Reprimir a los trabajadores rebeldes de la Plaza de Tiananmen

Cómo la violencia del Estado y las reformas del mercado destruyeron a la clase obrera urbana de China

Bicicletas destrozadas cuelgan del costado de un tanque, que fue quemado por manifestantes en la Plaza de Tiananmen

El discurso público sobre el Movimiento Democrático de Tiananmen de 1989 ha estado dominado por dos narrativas. La más predominante, interpreta el movimiento en el marco de «democracia versus autoritarismo». La «democracia» en esta narrativa casi siempre se refiere a la democracia liberal. En este relato, los intelectuales y estudiantes universitarios, profundamente influenciados por el liberalismo occidental esperaban presionar al Partido Comunista Chino (PCCh) para que acelerara la liberalización política, que sólo se había puesto en marcha de forma intermitente durante la década de 1980. El objetivo del movimiento era que la democratización siguiera avanzando al ritmo de la mercantilización.[1]

La segunda narrativa, mucho menos influyente que la primera pero que sin embargo circula ampliamente entre los segmentos de la izquierda china e internacional, interpreta el movimiento en el marco del «socialismo contra el capitalismo». En esta narrativa, las reformas capitalistas de China en la década de 1980, produjeron una grave inflación y un aumento de la desigualdad, lo que perjudicó el sustento de las poblaciones urbanas e intensificó gravemente el descontento. Por lo tanto, el Movimiento Democrático de Tiananmen de 1989 fue, de hecho, un movimiento antimercado y anticapitalista desencadenado por la pobreza material.

Ambas narrativas son insuficientes. En la narrativa de la «democracia contra el autoritarismo», los protagonistas eran siempre los intelectuales y los estudiantes. Se ignoran casi por completo a los trabajadores y los residentes habituales de Pekín, que desempeñaron un papel importante en el movimiento. De hecho, si se tiene en cuenta el número estimado de muertos durante la masacre de la noche del 3 de junio y la madrugada del 4 de junio, así como la intensidad de la represión posterior, los trabajadores pagaron un precio mucho más alto que los estudiantes y los intelectuales, de forma similar al levantamiento de Gwangju de 1980 en Corea del Sur. Sin embargo, en la narrativa liberal, los trabajadores están en gran medida ausentes.

La narrativa del «socialismo contra el capitalismo», reconoce el papel de los trabajadores en el movimiento, pero oscurece el hecho de que las aspiraciones democráticas eran realmente el tema dominante. Estas aspiraciones no pueden ser captadas por la dimensión económica del «anticapitalismo». Además, aunque el descontento con la mercantilización resultó crucial para forjar la participación de los trabajadores, los trabajadores del movimiento no expresaron ningún deseo de volver a la época anterior a la mercantilización. También estuvo casi ausente cualquier muestra de nostalgia por la era maoísta o por el propio Mao.

Tenemos que romper con estas dos narrativas simultáneamente, rechazando el enfoque exclusivo en los estudiantes y los intelectuales, tomando en serio a los trabajadores y, al mismo tiempo, reconociendo que la «democracia» era también la demanda principal de los trabajadores. Y lo que es más importante, la «democracia», tal y como la entendían los trabajadores, era diferente de la noción liberal adoptada por los estudiantes y los intelectuales; era una visión socialista de la democracia basada en la acción de la clase trabajadora. Esta dimensión del Movimiento Democrático de Tiananmen de 1989, como movimiento obrero que luchaba por la democracia socialista, es importante tanto políticamente como para escribir la historia, pero ha sido en su mayor parte olvidada.

Un movimiento obrero militante

Un artículo publicado en 1993 por Andrew Walder y Gong Xiaoxia[2] trazó la trayectoria de la participación de los trabajadores en el movimiento, mediante el ascenso y caída de la Federación Autónoma de Trabajadores de Pekín (WAF). Tras el fallecimiento de Hu Yaobang el 15 de abril de 1989, un líder muy respetado pro-reforma del PCCh, los estudiantes de las universidades de Pekín empezaron a instalar monumentos conmemorativos en sus campus. Al mismo tiempo, grupos de trabajadores comenzaron a reunirse en la plaza de Tiananmen para intercambiar opiniones sobre cuestiones de actualidad. En los días siguientes, el número de trabajadores que se reunían en la plaza aumentó, llegando a superar el centenar en algunos momentos. El 20 de abril, después de que una sentada de estudiantes frente a Zhongnanhai, el complejo residencial de los líderes del PCCh, fuera reprimida por la policía, unos cuantos trabajadores enfadados decidieron formar una organización, que resultó ser la WAF en embrión. Esta organización obrera se creó incluso antes que la Federación Autónoma de Estudiantes de Pekín.

Sin embargo, la WAF era entonces una red informal de decenas de personas. No operaba públicamente ni tenía estructuras organizativas establecidas. Los miembros apenas se conocían entre sí. En abril, los estudiantes siguieron siendo el centro del movimiento. Desde la primera gran marcha del 17 de abril, pasando por la sentada de Zhongnanhai, la concentración del 22 de abril ante la ceremonia oficial de conmemoración de Hu Yaobang, la marcha del 27 de abril contra la dura editorial publicada en People’s Daily el periódico oficial del PCCh, en la que participaron decenas de miles de personas, y finalmente una marcha aún mayor el 4 de mayo, los participantes eran casi exclusivamente estudiantes universitarios.

