No es cosa de ínsulas, sino de encrucijadas

Recibimiento de Sancho en la ínsula Barataria; Diego de Obregón (1658-1699)

“Esta aventura y las a esta semejantes
no son aventuras de ínsulas, sino de encrucijadas”
(El Quijote, cap. X)

Es sorprendente que en las historias y panoramas universales de la literatura utópica apenas se mencionen utopías escritas en las lenguas habladas en la península ibérica (a las que, para abreviar, llamaremos lenguas ibéricas, entre las cuales, el castellano y el portugués principalmente). En The Cambridge Companion to Utopian Literature no hay la menor mención a ellas. En la pionera The Story of Utopias, Lewis Mumford aporta, como única mención a la contribución hispana, la condición portuguesa de Hithloday, el viajero que llega a la isla de Moro. El “Atlas de las utopías” de Le Monde se limita a dejar caer los meros nombres de Ricardo Mella y Anselmo Lorenzo, sin aportar más detalles. Los tres volúmenes de El pensamiento utópico en el mundo occidental, de Frank E. Manuel y Fritzie P. Manuel se consideran “la obra definitiva en el análisis sistemático del pensamiento utópico”; pero en las 1.700 entradas de su índice onomástico apenas hay lugar para 6 ó 7 autores ibéricos aunque, ya en el texto, éstos se consideren meros “prefiguradores de las futuras utopías propiamente dichas”. En la península no ha habido, para estos autores, sino una sola auténtica utopía, Sinapia (siglo XVIII) y un “cierto afecto utópico por el Quijote”. La ínsula Barataria, gobernada por Sancho Panza, merece toda una línea y media en el capítulo sobre los “Modos utópicos menores”, despreciándose como otra más entre esas “utopías alimenticias del hombre corriente”, que no pasan de ser “vulgares y a veces obscenas”. Los ejemplos podrían multiplicarse. Ciertamente, en los últimos años están proliferando en España estudios que sacan a luz numerosas utopías ignoradas o desconocidas. Pese a lo cual, nuestros ilustrados patrios se han venido sumando al coro de desprecio y/o ignorancia que entonan los estudios habituales.

La sorpresa ante tanta ignorancia o desatención aumenta cuando en esta península concurren una serie de circunstancias que parecerían apuntar en sentido contrario: a) es en la lengua castellana donde emerge esa figura utópica por excelencia en la literatura universal que es Don Quijote, obra en la que -según Ernst Bloch- “la figura rectora es por doquier la utopía: una utopía ecuestre”; b) son españoles y portugueses quienes, en sus crónicas y narraciones, descubren a Europa un Nuevo Mundo sobre el que los europeos proyectarán las ensoñaciones utópicas del viejo continente, incluidas las del propio Tomás Moro; c) es en la península ibérica donde en esos mismos años surge esa eclosión literaria que se conoce como Siglo de Oro (Miguel de Cervantes, Lope de Vega, Baltasar Gracián…), eclosión que supondrá una revolución en las formas y géneros literarios que venían cultivándose en Europa… ¿Cómo es posible que, en circunstancias tan propicias, ninguno de estos gigantes de la literatura emprendiera siquiera la redacción de una simple utopía, según lo que, desde Moro, se entiende por tal?

Mi hipótesis es que se ha tomado como modelo de toda utopía posible la obra de Moro, cuyo título –Utopía– pasa a constituirse en nombre y modelo de todo un género literario y de toda una categoría de ensayos de cambio social radical. Sin embrago, ese modelo excluye mucho más de lo que incluye. Al catalizar de modo casi paradigmático todos los rasgos de lo que habría de ser la Modernidad europea, excluye de facto cualquier otra forma de imaginación radical cuya prefiguración de otros mundos posibles no sea deudora de esa particular modernidad que es la centroeuropea y británica. Como bien señala Ricoeur, no hay utopía en sí; toda utopía lo es siempre para alguien, para ciertos grupos sociales.

