Vacuna y credibilidad

God’s Man, Lynd Ward (1929)

La amenaza de una vacunación masiva de las poblaciones en los países del capitalismo desarrollado para combatir la pandemia de covid-19 levanta fundadas suspicacias de muy distinta naturaleza que el estado gestor y su aparato de propaganda mediática intentan meter en el mismo saco. Así como el “libertarismo” de la extrema derecha contribuye a mistificar nociones y actitudes (y a la ceremonia de confusión política a propósito de la libertad asediada por el totalitarismo democrático), el debate acerca de las vacunas contra el covid-19 corre el riesgo de discurrir por disquisiciones estériles que van del conspiracionismo paranoide al pragmatismo de la salud y la preservación de la vida, como si esa fuera la preocupación prioritaria de la clase gestora dominante en los países capitalistas.

Nada tienen que ver las objeciones a la gestión de la pandemia que profesan los “negacionistas” del covid-19, los fundamentalistas antivacunas o los siervos de las variopintas creencias de la llamada “nueva espiritualidad” del capitalismo terminal, con las que, desde una tradición crítica, intentan abrir una vía reflexiva que ayude, al menos, a poner un contrapunto de racionalidad a la epidemia de confusión mental en la que nos encontramos.

La radical desconfianza que acompaña a la vacuna también comporta nuestra perplejidad y desconcierto de individuos acosados por la realidad concreta de la enfermedad y, eventualmente, de la muerte. De manera que nos vemos emplazados a decidir personalmente ante un hecho consumado de profunda naturaleza histórica, social, política, económica, etc. como es una pandemia. Una forma reveladora de hasta qué punto hemos perdido la capacidad de gestión de nuestras vidas y tergiversado nuestra naturaleza de seres sociales. Pues independientemente de la decisión que cada cual adopte ante la vacunación, hay un hecho irrefutable sobre el que es urgente reparar: cómo el sometimiento cotidiano a una vida delegada en las instituciones del estado y del mercado nos ha vuelto cada vez más inermes.

I

En primer lugar, es necesario resaltar que el problema en torno a la vacuna no responde a cuestiones médico-sanitarias, sino en un segundo plano, porque se trata en realidad de un problema de credibilidad, o mejor dicho, de la falta de credibilidad de las autoridades gestoras de la pandemia y de la reproducción social, que se hace evidente en la intoxicante sobre-información plagada de contrasentidos e incongruencias de estos meses, con la que los aparatos de representación política, cualquiera que sea su coloración, y los agentes ideológicos mediáticos (periodistas, expertos, consultores, científicos, virólogos, etc.) nos han avasallado.

La crisis de credibilidad del sistema de representación democrática, plenamente sometido a los imperativos del capital financiero, hace tiempo que se deja notar en los países capitalistas desarrollados, donde la propia evolución del capital ha llevado a que la tematizada crisis de legitimidad se haya transformado en algo mucho más elemental, prosaico y decisivo: la quiebra de la credibilidad de las instituciones y de sus representantes.

Las consecuencias de esa falta de credibilidad alcanzan igualmente al sistema tecnocientífico, que se ha visto enfrentado a una problemática surgida de su propio ecosistema social (la sobreproducción, la movilidad y la megaurbanización) ante la que no tiene otra respuesta que no sea la de avanzar por la misma ruta de desarrollo y crecimiento económico, premonitoria de nuevas pandemias.

II

Así pues, aparece de inmediato el carácter capcioso de la promesa en torno a la vacuna como un reforzamiento de la promesa de progreso (vencer al virus desde el sistema tecnocientífico) redoblada con la demagogia humanitaria de una vacunación masiva de la población consumidora y dinamizadora de los mercados de los países capitalistas desarrollados. Desde luego, de acuerdo con el estado real del mundo, la población de Asia, África y Latinoamérica no se beneficiará de este progreso en igual medida. La vacuna y, más concretamente, la vacunación masiva de la población no se limita a una cuestión sanitaria; es sobre todo una cuestión política en el sentido más amplio del término porque tiene que ver con la vida y la reproducción social en las condiciones históricas capitalistas del presente. La salud es una construcción categorial acorde con la sociedad que la sustenta y la medicalización de la vida en el capitalismo en crisis es un buen ejemplo.

III

En este mismo sentido, hay que entender la quiebra de la credibilidad “científica” que denotan las objeciones críticas –y no meramente ideológicas o emocionales a la vacuna– como el reflejo, en el ámbito del pensamiento especializado, de la quiebra de la credibilidad del sistema social, político, económico y cultural en el que se desarrolla el pensamiento científico. Una falta de credibilidad que abarca a la vacuna, precisamente por su carácter concreto de producto del sistema capitalista en crisis.

