El jardín de Babilonia

Fiesta campestre; David Teniers (1647)

Bernard Charbonneau (1910-1996), geógrafo e historiador de formación, filósofo por vocación, escribió una veintena de libros e innumerables artículos en los que estudió el impacto de la «Gran Transformación» propiciado por la industrialización de la existencia. Considerado como el fundador de la ecología política en Francia, desde los años treinta alertó que la aceleración del progreso técnico y científico ponía en peligro los equilibrios naturales y sociales que permiten al hombre habitar la tierra y vivir en libertad. Su profundo amor por la naturaleza, su rechazo del progreso científico y de la urbe motorizada, hizo que optara por vivir retirado en el campo, lejos de las tertulias parisinas y de las academias, ejerciendo como profesor de geografía e historia en un colegio. Su compromiso en la defensa de la naturaleza lo llevó a fundar y dirigir, junto a su amigo Jacques Ellul, diferentes organizaciones ecologistas, como el Comité de Defensa de la Costa de Aquitania.

El jardín de Babilonia fue publicada originalmente en 1969, estructurada en cuatro partes: La ciudad en el campo; Hacia la ciudad total; El “sentimiento de la naturaleza”, producto de la industria; El fracaso del “sentimiento de la naturaleza”, seguido de la conclusión. De estas, damos lectura a aquellas que nos han parecido más significativas de su pensamiento.

Apuntes sobre el texto
Hubo un tiempo en que no había naturaleza y vivimos el alba de otro en el que seguramente no habrá. Nadie la nombraba porque nadie se había distinguido de ella, y no podía concebirla.
El sentimiento de la naturaleza no es propio del primitivo, del campesino, sino del burgués, sigue a la revolución industrial y va alcanzando progresivamente a los países y a las clases que van quedando englobadas en ella.
Pero hoy día el campo se urbaniza y Europa se convierte en un único suburbio, se va esbozando así un nuevo estadio en el que, al no haber ya naturaleza, su sentimiento tendrá que desaparecer. Puesto que el grueso de la población se concentrará en una nebulosa de ciudades, ya no habrá campo, sino una zona destinada a las industrias del trabajo o a las del ocio, dejará de haber naturaleza. Un mismo sistema definirá los gestos del trabajador en la fábrica y sus vacaciones en el campo, la misma explicación científica se aplicará al espíritu y a la materia, y las técnicas se encargarán de poner orden en el hombre a la vez que en su entorno.

1ª PARTE. LA CIUDAD EN EL CAMPO
La ciudad, lo mismo que el campo, tiende a disolverse en un único extrarradio industrial o residencial, un mundo en el que las últimas granjas y ciudades se hundirían en un océano de bloques de pisos, de fábricas y espacios verdes, como otrora las aldeas se perdían en los bosques. La confusión de la ciudad y el campo es sólo el aspecto geográfico de la constitución de una urbe total.

Lejos del Edén
La naturaleza es una invención de los tiempos modernos. Para el indio de la selva amazónica o para el campesino francés de la 3ª República esa palabra carece de sentido. En un principio el hombre no se distingue de la naturaleza, es parte de un universo sin fisuras donde el orden de las cosas es continuación del de su espíritu, un mismo aliento animaba a los individuos las sociedades las rocas y las fuentes.

De la creación a la naturaleza
Cuando el peso del conformismo social sustituye al del medio natural, el derecho y el deber de ser libre se convierte para el individuo en el de ser ‘naturaleza’, hoy en día decimos ‘auténtico’. Cuando el vestido se adhiere al cuerpo del ser social como una piel, la desnudez primitiva se convierte en una liberación; cuando la moral se convierte en un nuevo sino, a veces el individuo tiene que superarse para seguir sus instintos. Esta naturaleza ¿no sería una ética?
No hay naturaleza sin civilización, hay que vivir en el cemento de las ciudades para maravillarse del cielo y de los árboles, pero tampoco hay civilización sin naturaleza, construirla solo llega a ser un juego apasionante para los hombres si es preciso conquistarla, como tuvieron que hacer los pioneros en el pasado, en un universo que se niega.