Pero después del 4 de mayo, el movimiento estudiantil se estancó y decayó. Los estudiantes no sabían qué hacer a continuación, y dudaban en seguir escalando. La mayoría volvió a las aulas. Ante tal estancamiento, un grupo de estudiantes radicales comenzó a planear una huelga de hambre para reimpulsar el movimiento. En este sentido, con la huelga de hambre lograron su objetivo. El 13 de mayo, en el primer día, una cifra récord de 300.000 personas protestaron y ocuparon la plaza de Tiananmen.

El inicio de la huelga de hambre marcó un punto de inflexión para el movimiento. A pesar de un renacimiento temporal del entusiasmo de los estudiantes, el movimiento volvió a decaer inevitablemente; después del 13 de mayo, el número de estudiantes que participaron en la ocupación de la plaza de Tiananmen disminuyó, y cada vez más estudiantes regresaron a los campus. Sin embargo, la huelga de hambre de los estudiantes marcó el inicio de la participación en masa de los trabajadores. El entusiasmo de los trabajadores se vio no sólo en el número, sino en el hecho de que empezaron a organizar sus propios mítines y marchas y a desplegar sus propias pancartas y lemas. A partir de ese momento, los trabajadores se convirtieron en una fuerza importante del movimiento.

Muchos trabajadores decidieron participar tanto por simpatía hacia los estudiantes en huelga de hambre como por un sentimiento de indignación moral ante la indiferencia del PCCh. Un trabajador al que entrevisté me dijo que decidió participar «simplemente porque el Estado estaba tratando demasiado mal a los estudiantes». A medida que el número de trabajadores que participaban en el movimiento se disparaba, la WAF empezó a hacerse pública y a reclutar miembros a gran escala.

Lo que impulsó aún más la participación de los trabajadores fue la declaración de la ley marcial el 20 de mayo. Mientras los regimientos militares marchaban desde todos los lados hacia Pekín, un gran número de trabajadores de la clase obrera y residentes salieron espontáneamente a las calles de la periferia de Pekín, tratando de obstruir a los militares. Los trabajadores levantaron barricadas y montaron muros humanos. Llevaron agua y comida a los soldados para confraternizar con ellos y convencerlos de que abandonaran las armas y detuvieran su marcha. En otras palabras, fueron los trabajadores, y no los estudiantes, quienes se enfrentaron directamente al aparato represivo más poderoso del Estado. Y los trabajadores ganaron temporalmente: se impidió a los militares entrar en el centro de Pekín durante dos semanas.

Como argumentó Rosa Luxemburgo, la conciencia radical de los trabajadores crece a partir del propio proceso de lucha. Mil novecientos ochenta y nueve lo demostró. Durante la lucha para obstruir a los militares, los trabajadores empezaron a darse cuenta del poder de su organización y acción espontáneas. Fue una autoliberación a una escala sin precedentes. Se produjo una enorme ola de autoorganización. El número de miembros de la WAF creció exponencialmente y otras organizaciones de trabajadores proliferaron, tanto dentro como fuera de los centros de trabajo.

El desarrollo de la organización llevó a una radicalización de la acción. Los trabajadores empezaron a organizar cuasi-milicias autoarmadas, como «piquetes» y «brigadas que se atreven a morir», para vigilar y difundir el paradero de los militares. Estas cuasi-milicias también se encargaban de mantener el orden público, para no dar ningún pretexto a la intervención militar. En cierto sentido, Pekín se convirtió en una ciudad autogestionada por los trabajadores. Era una reminiscencia de los trabajadores autoarmados de Petrogrado organizados en los soviets en los meses entre las revoluciones de febrero y octubre de Rusia. Al mismo tiempo, los trabajadores de Pekín construyeron muchas más barricadas y fortificaciones en la calle. En muchas fábricas organizaron huelgas y paros. También se puso sobre la mesa una posible huelga general. Muchos trabajadores empezaron a establecer conexiones entre fábricas, para preparar una huelga general.

Autoarmarse, autoorganizarse y hacer huelga tenían un significado totalmente diferente al de marchar, concentrarse y ocupar. Estos últimos eran actos de autoexpresión, mientras que los primeros eran una forma de autoempoderamiento, una manera de construir concretamente el poder sobre el proceso de producción y la gestión de la sociedad en su conjunto. El radicalismo no estaba en las palabras que proclamaban los trabajadores, sino en sus propios actos. Esta era la situación del movimiento a finales de mayo y principios de junio: el movimiento estudiantil luchaba con un entusiasmo decreciente, una participación menguante y constantes luchas internas, pero el movimiento obrero, a través de la autoorganización y la automovilización, se hacía más fuerte y más radical a cada hora.

No hay manera de saber por qué los dirigentes del PCCh decidieron finalmente ordenar a los militares que entraran en Pekín «fuera como fuera» y aplastaran el movimiento. Pero una especulación plausible es que lo que aterrorizaba a los líderes del partido no era el movimiento estudiantil en declive, sino el movimiento obrero en rápido crecimiento y radicalización. Esto es coherente con el hecho de que los trabajadores se enfrentaron a una represión mucho más severa que los estudiantes tanto durante como después de la masacre.

¿Qué clase de democracia es esa?

