Covid, capitalismo, huelgas y solidaridad

Procesado de alimentos en una fábrica China

Traducción de una entrevista a la revista Chuang, realizada por Matt Dagher-Margosian del blog Asia Art Tours, publicada en dos partes del 25 de octubre al 9 de noviembre del 2020.[1]

Asia Art Tours (AAT): Como lo expones en tu artículo sobre el Covid-19 (semejante a la obra de Mike Davis o Achille Mbembe), las pandemias y otros desastres ambientales son inevitables bajo la necropolítica del capitalismo. En una China que tuvo que arriesgarse a «sacrificar» Wuhan (y dime si estoy exagerando) para contener la epidemia, ¿ha habido alguna reflexión gubernamental o transformación a gran escala de la prácticas capitalistas que desencadenaron el Covid-19 en China? Además, ¿nos indica el tratamiento que los trabajadores de cuello blanco y los migrantes y de cómo la China (y el capital mundial) tratará la mano de obra en el futuro ante la próxima (inevitable) crisis biológica o ambiental?

Chuang (闯): ¿Eso que entiendes por «sacrificar» Wuhan no está claro? Como epicentro, por supuesto, iba a estar sujeto a controles mucho más estrictos, pero no utilicemos un lenguaje hiperbólico, porque «sacrificio» suena como si hubiera una epidemia de zombis de ciencia ficción y el gobierno estuviera debatiendo si lanzar un ataque aéreo. La situación nunca ha sido peor. Si quieres un ejemplo de «sacrificio», te sugerimos echar un vistazo a la política de los Estados Unidos (impulsada por todos los grandes intereses industriales, excepto los pocos que se benefician del teletrabajo o del comercio electrónico), donde cientos de miles de personas –proporcionalmente pobres, lo que en los Estados Unidos implica también una desproporción racial– han sido literalmente sacrificadas para servir a las necesidades de la economía. El número de muertos es enorme. Si contáramos a todos los que murieron de Covid-19 en toda la provincia de Hubei, no llenarían ni el diez por ciento de los asientos de un estadio de fútbol americano promedio. Incluso si se tomaran todas las muertes reportadas en toda China, aún sospechando una subestimación, se duplicaría el número, y aún así no tendrías suficientes cuerpos para llenar ni siquiera un tercio de un estadio medio. Pero si contáramos a todas las personas que han muerto de la enfermedad en Estados Unidos, podríamos reemplazar a cada persona en una ciudad del tamaño de Richmond, Virginia con un cadáver, y aún así habría muertos. Es una metáfora sombría, pero el hecho es que lo que sucedió en Wuhan ha sido, en todos los sentidos de la palabra, un gran éxito en comparación con absolutamente todas las grandes ciudades americanas.

En cuanto a la segunda mitad de su pregunta, la respuesta es básicamente correcta: No. Primero, recordemos que esto no es un error inocente. No es que los grandes capitalistas agrícolas no sean conscientes del problema –después de todo, cada temporada tienen que gastar millones en vacunas, antibióticos, etc., para su ganado– ni que el gobierno no esté al tanto o no quiera regular: El SARS les permitió ser plenamente conscientes de lo que estaba sucediendo y, sin duda, les ayudó a prepararse para los métodos que finalmente se adoptaron para hacer frente a esta última pandemia. Pero nada de esto puede cambiar la exigencia de base incorporada al sistema: la rentabilidad. No hay forma de producir de manera rentable a una escala que no genere estas fallas ecológicas: tanto macroambientales como microbiológicas. China es una sociedad capitalista gobernada por una clase capitalista e impulsada por imperativos capitalistas, independientemente de lo que los políticos de derecha digan en sentido contrario. Así que el «gobierno», que en China significa una alianza bastante bien organizada de todas las fracciones dominantes de la clase capitalista, debe servir sobre todo a las necesidades de la acumulación. Todo lo demás es secundario.