El combate contra la naturaleza
Desde que el hombre entra en escena, la naturaleza ya no es sagrada ni tampoco respetada, en cierto sentido en el instante mismo en el que se habla de ella ya no hay naturaleza sino únicamente cosas a explotar, de las que se puede extraer poder o de las que se puede gozar. El hombre que en otro tiempo se perdía confundiéndose con la naturaleza corre el riesgo de destruirse por negar el vínculo que la une a ella.
Hoy tenemos el mundo en nuestras manos, pero, aunque hemos aprendido a explotarlo no sabemos demasiado bien qué hacer con él. Con respecto a la naturaleza podemos considerarnos libres y sin remordimientos si somos capaces de aceptar las responsabilidades que esa libertad implica.
Se ha vencido a la naturaleza, por lo tanto, deberíamos aprender a no considerarla ya como el enemigo que debemos aniquilar. Sin embargo, lo más frecuente es que el hombre solamente haya podido vencer a su viejo adversario aniquilándolo. Una parte cada vez más grande de la humanidad vive en ciudades en las que no subsiste nada de naturaleza, salvo el cielo, o parques que son el colmo del artificio. La tierra está sepultada bajo el hormigón, el horizonte cercado de muros.

La naturaleza es el hombre
Y es que la naturaleza es el hombre, es sólo uno de los nombres de su libertad. Qué más podríamos pedir, es lo más hermoso, lo más intenso de nuestra existencia, de lo más sencillo a lo más sublime, no lo ha inventado nadie. Las nuevas invenciones en el mejor de los casos no son sino nuevos pretextos para viejas alegrías: beber cuando se tiene sed y comer en el momento en que se tiene hambre, meterse en la ola y atrapar un pez, bromear con el amigo o besar los ojos de la amiga, todo lo que podemos adquirir es un añadido, lo esencial nos fue dado el día en que nacimos.
En el pasado teníamos que defender la parte del hombre contra las potencias de la naturaleza, hoy nos corresponde defender la de la naturaleza: respetar sus juegos con su misterio en caso necesario. Entonces el hombre no sólo habrá roto sus cadenas, habrá elegido poner orden, y se habrá convertido en el verdadero rey de la tierra: señor tanto del universo como de sí mismo.

II. La ciudad. La era de la contradicción
La contradicción entre futuro y pasado se ha manifestado bajo la forma objetiva de la oposición entre el campo y la ciudad.
En Francia en el periodo de entreguerras los hombres pensaron qué aquella situación era eterna, el progreso de las ciudades parecía indefinido y el campo inmutable. Las generaciones de aquella época vivieron en la frontera entre dos universos, campesinos que iban a la capital y urbanitas que volvían a la tierra de sus padres se beneficiaron sin saberlo de ambos mundos. Cuando no era sino un breve instante de la mutación que estaba transformando la humanidad en su conjunto.
El hombre del pasado que encontramos en el del mañana niega la contradicción diciéndose que de todos modos el campo es inmutable. Para los habitantes de la ciudad es una suerte de cuenta bancaria inagotable de la que pueden sacar tranquilamente la reacción o el progreso. Es la reserva de espacio, aire puro y agua limpia indispensable para el desarrollo de la industria: la provisión de energía y virtudes tradicionales de las que las fábricas extraen su mano de obra y los cuarteles su infantería, el parque nacional en el que el hombre de las ciudades está seguro de poder disfrutar en total libertad de los placeres de los primeros días.
Hoy nos damos cuenta de que la oposición entre pueblos desarrollados y subdesarrollados es decir predominantemente agrícolas tal vez sea fundamental. Desarrollado significa una sociedad concreta, la sociedad industrial y el calificativo de subdesarrollado engloba de forma confusa todo aquello que no lo es, los recolectores pigmeos, el cultivador de arroz chino pasando por el agricultor alsaciano. África, Sudamérica y Asia se convierten en las huertas de Europa y una Norteamérica en vías de urbanización. Los países subdesarrollados siguen siendo las últimas reservas de esas riquezas que la industrialización ha destruido en otros lugares, reservas de materias primas, reservas de agua y espacio, reservas de naturaleza, en especial de naturaleza humana y los turistas de las ciudades-continente acuden a admirar los animales salvajes y las fiestas tradicionales de los paisanos, no por mucho tiempo, pues el mundo rural cuya estructura social es cada vez más frágil se enfrenta a una sociedad urbana cada vez más poderosa, se descompone mucho más rápidamente.