A lo largo del movimiento, el discurso público y la atención de los medios de comunicación internacionales fueron monopolizados en gran medida por los estudiantes universitarios y los intelectuales, en parte porque eran conocedores de los medios de comunicación y hablaban inglés. Los trabajadores permanecieron relativamente callados. Como se ha señalado anteriormente, la visión de los trabajadores sobre la democracia se reflejó ante todo en lo que hicieron, no en lo que proclamaron. A través de una serie de acciones de distinto tipo para construir concretamente el poder de controlar la producción y gestionar la sociedad, los trabajadores pusieron en práctica el lema de que «los trabajadores son los dueños de la sociedad», –algo que el PCCh había prometido durante mucho tiempo pero que nunca llegó a realizar. El predominio de la autodefensa, la autoorganización y la huelga dice mucho del imaginario democrático radical de los trabajadores.

Al mismo tiempo, aunque los trabajadores pronunciaron menos discursos y publicaron menos escritos que los estudiantes, sus discursos, cuando se examinan de cerca, muestran una comprensión de la democracia muy diferente a la de los estudiantes.

Según el análisis de Walder y Gong de los panfletos publicados por la WAF, los trabajadores estaban preocupados en primer lugar por los problemas económicos que afectaban directamente a sus medios de vida, como la inflación y la desigualdad. Estos problemas, que surgieron durante las reformas de mercantilización, produjeron sentimientos muy negativos hacia las reformas. Sin embargo, los trabajadores no se centraron únicamente en la dimensión económica, sino que aportaron una comprensión explícitamente política de estos problemas económicos y articularon una visión de la democracia en consecuencia. Los trabajadores comprendieron que la inflación y la desigualdad tenían un origen político común y subyacente: «la burocracia dictatorial estalinista».

El análisis de la WAF sobre la inflación atribuyó el aumento de los precios a los burócratas que controlaban los precios de los productos nacionales e importados y los fijaban deliberadamente altos para dar cabida a su propio acaparamiento y a sus ganancias. Por lo tanto, la única manera de erradicar la inflación y la desigualdad era derrocar a la burocracia en su conjunto y devolver a los trabajadores el poder de controlar la producción y la circulación de los bienes. Esta visión democrática basada en el antiburocratismo recuerda a las rebeliones obreras de 1966 y 1967, de los primeros años de la Revolución Cultural.

La experiencia directa de los trabajadores contra la opresión de la burocracia no surgió de la ausencia de libertad de expresión o de derechos de voto en la esfera política formal, sino de la falta de poder en el lugar de trabajo. Para los trabajadores, la manifestación más contundente de la «burocracia dictatorial» era el gobierno unipersonal en las fábricas. Un trabajador entrevistado por Walder y Gong dijo: En el taller, ¿cuenta lo que dicen los trabajadores o lo que dice el director? Más tarde hablamos de ello. En la fábrica el director es un dictador; lo que dice un hombre vale. Si ves el Estado a través de la fábrica, es más o menos lo mismo: el gobierno de un solo hombre… Nuestro objetivo no era muy elevado; sólo queríamos que los trabajadores tuvieran su propia organización independiente.

En otras palabras, aunque los trabajadores que participaron en el movimiento luchaban indudablemente por la democracia, la «democracia» a los ojos de los trabajadores significaba ante todo democracia en el lugar de trabajo. La articulación del ideal democrático por parte de la WAF se entrelazaba con agudas críticas al sistema sindical oficial de China, que no representaba realmente a los trabajadores, y con una visión de que los trabajadores tenían derecho a organizar sindicatos independientes, supervisar a los directivos y negociar colectivamente.

Este ideal superaba con creces la oposición a la mercantilización, atacando directamente el fundamento político de las reformas capitalistas: la dictadura burocrática. La democracia definida por los trabajadores significaba la sustitución de la burocracia por la autogestión de los trabajadores, y el primer paso hacia este objetivo era establecer la democracia y la organización independiente en el lugar de trabajo.

Esta visión de la democracia tenía claramente un carácter de clase. Se basaba en la acción de la clase obrera. En marcado contraste, el ideal democrático articulado por los intelectuales y los estudiantes estaba compuesto por un conjunto de valores liberales supuestamente universalistas. Aunque los estudiantes también estaban profundamente descontentos con la corrupción y el acaparamiento oficial, su descontento apuntaba a una noción abstracta de derechos y libertad democráticos, a diferencia de la creencia de los trabajadores de que la democracia debía establecerse primero en el lugar de trabajo, sobre el proceso de producción. En otras palabras, el ideal democrático abrazado por los estudiantes estaba desprovisto de contenido de clase –aunque las demandas de los estudiantes acabaron revelando sus intereses de clase: entre las siete demandas formuladas por los estudiantes durante su manifestación del 17 de abril, una era aumentar el gasto estatal en educación y elevar el bienestar material de los intelectuales.

Para los trabajadores, la democracia y la mercantilización eran diametralmente opuestas. La mercantilización envalentonó a los mismos burócratas que ya monopolizaban el poder político. Dado que la burocracia y la mercantilización se constituían mutuamente, había que derrocarlas juntas. Pero para los estudiantes, eran la democracia y la mercantilización las que se constituían mutuamente. La corrupción y el acaparamiento oficial durante las reformas de mercantilización reflejaban, no los defectos, sino lo incompleto de la mercantilización, así como el hecho de que la democratización iba por detrás de la reforma económica. Por lo tanto, los estudiantes sostenían que la democratización y la mercantilización debían ir de la mano. De hecho, «una mayor expansión de la liberalización económica» ya había sido una de las principales demandas articuladas por los estudiantes durante su ola de protestas de 1986-1987, ampliamente considerada como la precursora del movimiento de 1989.