Dicho esto, podemos por supuesto extraer importantes lecciones sobre cómo el Estado chino ha tratado sus problemas de baja capacidad. En el pasado, ha sido extremadamente difícil para el Estado hacer llegar su autoridad «al nivel local». En muchos casos, esto ha dado lugar al traspaso de competencias de poder al nivel local en un plazo relativamente largo. Esto ha sido particularmente cierto en los pueblos, donde la comercialización ha ido acompañada de la retirada de la supervisión directa, así como de la aparición de todo tipo de nuevas autoridades gubernamentales locales balcanizadas. Pero también significa que en estas zonas han surgido nuevos mecanismos híbridos de gobierno local, como el comité de aldeanos, que es técnicamente elegido  pero que en la práctica tiende a estar dominado por las élites locales, a menudo organizadas por asociaciones de linaje en colaboración con las ramas locales del PCCh –a menudo estas asociaciones han empezado a entrar simultáneamente en los comités locales y en las ramas locales del PCCh. En las zonas urbanas existe un mecanismo equivalente, conocido como el comité de residentes, que es oficialmente el nivel más bajo de administración estatal en las ciudades, aunque no es un órgano oficial de gobierno. Del mismo modo, las ramas locales del PCCh han comenzado a descentralizarse en cierta medida, permitiendo que entre en el partido un mayor número de miembros de la élite local y seleccionando a los dirigentes locales del partido mediante medidas electorales similares que de igual modo fueron casi siempre elecciones simuladas distorsionadas por los intereses de la élite local.

Entre todos estos nuevos órganos híbridos de gobierno local, los comités de las aldeas rurales han tendido a tener más poder y a atraer más atención, ya que están involucrados en todo tipo de conflictos relacionados con la venta de tierras, inversiones, etc. Pero en el contexto de la pandemia, hemos visto que los comités de residentes urbanos han desempeñado de hecho un papel muy importante, interviniendo principalmente donde no había suficiente capacidad estatal. A estos innumerables pequeños grupos, cada uno de los cuales supervisa algo así como cuatro o cinco mil personas, se les dio la responsabilidad principal de gestionar, en medio de la epidemia, el flujo de personas que volvían del Festival de Primavera. Estos comités fueron (en muchas ciudades) el principal punto de contacto de la gente con «el Estado» durante la terrible experiencia, aunque esta relación puede haber sido manejada indirectamente. Era a ellos a quien se debía informar si llegaba a la zona, ellos supervisaban tu cuarentena, se les debía proporcionar tus datos de salud y también tenían la autoridad final sobre si podía o no volver a casa. Queda por ver cómo evolucionarán esas organizaciones en el futuro, pero es muy posible que cuando retrocedamos en el tiempo veamos este como el momento en que China comenzó a desarrollar un aparato estatal local verdaderamente funcional, a pesar de todas sus actuales inconsistencias. Al mismo tiempo, es cierto que esos comités han realizado una labor similar en emergencias anteriores, como durante el SARS o durante el duro invierno del 2008, cuando los comités de aldea ayudaron a coordinar las respuestas de emergencia en las zonas de difícil acceso. La pandemia actual muestra simplemente que han evolucionado en escala, alcance y eficacia, pero lo que es más importante, es que ahora parecen estar plenamente integrados en cadenas de mando vinculadas de alguna manera más directamente al Estado central, aunque todavía operan a través de todo tipo de idiosincrasias locales. Así que no se trata tanto de un cambio repentino como de un largo proyecto de construcción del Estado que se ha acelerado en la última década.

Así pues, a partir de esta experiencia, podemos decir que, aunque la capacidad del Estado chino sigue siendo débil en términos absolutos, se ha vuelto mucho más eficaz en la gestión de esta incapacidad delegando el poder a las autoridades locales. En general, podemos utilizar esto como un ejemplo en el que el Estado ha visto claramente su debilidad y está tratando de construir una base ascendente para el gobierno fusionando muchas actividades aparentemente «de base» en sus propios órganos locales de facto. Es útil que, además de estos comités de residentes, se hayan realizado muchas actividades genuinas de autoayuda a nivel de base para, por ejemplo, proporcionar a los trabajadores de la salud EPPs (equipos de protección personal) o para el establecimiento de puestos de control de cuarentena local. Estas actividades mostraban la incapacidad del Estado, pero también la ocultaban porque esencialmente resolvían el problema por sí mismas, aunque a veces de manera desordenada (como cuando la policía y los habitantes de Hubei y Jiangxi se enfrentaron por la reapertura de la frontera provincial a finales de marzo). Esto demuestra claramente que es posible fusionar esta actividad local semi-autónoma con el aparato estatal, y la pandemia fue un paso importante en este proceso, demostrando que todo el trabajo de construcción de estos extraños órganos administrativos locales híbridos ha dado sus frutos y no sólo ha llevado (como muchos predijeron en su momento) a una mayor balcanización en numerosos feudos dirigidos por la élite local (aunque esto tampoco es del todo falso).

