tendencias contrarrevolucionarias de quienes sostenían esta tesis. Lo que en cambio si sorprendía, lo que nunca nos habríamos atrevido a suponer, era el hecho de que determinados militantes de la CNT-FAI asumiesen la misma posición que aquellos que se habían emboscado para apuñalar a la revolución.

Tergiversado de tal guisa el sentido de la lucha empeñada por los trabajadores españoles, se llegaba a hacerlo coincidir con las pretensiones del mismísimo Franco, que a su vez proclamaba combatir por la independencia de España. ¿Qué pensarían los trabajadores de otros países de una confusión semejante?

Pero las tergiversaciones no terminaban aquí. En un comicio tenido en Barcelona, una militante anarquista llegó a decir que los antifascistas eran los defensores de la Nación Española. En todos los actos públicos en los que participaban los dirigentes de la CNT-FAI, nos encontrábamos, no sin dolor, tales desviaciones de los conceptos de clase y de anarquía que en el pasado hicieron de nuestras organizaciones los baluartes más sólidos del proletariado español.

La prevalencia de la psicosis contrarrevolucionaria volvía imposible esperar un epílogo satisfactorio. Todos los grandes acontecimientos humanos necesitan apoyo moral. El espíritu de sacrificio de los descamisados franceses, dispuestos a todo con tal de vencer, y el heroísmo de los proletarios rusos, se alimentaba de la convicción profunda de que ambos defendían sus propios intereses. En cambio, al proletariado español le faltaba ese convencimiento que transforma a los hombres en gigantes.

La contrarrevolución había ido perfilándose desde antes de Mayo de 1937. Pero la derrota sufrida por el proletariado en aquellas jornadas acarreó las manifestaciones de injusticia más brutales. Tras la entronización del Gobierno Negrín ­–que fue el gobierno de la derrota, del delito legalizado y de la vergüenza– se aceleró el ritmo de la contrarrevolución. El gobierno Negrín se distinguió por la persecución de los trabajadores revolucionarios, por el servilismo abyecto a la política de la URSS, por la especulación de víveres más escandalosa, por la infame actividad de la Cheka, por la delincuencia en todos los campos, por los desmesurados privilegios de la burocracia…

Dadas estas circunstancias ultrarreaccionarias no hacía falta averiguar cúal podía ser la moral de las clases trabajadoras. El pueblo antifascista se había desmoralizado. No sabía por qué luchaba. El agotamiento causado por la guerra y los sacrificios que solamente él realizaba le inducían a razonar así: En el momento en que, bajo Negrín, a los trabajadores nos persiguen y nos condenan al hambre, que venga lo que fuere, porque la guerra acabará pronto.

Pero si los trabajadores españoles hubieran tenido la seguridad de que los pelotones de ejecución, los campos de concentración y las prisiones estaban destinados exclusivamente a los fascistas, esa convicción hubiera llegado igualmente a todos los ciudadanos; y si estaban seguros de que ellos mismos sostenían los destinos del país, el prodigio colectivo se hubiera producido y el fascismo hubiera encontrado en cada palmo de terreno una muralla de pechos imposible de abatir, por más grande que fuese la cantidad de plomo disparado.

Nuestra Agrupación –que en la emigración se propone recoger las enseñanzas que deja la revolución española– reafirma que los militantes de la CNT-FAI no han estado, en su gran mayoría, a la altura de la situación. En las jornadas de Julio y en las de Mayo disponíamos de enormes posibilidades, por más que muchos vengan repitiendo que si, nosotros los anarquistas, hubiéramos intentado imponer nuestras aspiraciones en sentido totalitario hubiéramos precipitado el mismo epílogo que hoy deploramos.

Nosotros -«Los Amigos de Durruti»- creemos que las convulsiones sociales no pueden mantenerse en un plano intermedio. En el caso de España, no se podía sostener que nos encontráramos en una revolución capitalista. Esta etapa había sido superada el 14 de abril de 1931. La Revolución Social había hecho su aparición en febrero de 1936, cuando el poder del Estado se encontraba en las manos de Portela Valladares. Azaña intentó que la clase trabajadora se pusiera a dormir con el espejuelo de la democracia, pero la incertidumbre de la situación no ofrecía suficientes garantías a la España Negra, que hizo su clásica puesta en escena. El trabajo militante plantó cara al movimiento reaccionario con un ánimo desconocido para el régimen de Negrín y el provocador del PSUC Comorera. Aquel fue un momento revolucionario en el sentido más completo de la palabra, y no ya uno de tipo híbrido y represivo como lo que más tarde falseó la epopeya española.

La causa principal de la derrota hay que buscarla en la duda que se apoderó de los militantes responsables de la CNT-FAI en las jornadas de Julio y en las de Mayo. Si en aquellas circunstancias de la historia de España, hubiésemos asumido la dirección completa del país, no se hubiera podido verificar el contrasentido de que, habiendo ganado los trabajadores en aquellas dos ocasiones, después fueran derrotados por los sectores contrarrevolucionarios que crearon las condiciones de la victoria de Franco.

La experiencia ha sido dura. Por culpa de la derrota del proletariado español, la revolución mundial padece un retraso enorme. Pero cuando, en los vaivenes de los acontecimientos que constituyen la historia del pueblo, se presente una nueva convulsión social, que los trabajadores no olviden que solo ellos pueden defender sus propios intereses y que, en ese terreno, la mínima concesión puede resultar fatal.

Si los trabajadores del mundo entero aprovecharan las enseñanzas de nuestra revolución, nuestro dolor y nuestra suerte nos causarían menos aflicción…

Secretariado de la Agrupación Los Amigos de Durruti

L’Adunata dei refrattari, New York, 30-IX-1939
Fragmento de la conversación con Miguel Amorós en la radio libre La Nevera el 19 de octubre de 2022 a propósito de la publicación de «Los Amigos de Durruti en la revolución española».