Contagio social: guerra de clases microbiológica en China

Traducción de un largo artículo, publicado el 6 de febrero de 2020 en la web de Chuang, sobre  las repercusiones del sistema capitalista mundial en otra epidemia viral, el coronavirus, en la población china.

El horno

Wuhan es conocido coloquialmente como uno de los «cuatro hornos» de China por su verano húmedo y caluroso y opresivo, compartido con Chongqing, Nankín y alternativamente con Nanchang o Changsha, todas ciudades bulliciosas con largas historias a lo largo o proximas al valle del río Yangtsé. De las cuatro, Wuhan también está salpicada de hornos en sentido estricto: el enorme complejo urbano actúa como una especie de núcleo para las industrias del acero, del hormigón y otras industrias relacionadas con la construcción de China. Su paisaje está salpicado de altos hornos de enfriamiento lento, las últimas fundiciones de hierro y acero de propiedad estatal, ahora presa de la sobreproducción y obligado a una nueva y polémica ronda de reducción de efectivos, privatización y reestructuración general, que ha dado lugar a varias huelgas y protestas de gran envergadura en los últimos cinco años. La ciudad es esencialmente la capital de la construcción de China, lo que significa que ha desempeñado un papel especialmente importante en el período posterior a la crisis económica mundial, ya que ésos fueron los años en que el crecimiento chino se vio impulsado por la canalización de fondos de inversión hacia proyectos de infraestructuras e inmobiliarios. Wuhan no sólo alimentó esta burbuja con su exceso de oferta de materiales de construcción e ingenieros civiles, sino que también, al hacerlo, se convirtió en la ciudad del boom inmobiliario. Según nuestros propios cálculos, en 2018-2019 la superficie total dedicada a obras de construcción en Wuhan era equivalente al tamaño de la isla de Hong Kong en su conjunto.

Pero ahora este horno que impulsó la economía china después de la crisis, se parece, a los hornos de sus fundiciones de hierro y acero, que se están enfriando. Aunque este proceso ya estaba en marcha, la metáfora ya no es simplemente económica, ya que la ciudad, antaño bulliciosa, ha estado sellada durante más de un mes y sus calles han sido vaciadas por mandato del gobierno: «La mayor contribución que pueden hacer es: no se reúnan, no causen caos», decía un titular del diario Guangming, dirigido por el departamento de propaganda del Partido Comunista Chino (PCCh). Hoy, las nuevas y amplias avenidas de Wuhan y los relucientes edificios de acero y cristal que las coronan están todos fríos y huecos, ya que el invierno disminuye durante el Año Nuevo Lunar y la ciudad se estanca bajo la constricción de la amplia cuarentena. Aislarse es un buen consejo para cualquier persona que se encuentre en China, donde el brote del nuevo coronavirus (recientemente rebautizado como «SARS-CoV-2» y la enfermedad «COVID-19») ha matado a más de dos mil personas; más que su predecesora, la epidemia de SARS de 2003. El país entero está en cuarentena, como lo estuvo durante el SARS. Las escuelas están cerradas y la gente está encerrada en sus casas en todo el país. Casi toda la actividad económica se detuvo por la fiesta del Año Nuevo lunar, el 25 de enero, pero la pausa se extendió por un mes para frenar la propagación de la epidemia. Los hornos de China parecen haber dejado de arder, o por lo menos se han reducido a brasas.  En cierto modo, la ciudad se ha convertido en otro tipo de horno, ya que el coronavirus arde a través de su población como una fiebre masiva.

El brote ha sido culpado incorrectamente de todo, desde la conspiración y/o la liberación accidental de una cepa del virus del Instituto de Virología de Wuhan –una afirmación dudosa difundida por los medios sociales, particularmente a través de mensajes paranoicos en Facebook de Hong Kong y Taiwán, pero impulsada por medios de comunicación conservadores e intereses militares en Occidente– hasta la propensión de los chinos a consumir alimentos «sucios» o «extraños», ya que el brote de virus está relacionado con murciélagos o serpientes vendidas en un «mercado húmedo» medio ilegal especializado en la fauna silvestre y otros animales raros (aunque ésta no fue la fuente definitiva). Ambos temas son testimonio del evidente belicismo y orientalismo que caracterizan los reportajes sobre China, subrayado en varios artículos. Pero incluso estas respuestas tienden a centrarse sólo en cuestiones de cómo se percibe el virus en la esfera cultural, dedicando mucho menos tiempo a indagar en la dinámica mucho más brutal que se oculta bajo el frenesí de los medios de comunicación.

Una variante un poco más compleja comprende al menos las consecuencias económicas, aunque exagera la retórica de las posibles repercusiones políticas. Aquí encontramos los sospechosos habituales, que van desde los políticos clásicos mata dragones hasta los que abrazan el alto liberalismo: las agencias de prensa, de la National Review al New York Times, ya han insinuado que el brote puede provocar una «crisis de legitimidad» del PCCh, aunque apenas hay un indicio en el aire. Pero el núcleo de la verdad de estas predicciones reside en la comprensión de las dimensiones económicas de la cuarentena, –algo que difícilmente podría perderse los periodistas con carteras de acciones más gruesas que sus cráneos. Porque el hecho es que, a pesar de la llamada del gobierno a aislarse, la gente puede verse pronto obligada a «reunirse» para atender las necesidades de la producción. Según las últimas estimaciones iniciales, la epidemia ya provocará que el PIB de China se reduzca a un 5 % este año, por debajo de su ya de por sí débil tasa de crecimiento del 6 % del año pasado, la más baja en tres décadas. Algunos analistas han dicho que el crecimiento en el primer trimestre podría disminuir en un 4 % o menos, y que esto podría desencadenar algún tipo de recesión mundial. Se ha planteado una pregunta impensable hasta ahora: ¿qué le sucederá realmente a la economía mundial cuando el horno chino comience a enfriarse?