AAT: Me ha impresionado mucho el trabajo de revistas como Chuang, Reignitepress y Lausan, que han traducido artículos de varios idiomas al chino. Desde su punto de vista, ¿qué técnicas, estrategias o perspectivas teóricas globales pueden ser solidarias o útiles para los activistas en China? (¿All Cops are Bastards? ¿Be Water? ¿Black Lives Matter? ¿La Alianza del Milk Tea?) ¿Y qué tácticas, métodos o ideas de los izquierdistas/comunistas/anarquistas de China tienen el potencial de ser traducidas, difundidas y utilizadas en otras luchas mundiales?

(): Solidaridad es un término complicado, y somos muy críticos con él –aunque nosotros mismos claramente participamos en un nivel de interacción directa con los activistas chinos que supera con creces lo que otros son capaces de hacer– porque la palabra suele ser sólo un significante vacío con el que la gente trata de comparar y medir los diferentes niveles de actuación de la izquierda, que tiene lugar casi exclusivamente en los medios sociales y periódicamente supone la puesta en escena de ciertos carteles. Ahí no hay nada político, porque detrás no hay nada material. En el peor de los casos, implica cosas como campañas de presión diplomática, protestas en embajadas, etc., que tienden a no hacer más que alimentar las narrativas de la derecha interior sobre una nueva Guerra Fría entre el Occidente amante de la libertad y los chinos autoritarios. A estas campañas les resultará difícil ser entendidas como «de izquierda» porque para ser efectivas deben ocultar cualquier mención de las tendencias socialistas, comunistas o anarquistas de sus partidarios. Y aún así, no logran propagarse de manera eficaz. El resultado es que no sólo sufren los peores problemas de la vieja estrategia del Frente Popular (donde los radicales se unen a los liberales para oponerse al fascismo, bajo una dirección liberal), sino que en este caso ni siquiera son populares. Seamos francos: si estas campañas tienen algún efecto concreto, es para dar un barniz de legitimidad a los políticos de derecha que adoptan nuevas medidas proteccionistas de seguridad nacional que sirven para fortalecer el poder de los monopolios nacionales –por lo general, los directamente relacionados con la infraestructura de seguridad nacional, como Oracle, que fue creado literalmente a partir de un proyecto homónimo de la CIA, la empresa acaba de recompensar una enorme inversión en TikTok gracias a una ley de este tipo en los Estados Unidos. Si el éxito de tal campaña significa que usted se va a reunir con el senador estadounidense Tom Cotton para ayudarle a redactar una ley contra China, puede ser una señal de tienes una estrategia que hace más mal que bien.

Pero al mismo tiempo, lo contrario también es cierto, ya que muchos  izquierdistas occidentales serios terminan por reconocer estos hechos y se giran completamente en el otro sentido, leyendo documentos de wumao (trolls en línea pagados por el gobierno chino para que aboguen en su nombre) que defienden al estado chino contra las críticas. En última instancia, ofrecen una forma de «solidaridad» que da un barniz de legitimidad a cosas como la represión en Hong Kong y el internamiento en masa en Xinjiang. Incluso medios de comunicación de izquierda bastante importantes, como Monthly Review, han caído en esta trampa. Honestamente, es bastante desagradable ver que estas publicaciones están ayudando a promover la propaganda dirigida a cubrir e incluso negar rotundamente la segunda mayor ola de encarcelamiento masivo en el mundo (después, por supuesto, del complejo carcelario de los EE.UU). Esto ciertamente no tiene nada que ver con la «solidaridad».

