Rechazo de obediencia

Cornelis van Haarlem; La caída de los titanes (1588)

A la edad de 19 años, Jean Giono fue movilizado para la Gran Guerra. En 1915, fue asignado al 140º Regimiento de Infantería hasta 1918. Su mejor amigo, como tantos otros, morirá a su lado. Conmocionado por un obús, víctima del gas mostaza y testigo de la barbarie de la guerra, Giono quedará permanentemente afectado. En 1917, escribió: «Tengo 22 años y tengo miedo». Este trauma de guerra le llevó a adoptar un pacifismo visceral y definitivo, que compartió en una colección de textos titulado: Rechazo de obediencia, publicado en 1937. Lo introduce tal cual: «Si no para burlarse, al menos para desconfiar de los constructores del futuro. Sobre todo cuando, para construir el futuro de los hombres no nacidos, necesitan hacer morir a los hombres vivos».

Publicamos una parte, extracto del primer texto: No puedo olvidar.

No puedo olvidar

«La guerra no es una catástrofe, es un medio de gobierno. El Estado capitalista no conoce a los hombres que buscan lo que llamamos felicidad, a los hombres que son lo que son, a los hombres de carne y hueso; sólo conoce una materia prima para producir capital. Para producir capital necesita la guerra en determinados momentos, como un carpintero necesita un cepillo, se sirve de la guerra. El niño, los ojos azules, la madre, el padre, la alegría, la felicidad, el amor, la paz, la sombra de los árboles, el frescor del viento, el curso agitado de las aguas, no lo conoce. No reconoce en su Estado, en sus leyes, el derecho a disfrutar de las bellezas del mundo en libertad. Económicamente, no puede reconocerlo. Sólo tiene leyes para la sangre y el oro. En el Estado capitalista, los que disfrutan sólo disfrutan de la sangre y el oro. Lo que le hace decir a sus leyes, a sus profesores, a sus poetas acreditados, es que existe el deber de sacrificarse. Es necesario que yo, tú y los demás nos sacrifiquemos. ¿A quién? El Estado capitalista esconde amablemente el camino al matadero: te sacrificas por la patria (ya casi no se atreve uno a decirlo) pero, finalmente, al prójimo, a tus hijos, a las generaciones futuras. Y así de generación en generación. ¿Al final, quién se come  los frutos de este sacrificio?

Así que ahora sabemos claramente de qué se trata. El Estado capitalista necesita la guerra. Es una de sus herramientas. No se puede matar la guerra sin matar al Estado capitalista. Hablo con objetividad. Se trata de un ser organizado que funciona. Se llama Estado capitalista como se llamaría un perro, un gato o una larva bífida. Está ahí, extendida sobre mi mesa, con el vientre abierto. Veo su organismo funcionando. En este ser organizado, si le quito la guerra, lo desorganizo tan violentamente que lo inutilizo para la vida, para su vida, es como si le quitara el corazón al perro, como si le cortara el 27º centro motor a la larva, esa perla toda movida de arco iris e indispensable para su vida. Queda saber qué es lo que prefiero: ¿vivir yo mismo, permitir que los niños sean niños y disfrutar del mundo, o asegurar, con mi sacrificio, la continuidad de la vida del Estado capitalista? Sigamos siendo objetivos. ¿Qué sentido tiene mi sacrificio? ¡Para nada! (¡Te escucho! No grites tanto en la sombra. No muestren sus espantosas caras masacradas por la fábrica. No hables, tú que me dices que tu taller ha cerrado y que no hay pan en casa. No grites contra las rejas del castillo donde bailan. ¡Te escucho!) Mi sacrificio no sirve para nada, salvo para mantener vivo al Estado capitalista. ¿Este Estado capitalista merece la pena de mi sacrificio? ¿Es bondadoso, paciente, amable, humano, honesto? ¿Busca la felicidad para todos? ¿Se deja llevar por su movimiento sideral hacia la bondad y la belleza, y lleva la guerra en su interior sólo como la tierra se lleva su núcleo central? No hago estas preguntas para responderlas yo mismo. Las pregunto para que cada uno pueda responderlas en su interior.

Prefiero vivir. Prefiero vivir y matar la guerra, y matar al Estado capitalista. Prefiero ocuparme de mi propia felicidad. No quiero sacrificarme. No necesito el sacrificio de nadie. Me niego a sacrificarme por nadie. Sólo quiero sacrificarme por mi propia felicidad y la de los demás. Rechazo los consejos de los gobernantes del Estado capitalista, de los profesores del estado capitalista, de los poetas, de los filósofos del Estado capitalista. No se molesten. Sé dónde está. Mi padre y mi madre me hicieron brazos, piernas y una cabeza. Son para usarlos. Y esta vez lo voy a usar.

Solo hay un remedio: nuestra fuerza. Solo hay una forma de usarlo: la revuelta.

Ya que no escuchamos nuestra voz.

Ya que nunca nos contestaron cuando nos quejamos.

Ya que se apartaron de nosotros cuando mostramos las heridas en nuestras manos, nuestros pies y nuestra frente.

Ya que, sin piedad, se lleva de muevo la corona de espinas, y están preparados los clavos y el martillo.”

Jean Giono, Je ne peut pas oublier, 1934
https://tousdehors.net/Giono

Traducción de π