Huelga pandémica y coronavirus

Wuhan

Publicamos la continuación de la entrevista con el biólogo evolutivo y filogeógrafo* marxista Robert G. Wallace. Después de las «notas sobre el nuevo coronavirus«, esta tercera contribución del 15 de marzo cierra el triplete de análisis de Wallace. Al insistir en el papel de la lucha de clases en forma de «huelga pandémica» –pudiendo añadir las revueltas en las prisiones– el autor señala los medios necesarios para realizar plenamente el «distanciamiento social» tan fuertemente defendido por casi todos los gobiernos. Si esta medida de urgencia parece razonable desde el punto de vista epidemiológico, encuentra sin embargo los límites prácticos del Estado capitalista (y de su burocracia sindical en Italia), desde el momento en que llega a su aplicación concreta: los imperativos capitalistas de mantener en la medida de lo posible los intercambios comerciales y salariales a pesar de la pandemia están entonces en contradicción con el interés de la salud de los trabajadores. Por último, la criminalización de las huelgas en Italia, encarnada por las detenciones arbitrarias de los y las huelguistas tras el estado de emergencia, nos muestra que el «distanciamiento social» promovido por el Estado es necesariamente parcial e impide la autodefensa de clase.

Nota del autor: Después de pulsar el botón de «enviar», me di cuenta de que, dos semanas después de la primera entrevista,  ahora mis respuestas toman un tono más tajante. Mientras que antes había abordado la epidemia con un análisis estructural radical y consistente, ahora que la pandemia se acerca, empiezo a sentir una cruel falta de tácticas radicales de lucha.

Quisiera pedirle su opinión sobre la reciente propuesta de las autoridades británicas de no tomar ninguna medida drástica para contener el virus y de confiar, en cambio, en el desarrollo de una inmunidad colectiva. Usted escribió: «Esto es un fracaso que pretende ser una solución. «¿Puede contarnos algo más sobre ello?

Robert Wallace: Los conservadores británicos afirman que adoptan la posición estadounidense al rechazar activamente la idea de que la cobertura médica es el mejor remedio activo. El gobierno está tratando de capitalizar su tardía respuesta dejando que el COVID-19 haga su trabajo entre la población, para generar una inmunidad colectiva que creen que protegerá a los más vulnerables. Esto es exactamente lo contrario del «no haré daño» del juramento hipocrático. Es más bien: causemos el máximo daño.

En los círculos epidemiológicos, la inmunidad colectiva en una epidemia se considera, en el mejor de los casos, como un beneficio colateral poco glorioso. En ese caso se suponen suficientes personas portadoras de anticuerpos de la epidemia anterior para mantener la población propensa a la enfermedad lo suficientemente baja como para que no se produzcan nuevas infecciones, protegiendo así incluso a los que no estaban expuestos anteriormente. Sin embargo, este efecto sólo es transitorio si el patógeno en cuestión continúa evolucionando, incubado por la población. Sería mejor inducir esta inmunidad a través de campañas de vacunación. En general, la mayoría de la población necesita ser vacunada para lograr ese resultado. Lo que, aparte de los fallos del mercado para producir suficientes vacunas, no representa un problema puesto que casi nadie muere como resultado de ello.

Dado el número de muertes que una pandemia letal deja a su paso, ningún sistema de salud lo fijaría deliberadamente como objetivo para un epifenómeno posterior. Ningún gobierno responsable de las vidas que componen la población dejaría el campo libre a tal agente patógeno –sean cuales sean los trucos que anuncien sobre la «detención» de la propagación, como si un gobierno que ya reacciona con retraso pudiera ejercer un control mágico. Una campaña de negligencia deliberada mataría a cientos de miles de personas vulnerables que los Conservadores dicen querer proteger.

Aniquilar el pueblo para salvarlo es el primer principio de un Estado con un carácter de clase más virulento. Es la señal de un imperio en las últimas, incapaz de librar la batalla de la misma manera que China u otros países, afirmando que sus fracasos son precisamente la solución.