Entonces, en realidad, ¿cómo puede la gente «ofrecer solidaridad» a los activistas en China? Por el momento, la mayoría de la gente no puede hacerlo materialmente. A nivel individual, por supuesto, puedes leer sobre estas luchas y aprender más sobre el papel de China en el capitalismo global. No pretendemos desdeñar este tipo de actividad. Se debería hacer. Es una de las razones por las que existimos, después de todo. El comunismo es intrínsecamente internacionalista, lo que obviamente implica la necesidad de conocer las experiencias de la mayor fracción nacional del proletariado mundial que trabaja en los mayores complejos tecnológicos del mundo! Pero por desgracia, leer libros no es realmente solidario. Si tu estás realmente, extremadamente interesado, puedes intentar hacer algunas de las cosas que hemos estado haciendo, que son un poco más materiales, es decir, aprender chino si aún no lo hablas, ayudar a traducir estas experiencias, ir a China para hablar directamente con estos trabajadores, y ampliar aún más esas líneas de comunicación que nosotros y los otros grupos que mencionas aquí (y muchos otros) hemos estado trabajando para construir durante muchos años. Tal vez esto se pueda caracterizar mejor como una especie de «pre-solidaridad», porque son factores necesarios para sentar las bases de lo que podría transformarse, en el futuro, en un apoyo material real y un intercambio real y práctico entre los movimientos.

Dos ejemplos podrían ser útiles, uno histórico y otro reciente. El primero es un ejemplo de militantes chinos aprendiendo de las luchas fuera de China, y el segundo es un ejemplo de lo contrario. Primero lo histórico: una cosa que a menudo se olvida cuando hablamos de «solidaridad» e «internacionalismo» hoy, es la forma pragmática que tomaron estos términos. La solidaridad no sólo significa que «pensamientos y oraciones» o «nuestros corazones y mentes» están contigo! Significaba: ¿estás encaminándote a una insurrección? ¡Genial, nos unimos a ustedes! O, si no podemos tener la nuestra, ¡al menos toma estos cargamentos de armas! Este es un ejemplo extremo, por supuesto, pero señala la naturaleza última de lo que estamos hablando. ¿A qué se parece esta solidaridad internacional para los organizadores chinos en el pasado? Un elemento esencial de esta solidaridad a finales del siglo XIX y principios del XX fue el papel de los programas internacionales de alternancia trabajo-estudio: anarquistas chinos de orígenes algo más ricos utilizaron sus recursos para crear una infraestructura que permitió a jóvenes radicales chinos viajar desde China a lugares como Francia, donde se vieron abocados a la agitada vida de los sindicatos franceses, y luego traer estas experiencias al contexto social chino. Más tarde, también se integrarían programas de intercambio similares con la Unión Soviética. Se pueden hacer muchas críticas sobre los detalles de tales programas, pero la cuestión es que la «solidaridad» era muy práctica, muy material. Este tipo de viajes internacionales directos, de trabajo y estudio –y por supuesto la traducción, la creación de periódicos, bibliotecas, revistas, todo eso va de la mano– fue la verdadera carne de la solidaridad. Y ese es el tipo de cosas por las que nos interesamos.

Esto requiere no sólo una interacción internacional directa, sino también la articulación pragmática de las luchas. Por lo tanto, el segundo ejemplo contemporáneo nos es útil: podemos ver casos reales de solidaridad en la forma en que las tácticas callejeras de Hong Kong informaron a los que participaron en la reciente rebelión en los Estados Unidos. La verdadera solidaridad, después de todo, no sólo significa que agitaré un cartel frente a una embajada, esencialmente pidiendo al gobierno de los Estados Unidos que condene la represión. No, significa que aprenderé las lecciones de esta lucha de vida y muerte y las traduciré directamente a mis propias condiciones. Abordar las injusticias que están a mi alcance, en lugar contentarme con batallas lejanas. Así que si quieres «mostrar tu solidaridad» con Hong Kong, por ejemplo, comparte algunos artículos en Twitter sobre la lucha -y más importante aún, es la formación táctica o el uso de buenas prácticas de seguridad en el Telegram, por ejemplo- pero también salir a las calles y actuar localmente, informándote pragmáticamente alrededor lo que has aprendido.