Y es así porque, en cierto modo, el covid-19 supone un paso adelante en esa falta de credibilidad de las instituciones de representación política que se ha extendido a todo el conjunto del sistema de organización social, incluido el referente de verdad progresista por antonomasia, o sea, el aparato conceptual tecnocientífico.

IV

La Ciencia, ya plenamente convertida en fuerza productiva, es la verdad del Capital, pero lo es básicamente porque, como en el caso de la vacuna, la verdad científica se ve corroborada por el mercado. La cosa viene de lejos. Desde que naciera el laboratorio industrial con Thomas A. Edison, la investigación científica y técnica ha estado inequívocamente orientada al mercado. Con él, el descubrimiento científico había dejado de ser fruto de la inquietud y del genio individual, del afán de conocimiento o de una vaga mejora de las condiciones de la vida humana, para convertirse en un proyecto orientado a objetivos concretos aplicables en la producción de bienes y servicios dentro de la economía de mercado.

El esfuerzo inversor en el proceso de invención/investigación pasó a estar predeterminado por las expectativas del retorno –eficiente, es decir, con beneficios– de la inversión. De forma explícita lo reconocía el Programa Marco Europeo en los años noventa, cuando privilegiaba la investigación orientada al mercado sobre la básica para recuperar el retraso en el desarrollo tecnocientífico de Europa respecto de EEUU, Japón y China. La batería argumental de la ciencia, como los propios científicos, están al servicio de los intereses específicos de sus respectivas firmas y fondos de inversión que, directa o indirectamente (concertación público-privada), sufragan las investigaciones.

V

La irrupción de la pandemia y sus imparables efectos deletéreos, especialmente sobre la actividad económica y la acumulación de capital, ha sido además el desencadenante de una feroz competencia entre los laboratorios farmacéuticos por obtener una vacuna que, de acuerdo con la lógica que rige en el mercado sanitario, “resolvería” el problema de la pandemia y, de paso, daría la hegemonía mundial del sistema farmacéutico a quien primero la pusiera en el mercado.

A partir de ahí, se ha abierto la veda a una ofensiva mediática sin precedentes donde se conjugan las prometedoras expectativas de negocio con las esperanzas de una población atemorizada y ansiosa por acceder a un nuevo y decisivo producto de consumo: la vacuna. Los gobiernos, atentos al potencial de mercado que representa la salud de sus súbditos, inducen una demanda que redunda de forma inmediata en la cotización bursátil de los laboratorios y, posteriormente, en su cuenta de resultados. Pero sobre todo, para los estados nacionales la vacuna representa una carta decisiva para intentar recomponer la normalidad de la actividad económica, universalmente maltrecha por las consecuencias de la crisis estructural del sistema que se arrastran desde el inicio del siglo XXI y que el covid-19 ha intensificado.

VI

Las vicisitudes que rodean la carrera por la obtención de la vacuna en nada se diferencian de la competencia interempresarial en torno a cualquier otro producto comercializado. No obstante, la vacuna aparece como una de las mercancías más rentables en un mercado cautivo con una demanda inmensa auspiciada por los gobiernos. Si el arte del gobierno democrático consiste en gestionar la transferencia de recursos públicos hacia la acumulación privada de capital, el negocio de la vacuna promete ser una soberbia operación de acumulación de capital legitimada, además, por la eventual preservación de la salud pública. Es así como la salud de masas administrada por el estado se convierte en factor clave del ciclo de negocio de los laboratorios que comercializan la vacuna.

De modo que las mismas maniobras de intoxicación mediática que tienen lugar en la gestión de la pandemia se reproducen a propósito de la concurrencia entre laboratorios para la obtención de la vacuna. Informes y contrainformes, noticias y desmentidos, apologistas y detractores, campañas publicitarias y declaraciones gubernamentales, etc., describen un panorama de confusión deliberada en beneficio de quienes, a pesar de su erosionada credibilidad, se presentan como administradores de las instituciones políticas y mediáticas y, consecuentemente, como última instancia de fiabilidad ante la dramática situación que arroja la pandemia.

VII

A su vez, la pretendida fiabilidad de la vacuna, es decir, su potencial de eficiencia, se cifra precisamente en la vieja cantinela de la verdad científica; una verdad que como estamos viendo se cuestiona en función de los intereses particulares de cada fondo de inversión o laboratorio implicado en el desarrollo de la vacuna. La credibilidad de la verdad científica quizás podría colar con la figura del inventor del siglo XVIII. La idea de la verdad científica incluso podría conservar su aura de fascinación en los primeros estadios del laboratorio industrial, cuando el conocimiento científico encarnaba la idea de progreso y de emancipación espiritual respecto al confesionalismo del Antiguo Régimen y la superstición religiosa. Pero en nuestros días, resulta un recurso demasiado manido y cargado de intereses.