De la ciudad a la aglomeración urbana
La aglomeración urbana ya no es fruto ni de la naturaleza ni de la razón humanas. Echando un vistazo al mapa de la gran Ciudad Europea, en el centro un núcleo denso apiñado en torno a un gran monumento, a continuación, contenida por el anillo de los últimos bulevares la ciudad moderna, más allá materia edificada que se expande en todas direcciones en el campo. La disposición de los tentáculos de las nuevas barriadas recuerda irremediablemente la proliferación de un tejido canceroso a lo largo del sistema venoso o nervioso.
El extrarradio no es más que un vacío construido, un refugio para los hombres o para las máquinas, una proyección desmesurada de la ciudad, carece de centro de vida propia de grandes almacenes, de teatros, apenas algún que otro bar donde empieza a germinar un embrión de vida social. Y puesto que carece de centro carece de relaciones, cuando el suburbio quiere unirse al suburbio en todos los planos ha de pasar por el centro de la ciudad. Para vivir, trapichear o rezar hay que volver al pasado y retornar al corazón de la vieja ciudad. El suburbio puede ser un hervidero de personas pero sólo se anima cuando éstas lo abandonan, por la mañana y por la tarde para ir a la ciudad y volver, pero en cuanto cae la noche las calles se vacían, el extrarradio ya no es más que un desierto acosado por unas cuantas fieras.
La aglomeración no tiene forma ni límites ni estilo, se desarrolla de manera desordenada y en su inmensidad da una aplastante impresión de anarquía, pero en realidad obedece a determinaciones implacables: el precio del suelo, la facilidad de transporte, necesidades más estrictas que el perímetro sagrado que fijaba la forma de la ciudad, pues son de orden físico y económico.

El suburbio
El suburbio todavía no es ciudad, pero ya no es campo. Es un campo cuyo orden natural ha quedado destruido y una ciudad cuyo orden monumental todavía no se ha construido.
Cuando uno recorre a pie el suburbio la impresión de confusión alcanza su paroxismo, se trata en primer lugar y eso es lo que choca de la manifestación de la miseria, el suburbio vertedero, la charca en otras partes cubierta de nenúfares, está aquí recubierta de una película sospechosamente irisada, está llena de gases que estallan en burbujas cuando se agita el agua con un palo, el descampado erizado de cascos de botellas, de jarras, de muelles de cama, de tenedores desdentados, esa podredumbre industrial que deja tras de sí nuestra civilización, abonada con neumáticos y trapos en todos los grados de descomposición, desde el martillo hasta la carroña casi comestible, el suburbio insalubre, más insalubre que la selva ecuatorial.
El suburbio residencial, el suburbio al que uno vuelve por la noche leyendo el periódico, el del cansancio y el espíritu vacío, ese en el que uno duerme y en el que uno dormita en el eterno retorno de lo cotidiano. El suburbio sin monumentos y sin historia, el suburbio residencial anterior a los ‘complejos de vivienda social’ quien ha visto 10 metros de sus calles ya ha visto los kilómetros por los que prosigue el laberinto, quien ha visto a 10 de sus habitantes ya ha visto a los otros millones que lo pueblan. ¿Una ciudad?, no, una inmensa dispersión de construcciones bajas en las que de cuando en cuando se esboza un simulacro de centro: cafetería, estanco, bazar y cine. El suburbio residencial es el reino del mero alojamiento.

