Notas sobre Ucrania

Al escribir estas notas a principios de marzo de 2022, la guerra civil acotada de ocho años en
Ucrania se ha convertido en una guerra a gran escala. Esto representa un punto de inflexión en la Nueva Guerra Fría y una gran tragedia humana. Al amenazar con un holocausto nuclear global, estos acontecimientos también ponen ahora en peligro al mundo entero. Para entender los orígenes de la Nueva Guerra Fría y el inicio de la actual entrada rusa en la guerra civil ucraniana, es necesario remontarse a las decisiones asociadas a la creación del Nuevo Orden Mundial tomadas en Washington cuando la anterior Guerra Fría terminó en 1991. A los pocos meses, Paul Wolfowitz, entonces subsecretario de políticas de defensa de la administración de George H. W. Bush, emitió una Guía de Políticas de Defensa en la que afirmaba: «Nuestra política [tras la caída de la Unión Soviética] debe volver a centrarse en impedir la aparición de cualquier posible competidor global futuro». Wolfowitz subrayó que «Rusia seguirá siendo la potencia militar más fuerte de Eurasia». Por lo que era necesario realizar esfuerzos extraordinarios para debilitar la posición geopolítica de Rusia de forma permanente e irrevocable, antes de que estuviera en condiciones de recuperarse, incorporando a la órbita estratégica de Occidente a todos los Estados que ahora la rodean y que antes habían formado parte de la Unión Soviética o habían caído dentro de su esfera de influencia («Excerpts from Pentagon’s Plan: ‘Preventing the Re-Emergence of a New Rival'», New York Times, 8 de marzo de 1992).

La Orientación de Políticas de Defensa de Wolfowitz fue adoptada por Washington y por todos los principales planificadores estratégicos de Estados Unidos, cuyos puntos de vista en ese momento se remontaban cada vez más a las doctrinas geopolíticas clásicas introducidas por Halford Mackinder en la Gran Bretaña imperial antes de la Primera  Guerra Mundial, y que fueron desarrolladas por Karl Haushofer en la Alemania nazi y Nicholas John Spykman en Estados Unidos durante los años 30 y 40. Fue Mackinder quien, en 1904, introdujo la noción de que el control geopolítico del mundo dependía del dominio de Eurasia (la principal masa de tierra de los continentes europeo y asiático), a la que se refería como el Territorio Patrio. El resto de Asia y África, junto con el Territorio Patrio, constituían la Isla del Mundo. De ahí surgió su tan citada sentencia:

Quien gobierna Europa del Este manda en el Territorio Patrio:
Quien gobierna el Territorio Patrio manda en la Isla del Mundo:
Quien gobierna la Isla del Mundo manda en el Mundo.

Esta doctrina geopolítica tuvo desde el principio como objetivo el dominio del mundo y ha regido la estrategia imperial de las principales naciones capitalistas desde entonces, en forma de lo que comúnmente se denomina como «gran estrategia». Pero mientras ésta dictaba el pensamiento de figuras de la seguridad nacional estadounidense como Henry Kissinger y Zbigniew Brzezinski, la geopolítica fue durante mucho tiempo minimizada en la esfera pública debido a la identificación popular de la misma con las doctrinas de la Alemania nazi. No obstante, con la desaparición de la Unión Soviética y el crecimiento de Estados Unidos como potencia unipolar, la geopolítica y la doctrina del Territorio Patrio volvieron a ser reivindicadas abiertamente por los planificadores estratégicos estadounidenses, generando una nueva gran estrategia imperial posterior a la Guerra Fría (John Bellamy Foster, «The New Geopolitics of Empire», Monthly Review 57, nº 8 [enero de 2006]).