Hay muchos izquierdistas que esencialmente han pasado años dando conferencias sobre la similitud de sus luchas con las de sus lejanos camaradas en China, imaginando que así se comprometen en la «solidaridad». Pero la realidad es que saber vagamente que la gente está en huelga en China o en los disturbios en Hong Kong no es muy útil, igualmente conocer las razones y la historia detrás de ello no siempre es útil. A fin de cuentas, esta «solidaridad» sale bastante barata. Pero luego tienes a estos niños –y estamos hablando esencialmente de adolescentes– viendo en los medios sociales en directo los disturbios de Hong Kong, viendo algunos de los testimonios que hemos ayudado a agregar y traducir, cubriendo cosas como las formaciones en escudo, y ellos simplemente van a reproducirlas en las calles. ¡Eso es verdadera solidaridad! Porque la acción tiene un costo, por supuesto, y requiere una cierta cantidad de coraje. Dar conferencias sobre luchas lejanas que no parecen pertinentes para sus vidas reales, pero que marcan todas las casillas de un internacionalismo apropiado de «hacer contactos», es una performance del buen hacer solamente útil para acolchar el ego del izquierdista. Eso es fácil. No hace falta ni un gramo de valor y no cuesta nada en sudor o sangre. Así que tal vez a fin de cuentas, en lugar de solidaridad deberíamos decir: sudor y sangre.

Finalmente, queremos remarcar un punto sobre las luchas en el lugar de trabajo. Éstas están empezando a aumentar de nuevo en muchos lugares como resultado del colapso económico que se venía acumulando desde hace mucho tiempo y que finalmente fue iniciado por la pandemia. A lo largo de los años, hemos traducido muchos relatos de estas luchas en la China continental, y hemos elaborado dos artículos más largos que examinan el contexto más ampliamente y sus tendencias más profundas. Aunque la intensidad de estas acciones en China ha ido disminuyendo desde hace algún tiempo, esta historia reciente sigue ofreciendo una serie de lecciones extremadamente prácticas para los trabajadores de lugares como los Estados Unidos o Europa, que se ven cada vez más sometidos a duras condiciones en medio de la crisis. Una de las razones por las que el caso chino ofrece tantas lecciones prácticas es precisamente que la ilegalización de facto de la organización sindical independiente ha significado que todas las grandes huelgas han sido huelgas salvajes que han implicado la acción directa. En ese momento, esto incluía no sólo paros directos de producción, sino también mucha destrucción de bienes, secuestro de jefes e incluso violencia directa contra gerentes abusivos o funcionarios locales corruptos. Tales tácticas fueron, en promedio, también extremadamente efectivas. Todas estas son grandes lecciones para los trabajadores de los países occidentales, especialmente en los Estados Unidos, donde la densidad sindical es increíblemente baja y donde los sindicatos existentes actúan casi exclusivamente para sofocar los disturbios, desviar a los trabajadores de las tácticas verdaderamente eficaces y ceder lentamente en las negociaciones frente a la patronal. Los trabajadores americanos podrían aprender mucho de esto: por ejemplo, no confíen ciegamente en los representantes sindicales oficiales autorizados por el Estado. Y lo más importante: participa en la acción más directa posible para interrumpir el negocio, incluyendo la destrucción de la propiedad. Mientras tanto, ¡encripta tus comunicaciones y prepárate para defenderte de la policía!

AAT: Con el aumento de la vigilancia de las fronteras, la violencia del Estado y la etnosupremacía, tanto en China como en todo el mundo. Quería preguntarle, ¿hasta qué punto ve a China en un futuro próximo como un Estado-nación funcional? ¿Y, la gobernanza/etnosupremacía cada vez más brutal a escala mundial ha influenciado las conclusiones de Chuang sobre el deseo de tener en un futuro Estados-nación comunistas/anarquistas?

(闯): El contexto es importante. Cuando dices, «gobernanza/etnosupremacía cada vez más brutal», te preguntamos: ¿en relación a dónde y cuándo? En realidad, parece que las cosas que siempre han existido son sólo recientemente visibles para muchas personas. Tal vez se le podría llamar «fenómeno Trump» en los EE.UU, por ejemplo, donde de repente el encarcelamiento masivo, los trabajos forzados, la construcción de campos de concentración para migrantes, la separación de las familias en la frontera, los asesinatos policiales, los asesinatos de la extrema derecha y los tiroteos de masas –todas estas cosas aparecen de repente a un grupo de personas al mismo tiempo, no porque no existieran antes, sino más bien porque la elección de Trump desvió su mirada hacia los temas políticos por primera vez en sus vidas. La realidad, por supuesto, es que todo lo mencionado anteriormente tiene una muy, muy larga historia en América. De hecho, esta lista es un buen resumen de la historia americana en general.