VIII

La vacuna es una mercancía como cualquier otra y su producción y realización (venta) responde a los mismos imperativos de retorno de la inversión y acumulación de capital que los demás productos y servicios producidos en la sociedad capitalista. La vacuna –y la producción farmacéutica, en general– está sujeta, por tanto, a los avatares históricos de la propia evolución del mercado capitalista y de la constitución de la industria farmacéutica como sector de producción de alto valor añadido (intensivo en capital y plusvalía). Ya no estamos en los tiempos de Pasteur o del descubrimiento y desarrollo de las vacunas de la sociedad del capitalismo expansivo, donde el valor de uso del medicamento (prevención/contención/curación) y de la vacuna, en particular, aún prevalecía sobre el valor de cambio. Dicho de otro modo, su inserción en el mercado general de la producción de mercancías era incipiente y todavía predeterminado por la vaga intención de mejorar la salud general. Ahora, por el contrario, el valor de uso de las cosas, incluida la vacuna (su prometida utilidad preventiva), ha quedado sepultada en el valor de cambio de su salida al mercado.

No es casualidad que las bolsas se hayan disparado con el anuncio y que los diferentes lobbies farmacéuticos concurrentes hayan comenzado su guerra mediática particular, a propósito del “adelanto” de la vacuna británica, anunciada a comienzos de diciembre.

Por todo ello, es imprescindible contemplar la naturaleza real de la vacuna en la sociedad que la engendra; de ahí que sea inevitable reconocer la trama de intereses sociales, sanitarios, económicos y políticos que comporta. Porque todos esos factores son componentes de la vacuna en la misma medida que las sustancias bioquímicas.

IX

Precisamente, el tiempo de desarrollo y de lanzamiento al mercado es clave en cuanto a las ventajas competitivas de cualquier producto: el primero que sale acapara la mayor cuota de mercado y con los precios más favorables para la empresa o laboratorio. Y eso es lo que ocurre con cada vacuna ofertada.

En el caso concreto de la vacuna contra el covid-19, la carrera por ser la primera en salir al mercado determina que no se cumplan los habituales “protocolos” en la fabricación y puesta en el mercado de las vacunas, según reconocen los mismos funcionarios del tinglado burocrático y farmacéutico (un ejemplo son las discrepancias entre la Agencia Europea del Medicamento y los gestores sanitarios del Reino Unido). Naturalmente, en todos los casos se dan garantías de fiabilidad absoluta, según sus propios criterios de evaluación adaptados a las actuales circunstancias que, o bien son frases aseverativas en lenguaje popular banalizado, avaladas por el principio de autoridad de quien habla (experto, científico), o bien se escamotean los aspectos vidriosos en la jerga científica. De manera que hay que entender la fiabilidad –y la verdad científica que la soporta– como un argumento de venta dentro de la batería de consignas del marketing que enseñan en las escuelas de negocio.

X

Por si no hubiera suficiente, el anuncio de los precios de las vacunas en la Unión Europea, conocidos por la indiscreción de una funcionaria, oscilan de los 1,78 euros a los 14,7 euros. Ya sabemos que los precios de mercado son indicativos y manipulables, aunque de una u otra manera remiten a los costes de producción y a la eficiencia y prestaciones de cada mercancía concreta.

Esa variación de precios respecto de la vacuna, ¿a qué responde realmente? ¿Se trata de productos de distinta calidad? ¿A los costes de mantenimiento y manipulación en condiciones de refrigeración especiales? Si fuera así y, como dicen las autoridades, la vacuna exige condiciones de transporte y manipulación a temperaturas que, en algunos casos, llegan hasta los 80 grados centígrados bajo cero, habrá que echarle mucha fe para creer en el mantenimiento de la cadena del frío desde el laboratorio hasta el acto de inoculación en el individuo. Una fe reforzada, además, teniendo en cuenta la opacidad real, vehiculada por la intoxicación mediática, con que se lleva a cabo la gestión de la pandemia por parte del gobierno y del sistema tecnosanitario.

XI

Independientemente del número de laboratorios comprometidos en la carrera por la vacuna, la base biológica para el desarrollo de las vacunas responde a dos principios. Uno que se apoya en los procedimientos tradicionales y otro con intromisiones en el ADN. En ambos casos, dos factores de riesgo cuyas eventuales consecuencias se dejan de lado porque no hay “evidencia científica” de su posible nocividad.

Una vez más la coletilla de la evidencia científica sirve de coartada retórica para ponernos ante el hecho consumado, que es la manera de proceder de la clase dominante ante cada nuevo hallazgo o invento. Es decir, se procede a su aplicación haciendo caso omiso de las objeciones o previsibles consecuencias negativas porque “no hay evidencia científica…”, pero sí intereses económicos inmediatos y tangibles. En realidad, la objetividad científica consiste en la evidencia objetiva que arroja la cuota de mercado de cada vacuna.