El habitante de la ciudad aislado del cosmos
Los hombres se han concentrado en las ciudades para escapar a las fuerzas de la naturaleza y lo han conseguido. El moderno habitante de la ciudad tiende a estar completamente atrapado en un medio artificial.
Sigue habiendo ciudades cuyo atractivo está unido todavía, por un tiempo, al de la naturaleza, ciudades mediterráneas en las que el sol y el viento penetran hasta el corazón de la sombra, como esas ciudades del Languedoc apreciadas por su tamaño y sus barrios de piedra.
En la ciudad el ciclo de las estaciones, los contrastes del tiempo se difuminan, en invierno para ir de la oficina al piso sobrecalentado, el urbanita se mete en la boca tibia del metro.
Las luces de la ciudad han vencido a la noche y los humos de la ciudad han derrotado al día, un velo de polvo y ruido la aísla del cielo y una capa de asfalto de la tierra.
En el cielo del habitante de la ciudad ya no hay un sol, sino el reloj de la oficina. Otros astros iluminan y gobiernan su tiempo. Como un esclavo lleva una cadena atada a la muñeca, y su amo lleva el refinamiento hasta el punto de venderle ese grillete con el que está atado y que no se romperá hasta el día de su muerte. Es el reloj de pulsera.

La ciudad y la libertad
La gran ciudad actual produce un tipo de hombres en los que el pensamiento y la conducta están disociados al máximo, individuos cuyo pensamiento, para sobrevivir debe separarse de la acción, que pagan el refinamiento absoluto con la impotencia absoluta. Otros han conseguido dejar de pensar. Los individuos más terriblemente solos, en medio de las masas más terriblemente masivas (p.70).

III. La superficie y el punto
El campesino está demasiado implicado en el paisaje como para verlo, cuando aramos nuestro huerto, ordeñamos a nuestras vacas tenemos esas montañas pegadas permanentemente a la chepa y es el parisino quien las conoce mejor que nosotros porque a él la naturaleza le falta. El parisino nos aprecia, no hay más que oír con qué ternura habla de las virtudes provincianas: la sencillez, la prudencia, la seriedad. Nosotros escuchamos, halagados por ese retrato que contradice todo lo que sabemos de nosotros mismos, pero París es nuestra conciencia.
En París la cabeza: la conciencia y la decisión, en la provincia el cuerpo: la naturaleza y la noche primordial. Eso es la estructura fundamental de la sociedad francesa. Las guerras y las revoluciones se suceden, pero dicha estructura no varía y por eso nada cambia, ponerla en cuestión sería el ejemplo máximo de acción revolucionaria, si la revolución se define por ser la ruptura de una evolución.
París, es el centro, hay que descentralizar, cuando el transporte sea más fácil, la provincia se convierte en suburbio, ni Bretaña, ni Provenza, un suburbio hortícola, industrial o residencial. Un vasto suburbio dormitorio al que el hombre se retira para dormir o morir. Cuando la extensión vacía quede reducida a un punto, la descentralización por fin se habrá consumado pero el punto no tiene superficie, por sí mismo no existe.