En resumen, las diferencias fundamentales entre la democracia obrera y la democracia estudiantil eran las siguientes: la primera se basaba en un discurso de clase, la segunda era supuestamente neutral con respecto a la clase; la primera se dirigía primero al lugar de trabajo, la segunda se basaba en una noción abstracta de la libertad individual; la primera rechazaba firmemente la mercantilización, la segunda la abrazaba. En este sentido, los trabajadores tenían una visión democrática socialista, mientras que los estudiantes tenían una visión democrática liberal.

La desconexión entre estudiantes y trabajadores

Los trabajadores y los estudiantes mostraron diferentes trayectorias de participación, y tuvieron diferentes concepciones de la democracia. Así, no es de extrañar que existiera una notable desconexión entre estudiantes y trabajadores a lo largo del movimiento. Los estudiantes trataron constantemente de excluir a los trabajadores, viendo el movimiento como «propio», y trataron de mantener su «pureza». Walder y Gong señalaron que, hasta finales de mayo, los estudiantes se mantuvieron firmes en que no se permitiera a las organizaciones obreras entrar en la propia plaza de Tiananmen. Los estudiantes tenían poco interés en comunicarse o coordinarse con las organizaciones obreras, especialmente con la organización formada por los trabajadores de la construcción, que eran en su mayoría aldeanos de la periferia rural de Pekín. El historiador Maurice Meisner[3] afirmó que «en las primeras semanas del movimiento, los manifestantes estudiantiles a menudo marchaban con los brazos enlazados para excluir a los trabajadores y a otros ciudadanos». Un estudiante que participó en el movimiento también relató que los estudiantes tuvieron mucho cuidado en asegurarse de que los suministros logísticos donados por los simpatizantes de Hong Kong fueran para ellos, no para los trabajadores.

Aquí reside la ironía del movimiento. Los líderes estudiantiles dijeron repetidamente que pretendían utilizar sus acciones para «despertar» a las masas. Pero, de hecho, una parte importante de las masas ya estaba «despierta» y participaba activamente en el movimiento, y sin embargo los estudiantes mostraron poco interés en hablar con ellas. El inflado sentido de superioridad y autoimportancia de los estudiantes se nutría en parte del elitismo de las principales universidades chinas, y también recordaba en parte a la tradicional pequeña burguesía intelectual china, que se veía a sí misma como el pilar moral de la sociedad, la conciencia del pueblo, responsable de articular lo que está bien y lo que está mal en nombre de las masas. De hecho, el sociólogo Zhao Dingxin[4] ha señalado que los estudiantes del movimiento utilizaban una combinación de vocabularios liberales occidentales y el lenguaje moralista tradicional de China.

Excluidos por los estudiantes, muchos trabajadores empezaron a perder la fe en ellos. Para los trabajadores, los estudiantes se sentían demasiado bien con ellos mismos, no respetaban a los trabajadores y eran mucho mejores hablando que haciendo cosas en la práctica. Lo que más alarmó a los trabajadores fue que en las organizaciones estudiantiles empezaron a aparecer rastros de elitismo burocrático, que provocaban un profundo resentimiento. Como señalaron Walder y Gong, los líderes estudiantiles «tenían títulos como ‘Comandante General’, ‘Presidente’, etc.», y su lucha interna por el poder, la posición y los privilegios, dejó a los trabajadores disgustados. Por el contrario, la WAF y otras organizaciones de trabajadores tenían una estructura mucho más horizontal, con un liderazgo individual mucho menor.

Lo que los trabajadores consideraban aún más intolerable eran las prebendas materiales de las que disfrutaban los dirigentes estudiantiles. Según Walder y Gong: entre los trabajadores de la plaza corría el rumor de que los dos máximos dirigentes de los manifestantes estudiantiles (estaban casados) no sólo tenían la tienda de campaña más grande de todos, sino que también dormían en un colchón Simmons; que el tamaño y la calidad de las tiendas de campaña y las colchonetas se asignaban entre los dirigentes estudiantiles en función de su rango relativo; que muchos de los dirigentes estudiantiles tenían ventiladores eléctricos en sus tiendas.

Aunque estos rumores no pueden verificarse, muestran claramente que los trabajadores eran extremadamente sensibles a cualquier rastro de jerarquía y burocracia.

Al mismo tiempo, los trabajadores y los estudiantes también discrepaban sobre la estrategia. Desde el principio, los estudiantes asumieron una postura de petición al partido, tratando de convencer a los líderes del partido de que hicieran concesiones. Para ganarse la confianza del partido, los estudiantes llegaron a enarbolar durante las marchas pancartas con lemas como «Apoyamos al PCCh». En cambio, los trabajadores eran mucho más hostiles al partido y abogaban por una estrategia insurreccional. Los folletos de la WAF siempre llamaban al pueblo a levantarse y derrocar a los opresores.

Cuando en mayo surgieron desacuerdos sobre cómo tratar el movimiento entre la cúpula del PCCh, algunos estudiantes se inclinaron por cooperar con la facción «moderada» de la dirección encabezada por Zhao Ziyang, entonces secretario general del PCCh, contra la facción «dura» encabezada por Deng Xiaoping, el líder supremo de facto, y Li Peng, el primer ministro. Para los estudiantes, las luchas entre las facciones de la dirección del PCCh fueron una ventaja para el movimiento. Por eso los estudiantes se opusieron firmemente a la convocatoria de huelga general de los trabajadores, pues consideraban que esas iniciativas «instigaban el caos».