En Italia, a pesar de la cuarentena y de que son pocas las personas que pueden trabajar desde su casa, muchos trabajadores-as siguen desplazándose a sus lugares de trabajo todos los días. Muchas tiendas están cerradas, pero la mayoría de las fábricas permanecen abiertas, incluso cuando no producen artículos de primera necesidad. Recientemente, los sindicatos y la federación patronal italiana concluyeron un acuerdo sobre medidas de seguridad en el lugar de trabajo, que sólo da «recomendaciones» a las empresas sobre la distancia entre los empleados-as, la limpieza, el uso de máscaras, sin más detalles. Hay fuertes razones para creer que no serán respetadas. ¿Qué piensas de esto? ¿Es el poder de los trabajadores-as una variable epidemiológica?

RW: Los trabajadores-as son tratados-as como carne de cañón. No sólo en el campo de batalla, sino también en casa. En este caso, tienes un virus que se está extendiendo entre la población italiana más rápido que en China, y el Capital pretende que el negocio sigua adelante –su negocio. Negociar un acuerdo que permita continuar el trabajo sin precauciones epidemiológicas de alto nivel –básicamente diciendo que comeremos cualquier basura que nos sirvan– es devastador, tanto para los trabajadores como para la propia salud del país.

Si no es por la legitimidad de vuestros sindicatos, sea entonces por tu propia vida, la vida de vuestros compañeros más vulnerables y los miembros de vuestra comunidad, ¡cerrad estas fábricas! El aumento de los casos en Italia es tan asombroso que la autocuarentena y las condiciones de trabajo negociadas no bastarán para detener la epidemia. El COVID-19 es demasiado infeccioso y, en un contexto de hacinamiento médico, demasiado mortal para conformarse con medidas a medias. Italia está abrumada por un virus devastador, y la batalla se está librando puerta a puerta, casa a casa. Lo que quiero decir es que Italia tiene que mover el culo, y ahora es el momento de hacerlo.

Es cierto que en los días más oscuros y peligrosos, los trabajadores-as sostienen el mundo en sus manos, incluso durante una epidemia mortal. Pero si el trabajo en cuestión no es indispensable, debe ser interrumpido durante la cuarentena generalizada. Como en muchos países del mundo, el gobierno debe garantizar los salarios de los trabajadores-as por el bien de la salud pública.

No me corresponde a mí tomar la decisión, y mi propio país (los Estados Unidos, NdT) está arruinando su respuesta a la pandemia, pero si el Capital se opone a tales esfuerzos para proteger la salud de millones de personas, entonces los trabajadores-as italianos-as, como los de otros lugares, deberían sacar a la luz su orgullosa historia de activismo obrero y encontrar la manera de arrebatar el mando de las operaciones a los codiciosos e incompetentes. Si las fábricas que producen bienes no esenciales siguen funcionando, significa que a la dirección y a los especuladores que están detrás de ellas les importamos una mierda. Incluso hoy día, el director financiero está más que encantado de poder contabilizar los trabajadores-as muertos-as como costos de producción, mientras pueda salirse con la suya.

No sería la primera vez que los habitantes de la región se levantan durante una epidemia. El historiador Sheldon Watts informa de una inesperada revuelta en los albores del capitalismo del desastre:

«En sus prisas por salvar el pellejo huyendo (de la peste), los magistrados florentinos se inquietaron de que la plebe, que dejaron atrás, tomara el control de la ciudad; este temor quizás estaba justificado. En el verano de 1378, cuando los conflictos entre facciones paralizaron por un tiempo la élite florentina, los trabajadores textiles tomaron el control del gobierno y permanecieron en el poder durante varios meses».

Hoy, varios meses podrían salvar varios miles de vidas. Mientras que la mayoría de los países están a unos diez días de la difícil situación italiana, los trabajadores italianos pueden mostrar al resto del mundo que la vida de las masas más pobres vale más que el beneficio de unos cuantos.

21-03-20
https://agitationautonome.com/2020/03/21/greve-pandemique-et-coronavirus-entretien-avec-robert-g-wallace/

Robert G. Wallace es autor de “Big Farms Make Big Flu” (Las grandes granjas hacen grandes gripes), publicado en 2016.

* La filogeografía estudia los procesos históricos que podrían ser responsables de las distribuciones geográficas de individuos.