No sólo es un contrasentido epistemológico que una obra tan determinada social, cultural, histórica, e incluso individualmente se adopte como modelo de toda utopía posible, para cualquier estrato social, cualquier tipo humano, cualquier configuración cultural del planeta, y cualquier momento de la historia. Es que, además, esa tan concreta particularidad deja fuera de foco todo un abanico de modos de ensoñar y prefigurar otros mundos y sociedades posibles. En particular, deja fuera de foco el modo de hacerlo las gentes que se han venido expresando en las lenguas de la península ibérica (prolongadas, a su vez, en el Nuevo Mundo).

Vista de la abadía de Thélème; Charles Lenormant (1840)
Utopía, el Paraíso en diferido

Las utopías que se han catalogado como tales, al modo de Moro, describen sociedades cerradas y perfectamente acabadas, islas -como Descartes decía que debían ser la ideas (claires et distinctes). A este tajante corte espacial, social y cognitivo (sociedades-islas, ideas-islas), la modernidad occidental añade otro corte, ahora temporal, no menos tajante. Así como las ideas se alojan en una habitación vacía o se escriben en una mente que es como una página en blanco o una tabula rasa (Locke), así también tanto la razón como el nuevo mundo utópico deben hacer tabula rasa de todo lo anterior (historia, tradiciones, cultura popular y rural medieval…) y proyectarse no solo fuera del espacio (u-topos: no hay tal lugar), sino también fuera del tiempo: es insólito que las utopías canónicas no consideren nunca sus orígenes, ni su evolución en el tiempo, ni su disolución o destrucción. Una excepción es la inclasificable abadía de Théleme, aunque, desde Bajtin, se la considera más una utopía grotesca o una anti-utopía, que una utopía propiamente dicha. La Abadía no solo hace burla del gubernamentalismo (su lema es “¡Haz lo quieras!”) y del racionalismo típicos de las utopías que entonces empezaban a ver la luz (Moro, Campanella, Bacon…), sino que tampoco quiere saber nada de muros, ni se aísla por entero del tiempo de la historia que Rabelais está narrando. Salvo casos excepcionales como éste, parece que la utopía europea, modelada al estilo moreano, tiene una especial predisposición a constituirse en burbuja que, como las ideas plátónicas, flota en un mundo ideal, fuera del tiempo y el espacio.

No es casual que Utopía sea una isla y que la realización del mundo ideal que propone Moro exija arrasar todo su entorno temporal y geográfico, para empezar a construir el nuevo mundo ex nihilo. Aunque la obra de Moro es casi exclusivamente descriptiva y normativa, tiene un arranque narrativo en el que apenas suele repararse, pese a ser muy significativo. Utopía es el resultado de sendas obras de ingeniería de extrema agresividad, ingeniería social e ingeniería geológica. Mediante la primera, Utopo, el fundador, “condujo al pueblo rústico y salvaje” que eran los indígenas al “mayor grado de civilización”; mediante la segunda, nada más derrotar a los nativos tras el desembarco, les puso a trabajar cortando el istmo que unía el continente con la que hasta entonces había sido su tierra nativa. Borrando toda huella del mundo anterior, clausurando el nuevo mundo sobre sí mismo, y arrasando la forma de vida de los lugareños y el hábitat en el que vivían, ahora la utopía ya sí es posible.

Si ése es el modelo que da forma a la utopía como género literario (y en buena medida lo es), habremos de concluir que, efectivamente, en España las utopías casi pueden contarse con los dedos una mano. En la literatura peninsular, las utopías no se cierran sobre sí mismas, sino que se abren: se abren a la historia (la historia “real” y la de la ficción textual que se narra), al entorno, a los sujetos y a los conflictos (entre sí y con “el exterior”), al azar o la improvisación. Podría decirse que se trata de utopías abiertas, no cerradas; utopías en proceso, no clausuradas; utopías haciéndose, no hechos dados; utopías en acción, no en contemplación.