Sin embargo, para los trabajadores, la estrategia de los estudiantes no tenía ningún sentido. Veían a Zhao Ziyang como un ejemplo perfecto de burócrata dictatorial que utilizaba su poder para, durante las reformas de mercantilización, ganar millones para su familia. No veían ninguna diferencia entre las facciones moderadas y las de línea dura. La WAF argumentaba que si el movimiento buscaba la cooperación con los burócratas del partido, sólo resultaría una cosa: el movimiento acabaría siendo apropiado por los burócratas del partido para promover sus propios intereses, de forma similar a como Deng Xiaoping utilizó el Movimiento «5 de abril» de 1976 para reforzar su poder. La WAF creía que la única manera de que el movimiento tuviera éxito era construir el poder a través de la autoorganización y armarse hasta que la burocracia del partido pudiera ser derrocada. Por eso los folletos de la WAF llamaban a las masas a «asaltar la Bastilla del siglo XX», en referencia a la Revolución Francesa de 1789.

En este sentido, se podría argumentar que lo que ocurrió en 1989 no fue un movimiento, sino dos movimientos. El movimiento estudiantil y el movimiento obrero, aunque coincidieron en el tiempo y en el lugar y se relacionaron en cierto modo entre sí (como se ha mencionado anteriormente, los trabajadores fueron motivados inicialmente a participar en masa a mediados de mayo para apoyar y proteger a los estudiantes), no se convirtieron en uno solo. Entre los estudiantes y los trabajadores había poca confianza, insuficiente comunicación, casi ninguna coordinación estratégica y sólo un sentido muy débil de solidaridad mutua.

El Movimiento Democrático de Tiananmen de 1989 supuso un fuerte contraste con el Movimiento del Cuarto de Mayo de 1919, de setenta años antes. Durante el Movimiento del Cuatro de Mayo, tras una oleada inicial de protestas estudiantiles en mayo, muchos estudiantes pasaron a centrarse en la propaganda, la organización y la agitación entre los trabajadores y la población de a pie, lo que finalmente desembocó en una huelga general en Shanghai en junio, que fue fundamental para obligar al gobierno de Pekín a ceder a las demandas de los estudiantes. En la narrativa oficial del PCCh, la importancia del Movimiento del Cuatro de Mayo radica en el hecho de que los estudiantes aprendieron de la huelga general el poder que podían tener los trabajadores. Posteriormente, estos estudiantes se dedicaron a organizar a los trabajadores y a movilizar acciones laborales. Estas conexiones entre estudiantes y trabajadores proporcionaron posteriormente la infraestructura para el naciente PCCh.

Desgraciadamente, lo que hizo que 1919 fuera importante en la historia oficial del PCCh, fue exactamente lo que le faltó a 1989.

Ascenso y caída de la democracia socialista

De hecho, si queremos rastrear ejemplos de solidaridad entre estudiantes y trabajadores en China antes de 1989, no tenemos que remontarnos hasta 1919. Como muestra Joel Andreas en un libro de próxima aparición,[5] en 1966 y 1967, los primeros años de la Revolución Cultural, los vínculos forjados entre estudiantes y trabajadores fueron fundamentales para el desarrollo del movimiento rebelde. Los trabajadores visitaban las universidades para aprender cómo los estudiantes llevaban a cabo debates y se organizaban, y los estudiantes iban a las fábricas y ayudaban a los trabajadores a formar sus propias organizaciones rebeldes y a articular sus demandas.

A lo largo de los veintitrés años transcurridos entre 1966 y 1989, este sentimiento de solidaridad estudiantil-trabajadora desapareció. Para entender el por qué, hay que examinar la historia de estas dos décadas.

Mao Zedong lanzó la Revolución Cultural en 1966 porque pensaba que muchos burócratas dentro del partido (los llamados «seguidores de la vía capitalista») estaban tan infectados por el burocratismo que intentaban de facto instituir una forma de capitalismo burocrático. Mediante la movilización de los movimientos de masas desde abajo, Mao esperaba erradicar a los «seguidores de la vía capitalista» y, al mismo tiempo, concentrar el poder. Como sostiene Andreas, Mao creía que el objetivo de los movimientos de masas era «reformar el partido, no derrocarlo». Lo que era problemático para Mao no era el aparato del partido en sí, sino ciertos cuadros dentro del partido. Por lo tanto, el partido volvería a funcionar con normalidad una vez que se extirparan, como un tumor, a los de » la vía capitalista». Por eso Mao afirmó repetidamente que la mayoría de los cuadros del partido eran buenos y los de » la vía capitalista» eran una minoría.

Pero lo que Mao no previó fue que una vez que llamó a las masas a «educarse» y «liberarse», los movimientos de masas rebeldes crecerían y se radicalizarían fuera de su control, trascendiendo los límites impuestos por su programa. Mao había pretendido abrir sólo una pequeña grieta para las masas, pero esta grieta se ensanchó inesperadamente, desatando un impulso radical masivo entre los trabajadores y los estudiantes que, durante un tiempo, pareció estar en camino de derribar toda la fachada.

Como muestra Wu Yiching,[6] justo después de que Mao pidiera a los trabajadores que se autoorganizaran a finales de 1966, los trabajadores contratados e informales –que eran «ciudadanos de segunda clase» en las fábricas urbanas– empezaron a formar sus propias organizaciones. Estas organizaciones no tenían como objetivo a los de  «la vía capitalista», como pretendía Mao, sino que atacaban el injusto y discriminatorio sistema laboral de dos niveles de China. Estos movimientos fueron atacados como «economicistas» y desmovilizados por Mao y otros líderes de la Revolución Cultural.