XII

Es decir, el ejercicio de la duda y de la racionalidad analítica queda soslayada en favor del capital, de la ciencia, del progreso y del dogma científico y en detrimento de la vida. Esa es la práctica común; así ocurre con las ondas electromagnéticas, las antenas de telefonía móvil, el uso de pesticidas, etc. Cuando al cabo del tiempo se llega a demostrar la nocividad de la tecnología aplicada en el pasado, la empresa o gobierno responsables despachan el asunto con una nota de prensa y la disculpa de papel correspondiente; eso en el mejor de los casos, porque lo más probable es que, una vez realizado el negocio, la firma, fondo de inversión o empresa beneficiaria ya se habrán transmutado en otra entidad operativa en otra área de negocio. No obstante, y para mejor cubrirse las espaldas, las firmas comercializadoras de la vacuna ya han sido descargadas de cualquier responsabilidad que se derive de los efectos secundarios de las vacunas que resulten nocivos. A principios de setiembre, los países de la UE aceptaron hacerse cargo de las eventuales indemnizaciones que las farmacéuticas tuvieran que abonar debido a los efectos secundarios de las vacunas.

XIII

Por otro lado, la novedosa tecnología del ARN mensajero que utilizan las dos vacunas ya comercializadas de Pfizer y Moderna, por sus implicaciones en el desarrollo de la ingeniería genética, concuerda con la estrategia de una facción del capital tecnocientífico específicamente orientado a “mejorar el ser humano”, superando las determinaciones biológicas del mismo. O sea, el denominado transhumanismo; una vasta corriente que aglutina a filósofos y científicos –Kevin Warwick, Marvin Minski, Ray Kurzweil, Natasha Vita-More, Hans Moravec, Donna Haraway, James Hugues– y demás apologistas del tecnologismo desbocado y de la inteligencia artificial.

Una deriva que encuentra, en este ensayo general de gestión social que propicia la pandemia, un inquietante campo de pruebas cuya realización práctica probablemente contará con una amplia aquiescencia entre la población que encara la vacunación desde la trivialidad del acto de consumo urgente, sin atender a las implicaciones sociales, políticas y biológicas que conlleva. Aunque llegados a este punto, abrazar la esperanza del capital en su expresión científica (vacuna) supone adentrarse en la senda de la mutación de la vida humana sometida al capital, al menos, como la hemos conocido hasta el presente. Desde luego esa es la intención transhumanista, como advierten tan acertada como fundadamente los autores del “Manifeste des chimpanzés du future. Contre le transhumanisme” (Pièces et Main d’Oeuvre. Editions Service Compris. 2017)

XIV

En cualquier caso, el objetivo de la vacuna es evitar la expansión de la pandemia a causa de los estragos que causa en la actividad económica. Ahí estriba su pretendida legitimidad, que es tanto como decir su argumento de venta. La retórica cientificista que rodea al lanzamiento de la vacuna, así como la polémica entre los funcionarios del sistema tecnosanitario y demás expertos, adquiere de este modo la dimensión práctica y concreta del marketing y de la concurrencia en el mercado de un producto cuya demanda previsible es altamente prometedora, puesto que viene respaldada además por el gasto público de los estados capitalistas desarrollados.

Si el estado del totalitarismo democrático adopta la imposición obligatoria de la vacunación, ya sea de forma directa (por decreto) o indirecta (mediante restricciones laborales, de movilidad, etc.) de quienes rehúsen la vacunación, no responderá a un gesto humanitario hacia sus administrados, sino que lo hará estrictamente atendiendo a la necesidad de atajar el aumento de los costes del sistema sanitario que supondrían los ingresos hospitalarios masivos y sobre todo, para paliar los efectos negativos que la pandemia y las medidas restrictivas tienen sobre el consumo (movilidad de los consumidores) y el tejido productivo en general.

XV

La vacunación masiva, independientemente de su fiabilidad, de su eficacia, de los imprevisibles efectos secundarios, etc. y de las objeciones y reticencias que desde el mismo complejo médico farmacéutico se han levantado, en la medida que potenciará la industria de la química fina y la producción de medicamentos, será también un primer paso hacia el restablecimiento de la normalidad económica prevista en el Plan de Recuperación de la UE para el periodo 1921-1927. Es decir, hacia la reactivación de la acumulación de capital y la consolidación de la sociedad pandémica.

Corsino Vela
Febrero 2021
Editorial Kaxilda
https://www.kaxilda.com

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La sociedad implosiva
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