Por otra parte, el modelo moreano canónico, mientras con una mano incorpora buena parte de los presupuestos de la Modernidad (igualitarismo abstracto, racionalidad matematizante, predominio urbano, gobierno de expertos…) de la cual es exponente, con la otra mano arroja fuera de su honorable nombre cualquier otro ensayo de vida buena que no asuma esos principios. En particular excluye, nada menos, la que para Mannheim es la madre de todas las utopías: la utopía quiliástica o milenarista. Para este autor, clave en la reflexión utópica, hay cuatro tipos de utopía según la concepción del tiempo implícita en cada una. En la utopía milenarista, matriz de todas las restantes, rige el tiempo presente, el aquí y ahora (el hic et nunc) de los que la sostienen. Su lugar no es ningún lugar (u-topos), sino este lugar, cualquier lugar. Su tiempo no es ningún tiempo (o sea, no es futuro), sino este momento, cualquier momento. Es una utopía concreta y material, sostenida por gentes concretas y personas singulares, un mundo cercano e in-mediato (no mediado, ni por el tiempo y el espacio, ni por los dirigentes que prometen conducir hacia ella).

Los tres restantes tipos de utopía surgen de que, habitualmente, esa vida anhelada se va demorando en el tiempo, como lo hizo antes la prometida segunda venida de Cristo. Ese mundo nuevo va adquiriendo así la forma de un ideal abstracto al que puede aspirarse en el futuro (pero solo en el futuro; si fuera en el presente, no habríamos salido del primer tipo). Según se aspire a alcanzar esa utopía futura siguiendo un plan determinado o bien dejándolo al libre curso del azar y la espontaneidad social, estaríamos ante las utopías socialista y liberal, respectivamente. La utopía conservadora, en cuarto lugar, sitúa ese ideal motor del anhelo utópico, no en el futuro, sino en el pasado, en un momento u otro de la historia que le parezca ejemplar al utopista (una inteligente variante de esta utopía conservadora es la que recientemente Baumann ha llamado retrotopía: aquello que habría podido ser si la Historia no se hubiera “torcido”).

Gargantua observa Thélème; Gustave Doré (1873)
Hictopía: la irrupción del presente

Pues bien, conjeturo que las nuevas formas posibles de convivencia que ofrece la literatura ibérica se mueven en la órbita del hic et nunc, al modo de la utopía quiliástica, si bien ya no en sus términos religiosos originarios (aunque, a veces, también), sino en términos rotundamente laicos e inmanentes. Y digo que “se mueve en tal órbita”, en lugar de decir que “sigue tal modelo” pues este es el único tipo de los cuatro citados que no se atiene a modelo alguno, ni futuro ni pasado, sino que vive en el presente, en función de las circunstancias concretas, las emociones, caracteres y valores -y también prejuicios- de las personas singulares que la llevan a cabo. Para que no se distancie el objetivo, convirtiéndose en ideal, este tipo utópico parece atar su objetivo a los medios para lograrlo: fuerza a los medios a ir prefigurando permanente los fines, los cuales se van haciendo presentes (se presentan) en cada momento del proceso de la lucha por obtenerlos.

A esta irrupción de la utopía en el aquí y ahora del proceso de su hacerse creo que no le conviene propiamente el nombre de utopía, sino otro, que bien pudiera ser el de hictopía. Si el rasgo clave de la utopía es la partícula privativa “u-” (u-topos: “no hay tal lugar”), el rasgo distintivo de la hictopía es el deíctico “hic” (hic-topos: “este es el lugar”, aquí mismo está). El “lugar bueno” (eu-topos), al ser precisamente este en el que lo estamos construyendo, no se desplaza en el tiempo hacia el futuro, sino que su tiempo también es este: hic et nunc, “aquí y ahora”. Podríamos forzar la analogía entre ambas maneras de presentar(se) la vida buena y el carácter bifronte que Castoriadis distingue en la institución: su cara instituyente, que se asemejaría a la hictopía, y su cara instituida, que se ofrecería en la utopía. Como Cervantes hace decir a don Quijote en la sentencia con que titulamos este artículo, la cuestión principal no es una cuestión de islas, sino de encrucijadas, disyuntivas en las que hay que tomar decisiones e ir haciendo lo que aún está por hacerse, pero ya está haciéndose.