El arquitecto más importante de esta nueva estrategia imperial fue Brzezinski, que antes, como asesor de seguridad nacional de Jimmy Carter, había tendido la trampa a los soviéticos en Afganistán. Fue bajo la dirección de Brzezinski, siguiendo una directiva secreta firmada por Carter en julio de 1979, que la CIA, trabajando junto con el arco del Islam político que se extiende desde el Pakistán de Muhammad Zia-ul Haq hasta la realeza saudí, reclutó, armó y entrenó a los muyahidines en Afganistán. El aumento de los muyahidines y de varios grupos terroristas en Afganistán por parte de la CIA precipitó la intervención soviética, lo que condujo a una guerra interminable que contribuyó a la desestabilización de la propia Unión Soviética. A las preguntas sobre si se arrepentía de haber establecido el arco del terrorismo que conduciría al 11-S y a otros acontecimientos, Brzezinski (que posó en fotos con combatientes muyahidines) respondió simplemente diciendo que la destrucción de la Unión Soviética merecía la pena (Natylie Baldwin, «Brzezinski’s Mad Imperial Strategy», Natylie’s Place, 13 de agosto de 2014; Ted Snider, «Living with Brzezinski’s Mess», Antiwar. com, 26 de agosto de 2021; «Brzezinski’s Prophecy About Ukraine», Teller Report, 15 de febrero de 2022).

Brzezinski siguió siendo un asesor clave de las posteriores administraciones estadounidenses, pero no tuvo un papel oficial destacado, dada su reputación de halcón y la opinión extremadamente negativa que se tenía de él en Rusia, que a principios de los años noventa, bajo el mandato de Boris Yeltsin, mantenía una estrecha relación, a modo de marioneta, con Washington. No obstante, más que ningún otro pensador estratégico estadounidense, fue Brzezinski quien articuló la gran estrategia de Estados Unidos sobre Rusia que fue promulgada durante tres décadas por las sucesivas administraciones estadounidenses.

Las guerras de la OTAN que desmembraron Yugoslavia en los años 90 coincidieron con el inicio de la expansión de la OTAN hacia el este. Washington había prometido al Kremlin de Mijaíl Gorbachov, en el momento de la reunificación alemana, que la OTAN no se expandiría «ni un centímetro» hacia el Este, a los países del antiguo Pacto de Varsovia. No obstante, en octubre de 1996, Bill Clinton, durante su campaña para la reelección, indicó que estaba a favor de la expansión de la OTAN hacia la antigua esfera soviética y al año siguiente se puso en marcha una política seguida por todas las administraciones estadounidenses posteriores. Poco después, en 1997, Brzezinski publicó su libro El Gran Tablero de Ajedrez: La Primacía Estadounidense y sus Imperativos Geoestratégicos, en el que declaraba que Estados Unidos se encontraba en una posición «por primera vez [para] una potencia no euroasiática» de convertirse en «el árbitro clave de las relaciones de poder euroasiáticas», al tiempo que constituía «la potencia suprema del mundo». De este modo, Estados Unidos se convertiría en el «primer» y el «último» imperio global (Brzezinski, Grand Chessboard [Basic Books, 1997], xiii, 209; Diana Johnstone, Fool’s Crusade [Monthly  Review Press, 2002]; «NATO Expansion: What Gorbachev Heard», National Security Archive, George Washington University; «President W. J. Clinton to the People of Detroit», United States Information Agency, 22 de octubre de 1996).

Para que la Alianza Atlántica, bajo el liderazgo de Estados Unidos, pudiera dominar Eurasia, primero era necesario que obtuviera la primacía sobre lo que Brzezinski denominó «el agujero negro» dejado por la salida de la Unión Soviética de la escena mundial. Esto significaba tratar de disminuir a Rusia hasta el punto de que ya no pudiera reclamar el estatus de gran potencia. El «pivote geopolítico» clave sobre el que giraba esto, insistió Brzezinski, era Ucrania. Sin Ucrania, Rusia estaba irremediablemente debilitada, mientras que una Ucrania incorporada a la OTAN supondría un puñal en el corazón de Moscú. Empero, cualquier intento de poner a Ucrania en contra de Rusia, advirtió, sería visto como una gran amenaza para la seguridad, una línea roja, por la propia Rusia. Esto requería entonces la «ampliación de la OTAN», extendiéndola hasta Ucrania, desplazando las armas estratégicas hacia el Este, con el objetivo de obtener finalmente el control de la propia Ucrania. La puesta en práctica de esta gran estrategia también haría que Europa, especialmente Alemania, dependiera más de Estados Unidos, socavando la independencia de la Unión Europea (Brzezinski, Grand Chessboard, 41, 87-92, 113, 121-22, 200).