Creemos que cualquier política construida en torno a «presiones» sobre los Estados o las empresas para mejorar será un juego perdedor. Piensa, por ejemplo, en las enormes protestas mundiales de hace casi veinte años, cuando los Estados Unidos invadieron Iraq. Hubo enormes manifestaciones en todos los países del mundo. Se aplicó todo tipo de presiones diplomáticas, muchas naciones se negaron a unirse al esfuerzo bélico liderado por los Estados Unidos, surgieron grupos anti-guerra a lo largo y ancho de los Estados Unidos y se organizaron continuamente mientras la guerra comenzaba y continuaba. Y no sirvió absolutamente para nada.

Por lo tanto, el marco histórico es muy importante. ¿Es cierto que si eres un comunista o un anarquista organizando en los EE.UU para la igualdad racial, podrías tener sus comunicaciones vigiladas? ¿Qué podrías ser golpeado por la policía, metido en la cárcel, disparado por lunáticos de derecha? Por supuesto que sí. Pero también ocurría en los años 60, 30, 90 y así sucesivamente. Se podría decir exactamente lo mismo de China, quizás cambiando un poco las fechas. Así que, en este sentido, tendemos a exagerar lo que es realmente nuevo y lo que no lo es, porque nuestros puntos de referencia inmediatos son a menudo una historia bastante reciente que estaba repleta de propaganda promoviendo el fin de la historia como tal, el fin de la lucha de clases, como se desarrollaba la economía, como todo el mundo era de clase media, todas esas tonterías. Por supuesto, incluso en ese momento, esto no era cierto del todo si prestábamos atención al resto del mundo, pero es este falso barniz de la historia reciente el que generalmente nos sirve como referencia espontánea para tratar de entender este período en el que el barniz se está desvaneciendo. Esto no quiere decir que el Estado no tenga necesariamente mucho más poder hoy en día, sólo que es importante medir exactamente cómo lo hace y cómo no lo hace. Es evidente, por ejemplo, que la complejidad de la vigilancia es mayor hoy en día que en el pasado. Esencialmente, la verdadera cuestión es saber si estas capacidades hacen a los estados modernos más o menos resistentes a los desafíos populares a su poder.

Ciertamente podemos señalar la desigualdad verdaderamente extrema en la capacidad de movilizar la fuerza y la violencia. Medido a nivel técnico, la clase capitalista contemporánea, organizada en una miríada de estados, es aterradora en su capacidad de destruir literalmente el mundo. Al mismo tiempo, la mayor supremacía militar es claramente incapaz de librar fácilmente una lucha popular y asimétrica contra ella. Si a esta ecuación se le añaden las condiciones revolucionarias clásicas -como el amotinamiento dentro de las fuerzas armadas, por ejemplo, la deserción masiva del lado conservador al revolucionario, el colapso del aparato productivo, etc… –parece que este desequilibrio no es tan grave como parece a primera vista. La capacidad revolucionaria no puede medirse sólo con el recuento de las armas. Se trata más bien de algo intensivo, que implica una verdadera ruptura en los principales circuitos de la economía mundial y que causa un daño al poder de la clase capitalista de un tipo muy diferente al de muchas revoluciones históricas. Esta es una de las razones por las que el caso chino nos interesa tanto, por la forma única en que el sistema industrial mundial ha concentrado en China una serie de nodos absolutamente esenciales, y lo que podría suceder si una rebelión local detuviera esta producción.

Finalmente, haces una pregunta sobre «el deseo de tener Estados-nación en un futuro comunista/anarquista». La respuesta es muy simple: este deseo no existe. Ningún comunista que se respete puede mirarte a la cara y decir que siempre hay un «Estado» en el comunismo. Si lo hacen, no son comunistas en ningún sentido de la palabra. Y, por supuesto, los anarquistas no desean tener un Estado. Mientras tanto, el término «Estado-nación» siempre ha sido más un esfuerzo de propaganda que una descripción de cualquier unidad fundamental. Si los estados tienen un carácter lingüístico o nacional/cultural, es porque fueron en su fundación y siguen siendo aún hoy en día el mecanismo administrativo de ciertas facciones capitalistas (e históricamente, por supuesto, de élites terratenientes, viejos aristócratas, etc.) que comparten una afinidad lingüística o cultural aproximativa y que, por lo tanto, comenzaron a coordinar sus intereses de acuerdo con esos accidentes de la historia que los habían reunido. Se trataba de alianzas contingentes entre capitalistas, a menudo heredadas de las geografías precapitalistas, que luego asumieron el carácter de culturas «nacionales» más generales.