Por estas razones, el género literario que conviene a utopías (especialmente a las utopías de tipo liberal o socialista) e hictopías es muy diferente. Las primeras suelen ser descriptivas, dibujan una imagen fija por la que se desliza, como ante una pintura, el ojo del lector. Su tipo de discurso está más cerca del ensayo, la descripción, el didactismo o el programa político que de los géneros propiamente narrativos. En ellas, el discurso es monológico (Bajtin) pues, aunque suele adoptar forma de diálogo, es solo una voz la que se pone en juego, es una sola idea o concepción la que se desarrolla. En las hictopías, por el contrario, el discurso es polifónico y dialógico (Bajtin, de nuevo); la multiplicidad de voces que articula permite aflorar una multiplicidad de situaciones prácticas (conflictos, emociones, transformaciones, caracteres…) y de registros retóricos que hacen de la narración todo un campo de pruebas. Por ello, los géneros literarios en los que mejor se expresa son los géneros propiamente narrativos (epopeya, poema heroico, novela, cuento o relato corto, leyenda, cuento tradicional, mito, fábula, romance…), además de los géneros dramáticos (desde la tragedia hasta la farsa), teniendo éstos la especial virtud de hacer presente físicamente entre el público ese hacerse presente que es característico de la hictopía. Al expresarse en estos géneros del discurso, es bastante frecuente que la hictopía no aparezca ya construida a partir de cero, sino que emerja -y, tal vez, desaparezca- al hilo de la narración en que se inserta como un episodio o un fragmento de ella. Esta inserción en el tiempo y el espacio narrativos permite toda una gama de situaciones y posiciones de los personajes que enriquece notablemente el dinamismo utópico.

En cualquier caso, convenga o no dar un nombre especial a estas narraciones donde los procesos por los que se va haciendo un mundo nuevo tienen mayor protagonismo que los dibujos o imágenes fijas de ese mundo, lo cierto es que las ellas son, con mucho, las predominantes en las lenguas ibéricas.

Así, nuestras narrativas hictópicas suelen dar cabida, por ejemplo, a la improvisación, al azar y lo imprevisto, a las distintas motivaciones que impulsan a los personajes, a los pulsos de poder que se juegan en esos procesos, a las situaciones que pueden frustrar la búsqueda utópica o llevarla a un lugar que no era el previsto… La importancia dada a los procesos sobre los productos cerrados y acabados puede llegar al extremo de que sean esos procesos los únicos que interesen (desemboquen en lo que desemboquen, si es que desembocan en algo). Tendríamos así plasmado en la narración literaria ese principio clave del anarquismo que es la acción directa: los fines son los medios, los medios (los procesos) prefiguran los fines (o sea, los productos, los objetivos, la utopía, en nuestro caso). Estos casos, en los que se llega incluso a olvidar los fines (que siempre son futuros) por la exclusiva atención a los medios (que siempre se dan en el presente: en ese aquí y ahora en el que ya está el futuro prefigurado), abundan en nuestras letras. Esbozaremos solo algunos ejemplos, ignorando la riqueza de interpretaciones de que han sido objeto y apuntando tan solo a su relación con el punto de vista que hemos venido exponiendo.

Algunas hictopías ibéricas

La que para muchos es la primera novela moderna, Don Quijote de la Mancha, es un ejemplo eximio de lo que hemos llamado hictopía en su modo extremo. La única isla que aparece es la ínsula Barataria, a cuyo gobierno aspira Sancho. Y ciertamente es una utopía, pero grotesca. También es cierto que don Quijote hace salpicadas referencias a utopías anteriores (el monólogo de la Edad Dorada, las novelas pastoriles, el universo que relatan los libros de caballerías…), pero ninguna de ellas mueve sus pasos en exclusiva. Sus andanzas de caballero andante solo pretenden luchar en cada lugar y en cada momento por los valores que encarnan aquellos relatos. La suya es una “utopía ecuestre” o una “utopía andante”, una utopía que es puro proceso, un continuo irse haciendo -y, a menudo, irse deshaciendo, entre burlas, golpes y desengaños- sobre la marcha. La única utopía propiamente dicha es Barataria, donde se cumple ese sueño de Sancho de gobernar una ínsula mediante el simple sentido común. Pero el episodio no describe ningún lugar ideal, sino un lugar burlesco; la falsa ínsula ideada por los duques no tiene otro objetivo que el de burlarse de ese “pobre villano”, y del pueblo al que él encarna, concediéndole el acceso al gobierno. Le bastan a Sancho unos pocos días para abandonar tal gobierno… “no harto de pan ni de vino, sino de juzgar y de dar pareceres y de hacer estatutos y pragmáticas”. Es precisamente al abandonar su utopía y recobrar su “antigua libertad” cuando Sancho consigue, sin proponérselo, su hictopía: se encuentra con unos peregrinos y juntos deciden “hacer manteles de las yerbas”, vaciar sobre ellos sus alforjas para compartir la comida, contarse sus sucedidos en agradable conversación, reír y beber juntos y recostarse a reposar. Seguro que, allí sentado, Sancho recordó el consejo de su señor don Quijote: no era cuestión de ínsulas, sino de encrucijadas.