Por supuesto, el gran juego tenía sus riesgos. Aunque Estados Unidos, argumentaba Brzezinski, debería apoyar la expansión de la OTAN hasta el este de la antigua Unión Soviética, penetrando en Ucrania, con la que Rusia compartía una frontera de casi 2.000 kilómetros, señaló que, si esto tenía éxito, obligaría inevitablemente a Rusia a echarse en brazos de China. China y Rusia podrían formar un «bloque antihegemónico» opuesto a Estados Unidos, que posiblemente incluiría también a Irán. El resultado sería una situación geopolítica parecida a la de los inicios de la Guerra Fría en la época del bloque sino-soviético, aunque esta vez con una Rusia mucho más débil y una China mucho más fuerte. La respuesta a esto, en la mente de Brzezinski, era presionar a China a través de Taiwán y Hong Kong, y también en la península de Corea, y mediante la promoción de una alianza ampliada centrada en Japón y Australia. Esto colocaría a Estados Unidos en una posición favorable para combatir tanto a China como a Rusia.

Sin embargo, en todo esto, según la doctrina Brzezinski, la clave para el jaque mate a Rusia, y el eslabón débil con el que Washington podría obtener el dominio de Eurasia, seguía siendo Ucrania. El dominio completo de Ucrania por parte de Estados Unidos y la OTAN era una amenaza de muerte virtual para Rusia, que posiblemente incluso apuntaba, bajo mayor presión, a su propia ruptura en estados menores. Entonces, China también se vería desestabilizada desde su lejano oeste (Brzezinski, Grand Chessboard, 103, 116-17, 164-70, 188-90).

La relación de la estrategia del «gran tablero de ajedrez» de Brzezinski con las acciones realmente emprendidas por Washington en las últimas tres décadas debería ser obvia. Desde la caída del Muro de Berlín en 1989, la OTAN ha absorbido quince países, todos ellos al Este, que antes formaban parte del Pacto de Varsovia o eran regiones de la Unión Soviética. Al este, a lo largo de las fronteras de Rusia, Bielorrusia y Ucrania, la OTAN ha experimentado un importante despliegue militar. Actualmente tiene presencia aérea en Estonia, Lituania y Rumanía. Las tropas estadounidenses y las multinacionales de la OTAN están concentradas en Estonia, Lituania, Letonia, Polonia y Rumanía. Las instalaciones de defensa antimisiles de la OTAN están situadas en Polonia y Rumania. El objetivo de todas estas instalaciones militares avanzadas (por no mencionar las de Europa Central y Occidental) es Rusia («Here’s Where Alliance Forces Are Deployed Across Eastern Europe», CNN, 10 de febrero de 2022; «Why Russia Wanted Security Guarantees from the West», Strategic Culture Foundation, 27 de febrero de 2022).

En 2014, Washington ayudó a diseñar un golpe de Estado en Ucrania para derrocar al presidente democráticamente elegido Víctor Yanukóvich. Yanukóvich había sido amigo de Occidente. Pero ante las condiciones financieras impuestas por el Fondo Monetario Internacional, su gobierno recurrió a Rusia en busca de ayuda económica, lo que enfureció a Occidente. Esto condujo al golpe de Estado del Maidán, sólo unos meses después, y el nuevo líder ucraniano fue elegido a dedo por Estados Unidos. El golpe fue llevado a cabo en parte por fuerzas neonazis, que tienen raíces históricas en las tropas fascistas ucranianas que ayudaron en la invasión nazi de la Unión Soviética. En la actualidad, estas fuerzas se concentran en el Batallón Azov, que ahora forma parte del ejército ucraniano apoyado por Estados Unidos. El dominio de Ucrania por parte de las fuerzas ultranacionalistas ucranianas de derechas y de los grupos rusófobos como resultado del golpe de estado provocó rebeliones en la región oriental del país, Donbass, y una brutal represión, con más de cuarenta personas quemadas vivas en el edificio público del sindicato de Odessa, al que habían huido, a manos de las fuerzas de derechas (Bryce Green, «What You Should Really Know About Ukraine», FAIR, 24 de febrero de 2022; David Levine, «Council of Europe Report on Far-Right Massacre in Odessa», Word Socialist Web Site, 19 de enero de 2016).