IV. El campo. El País
Cuando termina la ciudad empieza el campo, su antítesis, es decir su complemento. Y en el campo como en la ciudad el hombre está presente por todas partes, el campo es obra suya tanto como es fruto de la naturaleza, el jeroglífico en el que se unen arroyos, caminos, campos y cercas forma un todo tan coherente que el habitante de la ciudad lo toma por un dato original, cuando es producto de una larga conquista proseguida mal que bien a través de los siglos.
Este paisaje no lo ha diseñado arquitecto alguno y sin embargo ¿hay jardín más hermoso que el campo?, pero no hay uno solo sino cientos a cuál más sorprendentes y no obstante cada uno perfecto, tanto que no se puede cambiar un ápice. En este jardín campestre el trabajo del campesino está por doquier, si el campesino desapareciera o si dejara de frecuentar el bosque anegado, este jardín a orillas del agua se convertiría en un zarzal impenetrable, ni siquiera la montaña es montaña sin más, también los pastos vírgenes son productos del paso de los pastores y sus animales. Cuando los rebaños dejan de pacer en ellos ya no son más que terrenos baldíos, donde se amontona el heno caído sobre el que se deslizan las avalanchas. Cuando se despuebla, como ha ocurrido en Córcega o en otros lugares, las terrazas se derrumban en el bosque y las laderas heridas por los pedregales, vuelven al caos original.
Quien observa el campo en los países europeos no ve ni al hombre ni a la naturaleza, sino la alianza de ambos. El paisaje es la obra cumbre del campesino, nada queda de la sombra primitiva, pero todo se respeta.
El turista que pasa a toda velocidad por la carretera mira el paisaje, pero no capta su sentido, el paisano por todas partes descifra signos, el paseante que corta campo a través no sabe que también está atravesando vidas, las pisadas de hierba más oscura que serpentean por el prado conducen a una fuente a la que cada día viene alguien. Los árboles, las aguas, las piedras colocadas en la hierba indican costumbres y propiedades, por muy vasto que sea el país no hay un árbol que no tenga nombre.
La ciudad moderna es un caos en el que chocan en todo momento colores, sonidos y formas, el frente de sus edificaciones avanza como un incendio. El hombre y la naturaleza, el presente y el pasado, chocan en ella y se destruyen mutuamente, mientras que en el campo han tenido tiempo para entenderse. Las casas y los pueblos que tampoco son otra cosa que piedra, barro, madera se alzan allí donde hace falta, exactamente como hace falta, las granjas se esparcen a lo largo de las cumbres, cara al sudeste, hacia la montaña y el sol, en cambio el suburbio es enjambre en movimiento, mientras que en el campo como en la ciudad antigua no hay nada que no tenga su emplazamiento, su lugar. Hecha con los elementos del país, como el paisaje, la obra de las gentes no niega a la naturaleza, sino que la completa, no es una obra que obedece a meras razones económicas, técnicas, estéticas como los monstruos industriales o las ridículas viviendas unifamiliares de los suburbios.
El edén no es una selva virgen, es un jardín reconquistado sin desmayo, gracias al trabajo del jardinero, su mano invisible está presente por doquier, no hay paisaje sin campesino, si este lo abandonara aquel se descompondría. El edén terrestre es el fruto del esfuerzo y la pobreza, ¿cómo renunciar a ellos sin destruirlo?

El paisano
Allí donde existe, el campesino es el hombre del país, el paisano. El hombre del lugar, al que la casa familiar fija al centro del tiempo y del espacio. Fijado al suelo, el campesino dispone de la inmensidad, al contrario que esos chalets de suburbio que se diseminan al azar y que no obstante se amontonan. El campesino tiene espacio por todas partes, el norte el sur el este y el oeste en las cuatro caras de su granja. Por contra el cuchitril urbano está encerrado en el infierno pétreo de un edificio tapiado dentro de la ciudad.
El campesino sigue y domina el curso del tiempo. El universo lo rodea y vive con él. Sus labores dependen de la estación y su ritmo va y viene. Así pues, el campesino es libre. En esa jornada interminable de su día a día, él se toma su tiempo, puesto que es dueño de sí, por duro que sea su esfuerzo, tiene un sentido, porque a cada instante él puede elegir el ritmo, porque lo que está en juego es el destino de su tierra.
El futuro del campo no son las estepas mecanizadas sino las huertas lombardas u holandesas. Es preciso aceptar que la opción por la gente, por el campesino, se salda a veces con el sacrificio de la productividad. Sin embargo, ese sacrificio es revolucionario, si lo característico de la revolución es romper con la evolución.