“No me gusta utopía -ha dicho José Saramago- porque la palabra lo está diciendo: es algo que siempre se está posponiendo. Eso no es para ahora, «llegará el tiempo en que…»”. Por eso él no ha escrito ninguna utopía, pero sí ha dado a luz alguna de las más hermosas hictopías. En El cuento de la isla desconocida, la isla anhelada irá emergiendo en el mismo barco que “un hombre” consiguió arrancar al rey para emprender viaje hacia ella (junto a la señora de la limpieza, que decidió acompañarle). Durante el viaje el barco se fue haciendo isla, o tal vez fue la isla la que se volvió barco que “se hizo por fin a la mar, a la búsqueda de sí misma”. En La balsa de piedra se materializa la utopía iberista, que el autor cifra en “resistir a las presiones de la cultura europea, que no es sino la cultura de los tres países dominantes, Francia, Alemania e Inglaterra” para poder así encontrar un camino propio fuera de Europa. Ocurre en la obra que se abre espontáneamente una colosal grieta a lo largo de los Pirineos, lo que convierte a la mismísima península ibérica en una balsa flotante que va perdiendo de vista el continente. El grito de “¡Nous aussi, nous sommes ibériques!”[1] (en francés en el original), se difunde en todas las lenguas europeas por boca de millones de jóvenes airados, frustados al ver irse la península sin ellos. Así, mediante un fenómeno geológico natural, que evita la doble violencia que necesitó Moro para hacer de Utopía una isla, la utopía iberista se ve realizada con toda naturalidad por un medio (separarse de Europa) que es indiscernible del fin que se propone (separarse de Europa).

Fuenteovejuna, drama de Lope de Vega, pone en escena cómo el proceso colectivo que se desencadena en un pueblo de Córdoba para vengar un agravio acaba creando una comunidad solidaria y libre –“¡Fuenteovejuna! ¡Todos a una!”- donde antes no había más que aldeanos sueltos sin mayor vínculo entre sí. Esa comunidad solidaria y libre no era una utopía que el pueblo persiguiera, es la utopía que el pueblo se encuentra realizada en sus calles cuando lo que perseguía era otra cosa: vengarse de la afrenta a que les había sometido el Comendador. El levantamiento popular es ciego, pero en ese levantarse los indignados vecinos de Fuenteovejuna se descubren a sí mismos constituidos aquí y ahora en comunidad.

Un último ejemplo de cómo los medios no solo prefiguran los fines, sino que pueden incluso erigirse a sí mismos en el fin que anuncian, está en el palacio de la Alhambra, en Granada. Los muros de sus patios, salones y fachadas se adornan con la caligrafía en arabescos de poemas epigráficos que describen el Paraíso que espera al creyente en el islam. Se trata, según denominación de J.M. Puerta Vílchez, de auténtica arquitectura parlante. Pero el Paraíso que anuncian los muros no es una u-topía, un lugar que no existe: los propios muros son los encargados de hacer que exista esa utopía que describen sus inscripciones. El lugar exquisito y placentero de los nazaríes es precisamente ese al que dan forma los muros. No es un lugar utópico, sino un lugar hictópico en todo su esplendor material.