Tras el golpe, Crimea, de habla predominantemente rusa, decidió fusionarse con Rusia mediante un referéndum en el que también se dio a los habitantes de Crimea la opción de seguir adelante como parte de Ucrania. Mientras tanto, la región de Donbás, de mayoría rusófona, en el este del país, se separó de Ucrania, en respuesta a la violenta represión contra los rusos étnicos que había desatado el nuevo gobierno de derechas. Esto dio lugar a la formación de dos repúblicas populares, Luhansk y Donetsk, en el contexto de la guerra civil ucraniana. Luhansk y Donetsk recibieron el respaldo militar de Rusia, mientras que Ucrania (Kiev) recibió un apoyo militar occidental cada vez mayor, iniciando de hecho el proceso de largo alcance de incorporación de Ucrania a la OTAN (Arina Tsukanova, «So Who Annexed the Crimean Peninsula Then», Strategic Culture Foundation, 28 de marzo de 2017; «What Donetsk and Lugansk People’s Republics Are», Strategic Culture Foundation, 28 de febrero de 2022).

En la guerra de Ucrania contra la población rusoparlante de las repúblicas escindidas de Donbass, murieron unas 14.000 personas y se desplazaron 2,5 millones de personas, la mayoría de las cuales se refugiaron en Rusia. El conflicto inicial terminó con la firma en 2014-15 de los Acuerdos de Minsk por parte de Francia, Alemania, Rusia y Ucrania, y refrendados por el Consejo de Seguridad de la ONU. Según estos acuerdos, Donetsk y Luhansk debían recibir el derecho al autogobierno, aunque permaneciendo en Ucrania. No obstante, el conflicto militar continuó y acabó intensificándose de nuevo. En febrero de 2022, había 130.000 soldados ucranianos asediando y disparando contra Luhansk y Donetsk, rompiendo de hecho los Acuerdos de Minsk (Abdul Rahman, «What Are the Minsk Agreements-And What Are Their Role in the Russia-Ukraine Crisis», 22 de febrero de 2022; «Who Is Firing at Whom And Who Is Lying About It?», Moon of Alabama, 20 de febrero de 2022).

Rusia insistió en la adhesión a los Acuerdos de Minsk junto con la exigencia de que Ucrania no se incorpore a la OTAN y que cese la rápida acumulación militar respaldada por Estados Unidos en Ucrania dirigida contra las repúblicas del Donbás. Vladimir Putin declaró que todas estas  exigencias eran «líneas rojas» para la seguridad de Rusia, que si se cruzaban obligarían a Moscú a responder. Cuando Ucrania y la OTAN, dominada por Estados Unidos, siguieron cruzando las líneas rojas, Rusia intervino masivamente en la actual guerra civil de Ucrania en alianza con Donetsk y Luhansk.

La guerra es un crimen contra la humanidad y hoy la guerra entre las grandes potencias amenaza con la aniquilación total. La única respuesta es dar una oportunidad a la paz, lo que requiere encontrar una solución que garantice la seguridad de todas las partes de la guerra civil en Ucrania, así como de Rusia. A más largo plazo, debemos reconocer que la guerra es endémica del capitalismo, y tanto Rusia como las potencias de la OTAN son capitalistas. Sólo un retorno a la vía socialista tanto en Ucrania como en Rusia puede ofrecer una solución duradera.

Notas de los Editores del no. de abril 2022 de Monthly Review. -Eds.
https://monthlyreview.org/2022/04/01/mr-073-11-2022-04_0/