Después de que se estableciera la Comuna Popular de Shanghai (SPC, en inglés) en enero de 1967, que Mao aclamó como un ejemplo inspirador de la toma del poder por parte de las masas a los cuadros del partido, algunas organizaciones radicales de trabajadores rebeldes desarrollaron una comprensión muy distinta de la SPC. Para estos trabajadores radicales, los «Comités Revolucionarios» establecidos en nombre de la «toma del poder de las masas» estaban en realidad controlados por los militares y servían de instrumento para que Mao y el partido reprimieran el movimiento rebelde y restauraran el statu quo. Estas organizaciones radicales esperaban establecer un auténtico sistema de autogestión obrera similar al de la Comuna de París, y mantuvieron una lucha armada con los «Comités Revolucionarios» durante meses.

Al mismo tiempo, muchos obreros y estudiantes ampliaron y profundizaron la crítica de Mao al burocratismo y a los de «la vía capitalista», llegando a conclusiones políticas mucho más radicales y profundas que las de Mao. Para estos trabajadores y estudiantes, las observaciones de Mao sobre el burocratismo eran astutas, pero su diagnóstico era erróneo. El burocratismo no era un resultado de los burócratas individuales, sino del régimen dictatorial de partido único, que era inherentemente capitalista. Para estos trabajadores, la única manera de abolir el burocratismo era abolir el régimen de partido único y en su lugar establecer el autocontrol de los trabajadores. Estos argumentos fueron expuestos con mayor detalle por una organización obrera radical llamada Alianza de Revolucionarios Proletarios en la provincia de Hunan. Estos ideales transmitían una concepción de la democracia socialista similar a la del propio Marx.

Mao y otros dirigentes de la Revolución Cultural se sintieron profundamente perturbados por estos movimientos, que trascendieron la propia agenda de Mao, desafiando claramente la autoridad de los dirigentes y reclamando un cambio sistemático y una democracia socialista institucionalizada. A partir de 1968, Mao pidió a los militares que intervinieran en masa, lanzando una dramática ola de represión contra los trabajadores rebeldes. Según los cálculos de Andrew G. Walder,[7] la abrumadora mayoría de las víctimas durante la Revolución Cultural fueron provocadas por el PCCh y los militares que reprimieron a los trabajadores rebeldes después de 1968. Esta sigue siendo hasta hoy la represión estatal más sangrienta y masiva de la historia de la República Popular China. En algunas ciudades, las organizaciones obreras rebeldes libraron guerras civiles con los militares y fueron brutalmente reprimidas. Mientras tanto, Mao y la dirección del partido lanzaron ataques contra los trabajadores y su articulada visión democrática socialista, acusándola de anarquista y trotskista.

Reprimiendo a los rebeldes

Al final, el movimiento de masas iniciado por el propio Mao evolucionó de forma independiente hasta convertirse en un movimiento socialista democrático, que amenazó a Mao y fue posteriormente reprimido por él. En palabras de Wu Yiching, la Revolución Cultural devoró a sus propios hijos. La represión entre 1968 y 1971 tuvo un profundo impacto. Por un lado, los segmentos de trabajadores rebeldes más militantes, radicales y organizados fueron diezmados físicamente. Por otro lado, el giro completo de Mao dejó a muchos trabajadores y estudiantes desilusionados; se sintieron traicionados por Mao y creyeron que otros líderes de la Revolución Cultural, como Jiang Qing (la esposa de Mao) y Chen Boda, habían utilizado y manipulado de forma oportunista el movimiento de masas para su ascenso al poder.

En 1974, la campaña «Criticar a Lin Biao, criticar a Confucio» proporcionó inesperadamente una plataforma para que los descontentos expresaran su frustración con la ola de represión de 1968-1971. Esta torpe campaña de arriba abajo, que tenía como objetivo a dos individuos completamente ajenos, fue lanzada por los líderes de la Revolución Cultural para apoyar su lucha de facciones dentro del partido. Pero los trabajadores rebeldes tenían una fuente de resentimiento totalmente diferente hacia Lin Biao, el heredero aparente de Mao, antes de morir tras un intento fallido de golpe de Estado en 1971. En 1968-1971, como líder del ejército, Lin desempeñó un papel importante en la represión de los rebeldes. Por ello, muchos rebeldes participaron en la campaña «Criticar a Lin Biao, criticar a Confucio», utilizando a Lin como blanco para criticar el periodo de represión y pedir el regreso del movimiento desobediente de masas de 1966-1967. En esta línea, las críticas más argumentadas e influyentes se hicieron en una serie de carteles de grandes caracteres publicados bajo el nombre de «Li-Yi-Zhe», que hacían referencia a tres coautores que participaron activamente en el rebeliones obreras de 1966-1967 y que posteriormente fueron castigados con dureza.

Para decepción de los rebeldes, el llamamiento de Li-Yi-Zhe no fue bien recibido por Mao, y otros líderes de la Revolución Cultural que pidieron la prohibición de los carteles. El descontento de los rebeldes con Mao y los líderes de la Revolución Cultural condujo al Movimiento del 5 de Abril en 1976. Durante este movimiento, decenas de miles de personas se reunieron en la plaza de Tiananmen, aparentemente lamentando la reciente muerte del primer ministro Zhou Enlai, pero en realidad expresando su descontento con los líderes de la Revolución Cultural. Lemas y pancartas como «Abajo la emperatriz viuda Ci Xi» y «Abajo Indira Gandhi» aparecieron por todas partes de la plaza, todos ellos en referencia a Jiang Qing. Además, también aparecieron lemas como «Abajo el primer emperador de la dinastía Qin», en referencia al propio Mao.