2ª PARTE. HACIA LA CIUDAD TOTAL
Los costes de megalópolis
El sueldo medio es mucho más elevado en París que en otros lugares, pero las estadísticas no tienen en cuenta ciertas riquezas como por ejemplo el espacio, el tiempo, el silencio, el aire y la libertad. No es dinero lo que falta en megalópolis, Paris es un monstruo devorador que exige sin cesar, tanto a la sociedad como a los individuos dinero y más dinero y es que aquí hay que pagar y bien caros los auténticos bienes que en otras partes son gratuitos, particularmente el espacio, 50.000 personas se reparten un kilómetro cuadrado en el centro.
‘Urbanitis’ es la patología de la ciudad. Si el uso de hidrocarburos para los sistemas de calefacción y de transporte sigue creciendo la contaminación del aire alcanzará el umbral a partir del cual el organismo ya no puede soportarlo. Hay que beber y lavarse con un agua que no es sino el agua reciclada de sus alcantarillas. El ruido ataca los nervios, impensable pasear por lugares en los que rugen las máquinas como si del taller de una fábrica se tratara, conversar y escuchar se vuelve imposible, la ciudad cuyo centro era un paseo y un ágora se convierte en un lugar en el que uno calla en medio del estrépito. Adaptarse o volverse loco, la sola protesta que se alza hoy contra la inhumanidad de las grandes aglomeraciones modernas es el plebiscito de la creciente neurosis, el aumento del delirio sigue al progreso del confort.
Falta espacio, la crisis de la vivienda y sobre todo en Europa y en los países socialistas, es paralela al crecimiento de las ciudades, en los países del norte, escandinavos, más sensibles a la naturaleza o que se han urbanizado antes, mantienen casas bajas y jardines, entre la naturaleza, pero eso corresponde a los barrios de lujo, como en Estados Unidos.

La amenaza de apoplejía
El transporte diario de las masas humanas impone a la sociedad un despilfarro de trabajo y de dinero y este enorme sistema se sostiene únicamente porque la nación entera lo subvenciona ya se trate de trenes de cercanías o de costosas carreteras. Y luego está el automóvil que acaba convirtiendo el transporte en una tarea infernal. Acaba ocurriendo que la multiplicación del movimiento tiende a engendrar inmovilidad, el atasco fatal ha llegado a obsesionar a los prefectos tanto como los disturbios. Llegará un día en que no haya más remedio que prohibir los vehículos privados (como está ocurriendo).

CONCLUSION
Si no cambia nada, el crecimiento indefinido de la masa humana, de sus apetitos y sus medios, sólo puede conducir a la destrucción de la naturaleza. Destrucción que la necesidad cada vez mayor que el hombre tiene de la propia naturaleza no hará más que acelerar.
Existe un riesgo nada despreciable de que el hombre sea destruido por la destrucción de su medio, y es que una buena prospectiva no debe olvidar que un siglo de sociedad industrial no es nada y que ésta acaba de nacer.
Fuera del equilibrio natural del que hemos salido, si los datos que disponemos actualmente no cambian, tenemos un solo futuro: un universo completamente artificial, estrictamente social. La sociedad -la ciudad- estará por todas partes, incluso tras las apariencias de naturaleza, será impensable vagar por los bosques, perseguir una presa, un pez, ya no tendremos el tiempo, porque la sociedad anegará de respuestas los incontables deseos que no dejará de suscitar, no habrá ni plantas ni bichos vivientes que podamos coger, solo un sinfín de productos y sobre todo un sinfín de espectáculos.
El hombre vivirá de la sustancia del hombre, en una especie de universo subterráneo, ya sea en algún lugar de esta tierra devastada o bajo algún tipo de cúpula hermética, en la atmósfera venenosa de un planeta desconocido.
¿Es verdad que tal y cómo van las cosas tendremos que pensar en renunciar definitivamente a la naturaleza, es decir a nosotros mismos? Lo único que importa es saber si este dictamen es en líneas generales exacto, sí lo es, el resto depende de nosotros. La única derrota es negarse a considerar el actual estado de cosas, por lo demás el futuro será lo que hagamos de él.
Hay que ser muy superficial para reducir la naturaleza a espectáculo, o a depósito de energía y materias primas. Los románticos decían: la naturaleza es una madre, no es una madre, es la madre, el origen del hombre.
Si el hombre pone el sentido de la vida en el puro devenir, en la pura explosión de energía, en el progreso indefinido del goce del poder, puede negar que haya una naturaleza que hay que respetar, y una naturaleza humana, pero entonces, víctima de las fuerzas que habrá desencadenado, el hombre corre peligro de desaparecer en la hoguera de un desorden mundial, cataclismo o guerra.