En todas estas obras los medios no solo prefiguran los fines, sino que los in-corporan, los llevan a formar cuerpo de los medios mismos, formando unos y otros, medios y fines, un todo indisoluble e indiscernible. Pero más común es que las hictopías ibéricas no alcancen ese extremo y narren tanto los rasgos del fin logrado como las acciones de las que ese fin es consecuencia. Por ello es habitual que la descripción del buen lugar sea solo un episodio más entre la serie de incidentes que articulan la narración. Incluso no es raro que una misma obra ofrezca en su seno varias utopías, bien sucesivas, bien en contraste mutuo, bien en abierta confrontación. Las variantes son tan numerosas que no he encontrado modo de clasificarlas mínimamente. Veamos tres ejemplos de este último esquema. La novela cervantina Los trabajos de Persiles y Segismunda presenta una sucesión de relatos de viajes por diversas islas-utopías de tipo renacentista, creando un flujo incesante que puede leerse como la negación de cada una de ellas y la superación de todas en una utopía propiamente barroca: el movimiento mismo.

Otro diálogo -o encontronazo- entre utopías se da en Paradox Rey, de Pío Baroja, donde un anarquista acaba viéndose aclamado como rey en lo que hoy es Uganda. Paradox, un aventurero, se embarca en una expedición financiada por un millonario judío londinense que busca un lugar de África apropiado para alojar la milenaria utopía hebrea de un Estado propio. Esta primera utopía desaparece de la narración en el momento mismo en que su millonario valedor también desaparece y los viajeros deciden seguir viaje sin objetivo alguno. Tras diversos naufragios y peripecias, consiguen escapar de los mandingos que les habían hecho prisioneros y se hacen fuertes en Bu-Tata. Al poco, allí acudirán algunos mandingos ofreciéndoles la cabeza de su rey decapitado y pidiéndoles que elijan, entre ellos, al que todos aceptarán como nuevo rey. Pese a sus protestas, Paradox acaba siendo aclamado como rey de Bu-Tata. Tras rechazar regirse por la ley de las mayorías (“cosa absurda e irritante”), el nuevo rey-a-su-pesar reparte las tierras, rechaza la ciencia y las escuelas, los préstamos y el dinero, y declara; “¡Vivamos la vida libre, sin trabas, sin escuelas, sin leyes, sin maestros, sin pedagogos, sin farsantes!”. Ante lo cual uno de los viajeros, un tal Mingote, no puede resiste a solicitar: “Yo lo que quisiera es un empleo de oficinista”. La utopía de Bu-Tata resulta así atravesada de paradojas. De las cuales no es la menor la aparición final de los cañones franceses que dejan el lugar ardiendo por los cuatro costados y sembrado de “niños degollados, mujeres despatarradas y hombres abiertos en canal”. Una nueva utopía acababa de hacer acto de presencia final: la utopía que estaba llevando a África el progreso y “los beneficios de la civilización”, cueste lo que cueste. El humor grotesco que atraviesa toda la narración se condensa en esa imagen carnavalesca de lo que Paradox llamó su “gran proyecto”: el tiovivo de caballitos de cartón dando vueltas incesantemente en el centro de la plaza de Bu-Tata.

Por último, veamos un ejemplo que, por su radicalidad y originalidad, tanto temática como estructural, sorprende que no haya recibido apenas atención. El Somnium de Juan Maldonado, además de su interés intrínseco, colma aquel nuestro asombro inicial ante el tamaño de la ignorancia o el desinterés hacia nuestra literatura utópica por parte de los eruditos, tanto peninsulares como foráneos. Maldonado, clérigo erasmista natural de Bonilla (Cuenca), termina de escribir su Somnium en 1532, mismo año en que Rabelais publica el primer volumen de Pantagruel y solo 16 años después de que Moro edite Utopía. Su mérito no está en compartir esos años con tan renombrados y utópicos contemporáneos, sino en que su utopía tal vez sea la primera de la época moderna a la que se pueda calificar -incurriendo en evidentes anacronismos- de utopía feminista y ecologista. Y no es menor mérito la estructura interna de la obra, que articula lo que, por separado, no serían sino dos utopías convencionales (la lunar, y la de un rincón idílico del Nuevo Mundo), pero que, en su sucesión narrativa, resultan ofrecer el tránsito de una utopía a una hictopía, de un no-lugar ideal a la mostración (deixis) de la posibilidad de su hacerse en ese aquí y ahora que era para los contemporáneos occidentales de Maldonado el mundo que en ese momento estaban descubriendo/inventando.