Pero incluso, para ser honesto, la «nación» es a menudo una broma. Porque el hecho es que las naciones más homogéneas casi siempre han tenido que imponer (a menudo con bastante violencia) la uniformidad y la asimilación de esta llamada cultura nacional. Si se observa, por ejemplo, la formación moderna de estos Estados-nación en Europa, los documentos históricos están llenos de intentos de obligar a todo el mundo a hablar de versiones normalizadas y mutuamente comprensibles del francés, por ejemplo, y a celebrar un subconjunto particular de características culturales claramente nacionales. En muchos lugares, incluso ignorando los ejemplos más flagrantes de estados colonizadores, esto ha significado una supresión bastante significativa de la diversidad lingüística y cultural interna (piénsese, por ejemplo, en por qué la gente habla inglés en las Islas Británicas y no, digamos, galés). Esto es, por supuesto, exactamente lo que el Estado chino sigue haciendo hoy en día, lo que ha causado el reciente conflicto sobre la enseñanza del idioma mongol, por ejemplo.

De hecho, casi todas las pruebas apuntan a un nivel mucho mayor de diversidad cultural y lingüística espontánea que se produce cuando se interrumpen los esfuerzos en sentido contrario. Por lo tanto, cabe esperar que, aunque se haga un gran esfuerzo por construir y mantener una lingua franca (o varias) mutuamente inteligible para el mundo en esa sociedad, también cabe esperar a nivel local que se produzca un florecimiento sin precedentes de prácticas culturales y lingüísticas totalmente nuevas. Sin embargo, sería un error utilizar conceptos como «nación» para describir esas prácticas, del mismo modo que sería un error utilizar la palabra «Estado» para describir cualquier tipo de coordinación colectiva e intencional entre las personas de una sociedad. Son términos que, en su connotación moderna, describen fenómenos propios del arco de las sociedades de clase, desde los primeros imperios agrarios hasta el capitalismo contemporáneo. El proyecto comunista es poner fin a la sociedad de clases. Marx y Engels describen esto como una especie de retorno, en una escala completamente nueva (técnica, demográfica, ecológica), a las relaciones comunistas que han prevalecido durante gran parte de la historia humana. Así pues, sea cual sea la diversidad lingüística, cultural o geográfica que podamos ver en una sociedad comunista, necesitará nuevos términos para describirla, o por lo menos estará mejor descrita utilizando categorías de contextos lingüísticos diferentes -lenguas que surgieron en las sociedades de pastorales nómadas, o entre los cazadores-recolectores, por ejemplo. Y las implicaciones de tales palabras serán muy diferentes.

AAT: Por último, siempre recuerdo lo que me dijo el académico Eli Friedman en nuestra entrevista sobre el (entonces encarcelado) militante sindical Xiangzi, que (parafraseando) nunca sabemos qué protestas internacionales, disidencia o acción directa pueden realmente presionar a China, por lo que tenemos que seguir tratando de encontrar nuevos puntos de presión. Para los activistas que trabajan en temas laborales, Xinjiang, Hong Kong, Tíbet u otros temas relacionados con China, ¿qué nos puedes aconsejar sobre cómo encontrar estos puntos de presión y en ese caso cómo utilizarlos?

(): Repetimos, creemos que cualquier política construida en torno a «presionar» a los estados o las corporaciones para actuar mejor es un juego perdedor. Piensa, por ejemplo, en las gigantescas protestas globales de hace casi dos décadas, cuando los EE.UU invadieron Irak. Hubo enormes manifestaciones, se ejerció la presión diplomática, muchas naciones se negaron a unirse al esfuerzo bélico liderado por los Estados Unidos, surgieron grupos anti-guerra y no sirvió de nada. Los estados y los capitalistas que se sientan detrás de ellos simplemente no están sujetos a ninguna regla de etiqueta que no sea la que ellos mismos han establecido. Así que, en el mejor de los casos, un punto de presión «efectivo» significa rogar a una fracción de la clase capitalista que castigue a otra por sobrepasar los límites. Este tipo de llamamiento al Estado es, de hecho, lo que muchos activistas han estado persiguiendo con respecto a la represión de China en Hong Kong y sus planes asimilacionistas violentos en Xinjiang, el Tíbet y ahora Mongolia. Esperemos que al menos algunos de estos activistas se sientan un poco avergonzados de que los más dispuestos a condenar a China a su lado hayan sido los políticos conservadores y capitalistas nacionales más notorios. Esto debería ser prueba suficiente de que la idea de los «puntos de presión» es en todas partes una estrategia perdedora.