No es mi intención (la del autor, claro) replicar a la realidad proponiendo una utopía. A lo largo de este libro ya he bosquejado soluciones y sobre todo mis críticas suponían de manera implícita los remedios. Este gran cambio puede dar comienzo en la manera personal de pensar y vivir el sentimiento de la naturaleza, en la medida en que la sociedad nos deja cierto margen de libertad de nuestras actividades de ocio, ¿por qué no podría elevarse un determinado estilo de viaje a la categoría de ética?, ¿por qué en vez de descanso y evasión no puede llegar a convertirse en una labor? sobre todo de imaginación. La organización del turismo es la negación del viaje, porque el viajero es aquel que elige su meta y su camino. ¿Por qué no rechazar deliberadamente las agencias, la señal indicadora o los telesillas? El viaje solo tiene interés gracias a la invención y el esfuerzo, la organización se lo quita, el paisaje más bello es aquel que el ojo descubre, no aquel cuya foto está en todas partes. Desgraciadamente la industria del turismo genera más dinero que una petroquímica, muy pronto no quedará yacimiento de belleza que no sea explotado como si de petróleo se tratase.
Aunque la libertad de viajar pertenece a todo el mundo sin distinción de clase, no es menos cierto que el turismo masivo y organizado quita su razón de ser al viaje, al acelerar la destrucción de las culturas y la naturaleza.
Así pues, no más inversiones inútiles destinadas al aburguesamiento del tiempo libre, cuando lo esencial consiste en la reducción del tiempo de trabajo de los individuos, y que quede a su cargo encontrarle un uso a ese tiempo.
Si el reino del ocio es el de la libertad, ¿por qué gastar tanto en teleféricos que suban al rebaño humano a las cimas?

¿Por qué, con vistas a la conservación de los parajes, a una producción y a un estilo de calidad, no puede considerarse rentable al campesino?
El policultivo de la explotación familiar podría mantenerse si se le permitiera vender a un precio más alto auténticos productos de granja. Quien eligiera vivir en estas zonas renunciaría a ciertas comodidades de la ciudad, pero, a cambio, gozaría de algunos placeres del campo. La penetración del turismo estaría controlada, reducida a sus manifestaciones más discretas, como el alojamiento en casas particulares. No se trata de limitarse a expulsar la naturaleza a una reserva, hace falta reintegrarla en nuestra vida.
No hay defensa de la naturaleza posible si la multiplicación indefinida de personas y productos sigue siendo un valor y al mismo tiempo un sino. No habrá naturaleza en una Francia de cien millones de franceses, sino autopistas que conducirán de una fábrica a otra, ya sea química o turística.
De ahora en adelante, cualquier empresa debería ser considerada desde un punto de vista biológico y humano, no solamente en función de la producción o de la nación, sino teniendo en cuenta la totalidad del equilibrio que perturba.