Maldonado, narrador y protagonista del relato, se queda dormido y en su sueño es llevado por su vecina, doña María de Rojas, a la Luna, donde ella reside desde su reciente fallecimiento. La selenita, primera guía femenina en enseñar a un viajero las maravillas de una Utopía, le muestra cómo sus habitantes se deleitan en la contemplación de una naturaleza exuberante, en lugar de mirarla con ojos avariciosos, incapaces de disfrutar de otro placer que no sea “el de calibrar las ventajas y beneficios” que se puedan sacar de ella. Además, doña María destaca cómo el trabajo asalariado que se va extendiendo por la Tierra impide incluso ese mínimo goce que proporciona el contacto directo con el mundo natural. No es ajeno a ese esplendor de la naturaleza lunar la condición femenina que sabe estimularlo y gozarlo, pues “aunque vosotros, los varones, os creéis los únicos que lo saben todo y juzgáis a las mujeres absolutamente incapaces de sobresalir en ciencia, el caso es que (…) sobrepasan en sabiduría y verdadero conocimiento (…) incluso a los que se las dan de filósofos sublimes”. Maravillado y embobado ante tal panorama, Maldonado no puede dejar de proferir: “Ojalá me dejaran quedarme eternamente aquí, gozando de esta visión”. Pero es justo en ese momento cuando doña María le previene de esa tentación utópica y le exige un cambio de perspectiva que no es tanto un cambio de visión cuanto un cambio de la visión a la acción, de la contemplación a la acción: “Déjate de desear lo que no te ha de aprovechar (…) y volvamos ya abajo. (…) Dirígete a aquella parte del globo terráqueo que está al otro lado de España y cuyos habitantes son vuestros antípodas”. Doña María opera así un giro copernicano tanto en la narración como en la acción: abandonar el deseo estéril y poner los pies en la tierra, literalmente; ponerse a aterrizar el vuelo lunar.

Y así, ya de vuelta a la Tierra, nuestro clérigo astronauta desciende sobre una pequeña península de la tierra en la que los españoles “creen haber encontrado un Nuevo Mundo”. Allí (un allí que para Maldonado y su gente es ya entonces un aquí y un ahora haciéndose) puede observar nuestro personaje a unos indígenas que son gentes dichosas, lo tienen todo en común, en sus fiestas bailan y se acarician desnudos, y los magistrados “apenas hacen nada, pues cada uno [de los nativos] es su propia ley”. Los nativos habían sido cristianizados durante tres meses por colonos españoles, pero estos acabaron matándose entre sí, pugnando “por la supremacía”. Los naturales del lugar, quedados así a sus anchas, decidieron fundir algunas de las enseñanzas recibidas con sus antiguos conocimientos, ritos y sacrificios. (Es de notar la total inversión por Maldonado de la utopía de Moro, tanto en la presencia de la sensualidad, refinada pero extendida, como en la relación entre indígenas y colonizadores, o hasta en el respeto por la tierra, pues mantuvieron intacto el istmo que les unía al continente).

El encadenamiento narrativo de la utopía lunar con la americana parece querer sugerir que ese mundo lunar ideal también existe aquí y ahora en el Nuevo Mundo recién encontrado por españoles y portugueses, es decir, que lo que podría parecer una utopía (pues la Luna es ciertamente un no-lugar) es en realidad una hictopía de carne y hueso (pues América es un lugar existente en el aquí y ahora de Maldonado y sus lectores). Incluso el hecho de que aquellos indígenas hubieran acertado a fundir sus creencias y rituales ancestrales con “el solo uso de la razón” del que hacían gala los anteriores navegantes españoles parece prefigurar la utopía del Inca Garcilaso de la Vega que, en sus Comentarios reales, propugnaba la armonización de ambos universos.