El Movimiento 5 de Abril de 1976 avivó el descontento generalizado contra Mao y los líderes de la Revolución Cultural. Este sentimiento popular proporcionó apoyo a parte de la dirección del partido para despojar, ese mismo año, del poder a los líderes de la Revolución Cultural en un golpe de palacio tras la muerte de Mao. A su vez, la caída de los líderes de la Revolución Cultural encendió la esperanza y el optimismo entre los rebeldes reprimidos. Tenían la esperanza de que el partido pudiera enmendar los errores cometidos durante la represión de 1968-1971 y abrir de nuevo el espacio para los movimientos de masas. Al mismo tiempo, entre 1976 y 1978, las esperanzas de los rebeldes se vieron infladas por Deng Xiaoping, que se enzarzó en feroces luchas de facciones con otros líderes del partido y expresó algunas opiniones prodemocráticas para consolidar su apoyo popular.

El optimismo de los rebeldes culminó en el movimiento Muro de la Democracia de 1979. Como señala Meisner, la mayoría de los participantes en este movimiento no eran intelectuales, sino rebeldes activos en 1966-1967 y posteriormente reprimidos. Formaron organizaciones políticas, organizaron debates públicos, distribuyeron sus propias publicaciones y pegaron carteles con grandes caracteres. La influencia del movimiento se extendió rápidamente desde Pekín a otras grandes ciudades. El discurso del movimiento revivió la visión democrática socialista articulada por primera vez en 1966-1967, y centró las críticas en el régimen de partido único, que los contestarios consideraban la fuente del burocratismo. Para los participantes, el movimiento Muro de la Democracia de 1979 continuó donde lo dejó el movimiento rebelde de la Revolución Cultural. Fue el segundo movimiento democrático socialista, tras el primero de 1966-1967.

Igual que el movimiento de 1966-1967 aterrorizó a Mao, el movimiento Muro de la Democracia de 1979 aterrorizó a Deng. De manera similar a Mao, Deng acusó a los participantes en el movimiento de 1979 de ser «anarquistas» y lanzó una dura represión. Esta ola de represión aumentó la desilusión política entre las masas. A partir de entonces, el discurso democrático socialista desapareció casi por completo de la opinión pública. Esto también significó la marginación de la política de clase en su conjunto –después de todo, el discurso democrático socialista se basaba en la política de clase.

Este cambio fundamental era totalmente coherente con la promoción al por mayor del pragmatismo político de Deng y el abandono del discurso de la lucha de clases. A medida que se silenciaba a los activistas socialistas democráticos, la mayoría de los cuales eran trabajadores, el debate político público fue monopolizado cada vez más por intelectuales y estudiantes universitarios de mentalidad liberal, y la discusión sobre la democracia se desclasificó cada vez más y se enmarcó en un contexto liberal. A finales de la década de 1980, ambos bandos del debate «democracia o autoritarismo» reconocieron la legitimidad de las reformas hacia una economía de mercado y no tuvieron en cuenta sus efectos sobre los trabajadores. La investigación de Anita Chan[8] muestra que «si se revisan cuidadosamente los escritos de los intelectuales chinos de todas las tendencias (a finales de los años 80), es difícil encontrar alguna mención a las reivindicaciones de la clase trabajadora».

Muchos comentaristas han idealizado la década de 1980 en China como una década de libertad, esperanza, pluralismo e idealismo. Sin embargo, una evaluación equilibrada de la década requiere considerar no sólo lo que estuvo presente durante la misma, sino también lo que estuvo ausente. Gran parte de lo que esos comentaristas adoran de la década –la floreciente influencia del liberalismo occidental, el aumento de la libertad de expresión y la vitalidad de los grupos intelectuales– fue acompañada por la retirada de la clase obrera de la política y el desvanecimiento de los ideales democráticos socialistas, resultado de la represión del movimiento Muro de la Democracia de 1979. En cierto sentido, la «libertad» de la China de los años 80 nació a la sombra de la represión.

Cualquier debate sobre la «libertad» tiene que enfrentarse a la pregunta: ¿libertad para quién? Los beneficios de la liberalización política en la China de los años ochenta –que van desde el espacio disponible a una gama más amplia de opiniones políticas, hasta la pluralización de la vida intelectual, pasando por la diversificación de los estilos de vida– fueron cosechados casi exclusivamente por los intelectuales y los estudiantes universitarios. Para consolidar el apoyo y ganar legitimidad para la reforma económica, Deng mejoró enormemente el bienestar material y el estatus social de los intelectuales, e hizo que el sistema de educación superior fuera mucho más elitista.[9] En consecuencia, la participación de los intelectuales y estudiantes en el debate político contribuyó a reforzar su autoidentidad elitista. El documental chino River Elegy, muy influyente y muy visto a finales de la década de 1980, ejemplificaba perfectamente ese elitismo liberal.