Muchos de los «socialistas» de hoy en día también caen en esa trampa, aunque por el otro lado: pensando que el «antiimperialismo» significa tomar partido por lado en lo que realmente es un conflicto interimperialista en ciernes. Señalando con el dedo la hipocresía de supuestos izquierdistas que comparten artículos de anticomunistas notorios y lunáticos, como Adrian Zenz en Xinjiang, por ejemplo, o comparten fotos de manifestantes de Hong Kong ondeando banderas estadounidenses. Estos son objetivos fáciles, pero son objetivos reales, porque muchas personas cometen estos errores básicos y apelan a las fuerzas conservadoras que también se oponen al «autoritarismo chino» por interés económico o por su ideología evangélica de extrema derecha

–a pesar de que son las mismas personas que impulsan las leyes que prohíben las organizaciones de extrema izquierda en Europa y los EE.UU. Pero es igual de tonto cometer el error equivalente en la dirección opuesta, saltando a la defensa del Estado chino, ignorando la represión de las feministas, de los centros obreros y de los grupos de estudiantes marxistas, o negando rotundamente lo que está sucediendo en Xinjiang.

Contra todo esto, creemos que es más estratégico preguntarse cómo y dónde pueden los comunistas construir un poder real en medio de los actuales levantamientos mundiales, de manera que no se vean simplemente arrastrados por un empuje genérico de políticas sociales «progresistas», o forzados a apoyar a una facción en un conflicto mundial intercapitalista. Una parte importante de este proceso es establecer líneas de comunicación y entendimiento mutuo, a la vez afinando nuestra comprensión del capitalismo global y sus innumerables conflictos. Como se ha mencionado anteriormente, este proyecto se está todavía iniciando, pero es esencial para sentar las bases y ya hemos visto algunos resultados inspiradores, por ejemplo, algunos de los efectos cruzados entre el levantamiento de los Estados Unidos y el levantamiento de Hong Kong un año antes. Es de esperar que este tipo de interacción pueda crecer en profundidad y amplitud con el tiempo, especialmente si los disturbios continúan extendiéndose por todo el mundo.

Y esa es otra parte importante del proyecto: participar en estos ciclos de agitación allí donde estés. Si realmente quieres mostrar «solidaridad» con China, estás perdiendo el tiempo tratando de apelar a la mejor naturaleza de las elites gobernantes. Si esta es tu idea de solidaridad, acabarás avergonzado de los resultados. Es mejor que vayas al frente y defiendas a los alborotadores que están quemando la comisaría de policía y saqueando el Target de Minneapolis; devuélveles el gas lacrimógeno mientras la multitud destruye las tiendas de lujo a lo largo de los Campos Elíseos; lanza piedras a la primera línea de los policías antidisturbios en retirada en Bandung, Indonesia; asalta los edificios federales con las feministas en Ciudad de México. Dondequiera que uno esté, la mejor solidaridad se construye a partir de la sangre y el sudor que hacen que los territorios sean cada vez más ingobernables, poco importa tu comprensión intelectual, por ejemplo, de que la lucha contra el racismo en los Estados Unidos está estructuralmente ligada a la lucha contra las leyes laborales austeras en Indonesia y a la lucha por la llamada «democracia» en Hong Kong. No pierdas el tiempo buscando como «presionar» o dirigiendo peticiones a los dirigentes. En lugar de eso, construye el poder allí donde puedas y como puedas.

http://chuangcn.org/2020/11/interview-with-asia-art-tours/

Traducción π


[1] A propósito, se puede consultar el podcast  de Matt, “The Arts of Travel”, para las entrevistas alrededor de la política, el arte y el activismo de la izquierda radical en toda Asia. Les recomendamos especialmente la entrevista del 15 de noviembre con Geoff Aung, “On The Capitalist Dreamworlds and Nightmares of Myanmar”.