Conclusiones

A través de algunos ejemplos (pues nunca es bueno generalizar), hemos visto que las utopías escritas en alguna de las lenguas habladas en la península ibérica parecen diferir radicalmente de las del Renacimiento europeo. Si estas últimas, siguiendo el modelo de Moro, se presentan desancladas de cualquier entorno espacial y temporal, aisladas y sin historia, estancas y abstractas, como un ideal que acaso pudiera darse en el futuro, las ibéricas, en cambio, son utopías en acción, utopías que discurren, de una manera o de otra. Unas, como las cuatro primeras que hemos presentado, enraízan en un presente del que rezuman, emergen del aquí y ahora, son utopías haciéndose, a las que hemos llamado hictopías. Otras, como las tres últimas, fluyen del curso de una historia en la que van brotando utopías encadenadas, en diálogo unas con otras.

La razón de esta divergencia puede cifrarse en los tan distintos recorridos históricos vividos en cada uno de los dos ámbitos geográficos. Si abandonamos la tópica metáfora del atraso de la península ibérica respecto de Europa, que todos hemos sido enseñados a repetir desde la escuela como loros acomplejados, es legítimo plantear que el llamado Renacimiento, en el que emergen las utopías, no llegó a la península con retraso, por la sencilla razón de que aquí se venía “renaciendo” desde hacía siglos. La estancia aquí durante ocho largos siglos de árabes y bereberes no solo había mantenido vivos (y traducidos, y comentados, y renovados) a los clásicos griegos y romanos, sino que los había enriquecido, especialmente en Al-Ándalus, con las creaciones de la que durante todo ese tiempo estuvo siendo la civilización más brillante y refinada de Occidente. Lo que la modernidad británica y centroeuropea ha llamado “oscura Edad Media”, dibujándola embrutecida por la superstición y la barbarie, en la península ni fue oscura, sino brillante en muchos aspectos, ni fue media, pues no había extremos entre los que mediar. Como observa el folclorista e hispanista francés Maxime Chevalier, durante el Renacimiento en la península “los cuentecillos populares tradicionales, por fin valorados [por una minoría de hombres cultos], van a derramarse por todas partes, como las aguas estancadas cuando se hunde una presa”. Donde Europa quiso hacer tabula rasa de su pasado medieval, la península ibérica lo asumió hasta el punto de llevarlo al culmen con su Siglo de Oro.

Podría entenderse entonces que las utopías renacentistas, y todo el género literario que de ellas se sigue, borren toda huella que pueda recordar el pasado, para emerger así, relucientes, de la nada. Los pueblos de la península, en cambio, al no afirmarse como negación de los tiempos anteriores, no necesitan pensarse partiendo de cero, sino que, por el contrario, lo hacen como prolongación de un rico flujo de siglos que ahora es revisitado con nuevos criterios, criterios que a menudo no son menos críticos que los de la modernidad europea (baste leer El Criticón de Gracián). Acaso por ello la estructura de nuestras utopías no sea la de un modelo ideal aislado, sin un antes ni un después, ni un entorno vital; sino que adoptan la forma de un episodio que emerge desde -y se disuelve en- el interior del flujo de una narración más amplia. La continuidad de la historia “ficticia” que narra la literatura utópica peninsular sería entonces un reflejo de la continuidad de esa otra historia “real” que dio en llamarse la Historia. La tradición popular carnavalesca, el tema del mundo al revés, el humor grotesco medieval, los refranes, consejas, cuentos y leyendas populares, figuras como las del pícaro o el burlador… se han venido prolongando hasta hoy en las narraciones utópicas o -más propiamente- hictópicas no solo de la península, sino de todo el subcontinente americano de habla española y portuguesa.

Emmánuel Lizcano
Agosto 2021
Nota del autor: Este texto es una versión ligeramente ampliada del artículo “Il ne s’agit pas d’îles, mais de croisées de chemins”, publicado en el monográfico sobre “Préfigurations: par ici l’utopie?”, Réfractions, nº 46, printemps 2021, París.


[1] “¡Nosotros también, nosotros somos ibéricos!”