Mientras tanto, ¿de qué tipo de «libertad» disfrutaba la clase obrera urbana? Lo que más afectó a la vida de los trabajadores urbanos durante la década de 1980 no fue probablemente la liberalización de los precios, sino la sustancial expansión del poder de los directivos sobre el funcionamiento de las fábricas estatales a costa de los trabajadores. Los directivos obtuvieron un poder casi sin oposición para asignar los medios de producción a su antojo, lo que dio lugar a un dominio unipersonal muy reforzado en los centros de trabajo urbanos y a una propiedad privada de facto.

Al desactivarse los congresos obreros, los trabajadores perdieron su limitado poder de decisión en las fábricas y experimentaron directamente la «dictadura burocrática» en el punto de producción. Al sentirse los trabajadores oprimidos, maltratados, despojados de su dignidad y enfrentados a crecientes desigualdades de poder, los directivos no tuvieron más remedio que recurrir a los incentivos materiales y a las primas para lograr la disciplina laboral. El aumento del nivel de vida de los trabajadores a mediados de la década de 1980 fue, pues, el resultado del debilitamiento sistemático de su poder en el lugar de trabajo. Y a finales de los años 80, a medida que las ganancias materiales de los trabajadores eran devoradas por la inflación, su descontento aumentaba.

Toda la década de los ochenta fue testigo de una brecha cada vez mayor entre los intelectuales y los estudiantes universitarios, por un lado, y los trabajadores, por otro. Lo que produjo esta brecha fue la represión de los dos movimientos democráticos socialistas –el primero bajo Mao Zedong, el segundo bajo Deng Xiaoping– y el consiguiente retiro del discurso de clase de la política. En 1989, los agravios acumulados por los trabajadores se tradujeron finalmente en acciones a gran escala, ya que los trabajadores redescubrieron el discurso democrático socialista que había aparecido en 1966 y 1979. Pero la creciente brecha entre estudiantes y trabajadores hizo que los estudiantes no entendieran ni se preocuparan por los ideales democráticos socialistas de los trabajadores.

A partir de 1989

En los años 90, la divergencia entre los intelectuales y la clase obrera se amplió. La diferencia en los enfoques que el partido adoptó hacia los estudiantes y los trabajadores fue evidente inmediatamente después de 1989: se dejó ir a los estudiantes, excepto a unos pocos líderes, mientras que los trabajadores fueron perseguidos violentamente a una escala mucho mayor. Esta diferencia siguió siendo pronunciada durante la década de 1990.

La drástica aceleración de las reformas de mercantilización en la década de 1990, proporcionó amplias oportunidades económicas a los estudiantes universitarios que se graduaron a finales de la década de 1980 y principios de la de 1990 en las mejores universidades. Algunos observadores chinos han señalado que, gracias a la ola de la mercantilización, muchos de los estudiantes participantes en el movimiento de 1989 se transformaron en la nueva clase media urbana que desarrolló un gran interés en apoyar al régimen del PCCh. En cierto sentido, las reformas económicas de la década de 1990 fueron una forma de que el PCCh absorbiera y cooptara a la generación de estudiantes universitarios que participaron en 1989. He hablado con docenas de personas que estudiaron en las principales universidades de Pekín a finales de los años 80, y casi todos participaron en el movimiento. Hoy, como residentes de clase media de Pekín, creen que «la estabilidad política lo supera todo». Consideran que su participación en 1989 fue ingenua y manipulada.

Mientras que las reformas económicas de la década de 1990 beneficiaron en gran medida a los intelectuales y estudiantes, destruyeron casi por completo a la clase trabajadora urbana. Al reestructurar, reducir y privatizar la mayoría de las empresas estatales, los trabajadores perdieron sus puestos de trabajo o se enfrentaron a condiciones laborales mucho peores y a escasas prestaciones y protecciones. Los estudiosos han atribuido generalmente esta oleada de reestructuración industrial a factores económicos, pero si tenemos en cuenta 1989, las consideraciones políticas también parecen desempeñar un papel. El poder y el radicalismo de los trabajadores urbanos, tal y como se manifestó en 1989, alarmaron a los dirigentes del partido y les hicieron decidirse a derribar la clase obrera urbana.

Los destinos opuestos de los intelectuales que se transformaron en la nueva clase media de China y la clase trabajadora urbana han seguido siendo una característica básica de la sociedad china posterior a 1989. Y sigue existiendo hoy en día. Esta estrategia de clase de «divide y vencerás», es uno de los legados más importantes de 1989, y sigue siendo crucial para sostener el régimen del PCCh.

Yueran Zhangon
Junio 2021
https://lausan.hk/2021/repressing-rebel-workers-of-tiananmen-square/

Traducción de π


[1] La Reforma Económica China (Găigé kāifàng, literalmente Reforma y Apertura) se refiere al programa de reformas económicas llamado «socialismo con características chinas», que fué iniciado el 18 de diciembre de 1978 por los reformistas dentro del Partido Comunista de China (PCCh) dirigidos por Deng Xiaoping. La meta de la reforma económica china era transformar a la economía planificada de China en una economía socialista de mercado. N del T.

[2] http://www.tsquare.tv/links/Walder.html

[3] https://www.simonandschuster.com/books/Maos-China-and-After/Maurice-Meisner/9780684856353

[4] https://www.press.uchicago.edu/ucp/books/book/chicago/P/bo3641295.html

[5] https://global.oup.com/academic/product/disenfranchised-9780190052607?cc=us&lang=en&

[6] http://www.hup.harvard.edu/catalog.php?isbn=9780674728790

[7] https://is.gd/droDFQ

[8] https://is.gd/7QYoqS

[9] https://www.sup.org/books/title/?id=16889