Dentro de la propia China, la trayectoria final de este evento es difícil de preveer, pero la situación ya ha dado lugar a un raro proceso cuestionamiento colectivo y de aprendizaje de la sociedad. La epidemia ha infectado directamente a casi 80.000 personas (según la estimación más conservadora), pero ha supuesto una conmoción para la vida cotidiana bajo el capitalismo de 1.400 millones de personas, atrapadas en un momento de autorreflexión precaria. Este momento, aunque lleno de miedo, ha hecho que todos se hagan simultáneamente algunas preguntas profundas: ¿qué me va a suceder? ¿Y a mis hijos, a mi familia y a mis amigos? ¿Tendremos suficiente comida? ¿Me pagarán? ¿Podré pagar el alquiler? ¿Quién es responsable de todo esto? De una manera extraña, la experiencia subjetiva es algo así como la de una huelga de masas, pero que, en su carácter no-espontáneo, de arriba hacia abajo y, sobretodo en su hiperatomización involuntaria, ilustra los enigmas básicos de nuestro propio presente político estrangulado de una manera tan clara como las verdaderas huelgas de masas del siglo anterior dilucidaron las contradicciones de su época. La cuarentena, es como una huelga vaciada de sus características comunales, pero sin embargo capaz de provocar un profundo choque tanto en la psique como en la economía. Este hecho por sí solo la hace digna de reflexión.

Por supuesto, la especulación sobre la inminente caída del PCCh es una tontería previsible, uno de los pasatiempos favoritos de The New Yorker y The Economist. Mientras tanto, los protocolos normales de supresión de medios de comunicación están en marcha, en los que los artículos de prensa abiertamente racistas publicados en los medios de comunicación tradicionales son contrarrestados por un enjambre de artículos de opinión en la web que polemizan contra el orientalismo y otras facetas de la ideología. Pero casi toda esta discusión se queda en el nivel de la representación –o, en el mejor de los casos, en la política de contención y en las consecuencias económicas de la epidemia–, sin profundizar en las cuestiones de cómo se producen esas enfermedades en primer lugar, y aun menos en su distribución. No obstante, ni siquiera eso es suficiente. No es el momento de un simple ejercicio de «Scooby-Doo marxista» que quite la máscara al villano para revelar que, sí, en efecto, ¡fue el capitalismo el que causó el coronavirus desde el principio! Eso no sería más sutil que los comentaristas extranjeros olfateando el cambio de régimen. Por supuesto que el capitalismo es culpable –pero ¿cómo se interrelaciona exactamente la esfera socioeconómica con la biológica, y qué tipo de lecciones más profundas se podrían sacar de toda la experiencia?

En este sentido, la epidemia ofrece dos oportunidades para la reflexión. En primer lugar, se trata de una apertura instructiva en la que podríamos examinar cuestiones sustanciales sobre la forma en que la producción capitalista se relaciona con el mundo no humano al nivel más fundamental –cómo, en resumen, el «mundo natural», incluidos sus sustratos microbiológicos, no puede entenderse sin referencia a la forma en que la sociedad organiza la producción (porque, de hecho, ambos no están separados). Al mismo tiempo, esto no rescuerda que el único comunismo digno de ese nombre es el que incluye el potencial de un naturalismo plenamente politizado. En segundo lugar, también podemos utilizar este momento de aislamiento para nuestra propia reflexión sobre el estado actual de la sociedad china. Algunas cosas sólo se aclaran cuando todo se detiene de forma inesperada, y una desaceleración de este tipo solo puede hacer visibles las tensiones hasta entonces ocultas. A continuación, exploraremos estas dos cuestiones, mostrando no sólo cómo la acumulación capitalista produce tales plagas, sino también cómo el momento de la pandemia es en sí mismo un caso contradictorio de crisis política, haciendo visibles a las personas los potenciales y las dependencias invisibles del mundo que les rodea, al tiempo que ofrece una excusa suplementaria para la extensión creciente de los sistemas de control de la vida cotidiana.

La producción de plagas

El virus que está detrás de la actual epidemia (SARS-CoV-2), al igual que su predecesor de 2003, la gripe aviar y la gripe porcina que la precedieron, se gestaron en el nexo de economía y epidemiología. No es casualidad que tantos de estos virus hayan tomado el nombre de animales: la propagación de nuevas enfermedades a la población humana es casi siempre producto de lo que se llama transferencia zoonótica, que es la forma técnica de decir que tales infecciones pasan de los animales a los humanos. Este salto de una especie a otra está condicionado por cosas tales como la proximidad y la regularidad del contacto, todo lo que construye el entorno en el que la enfermedad se ve obligada a evolucionar. Cuando esta interfaz entre humanos y animales cambia, también cambia las condiciones dentro de las cuales tales enfermedades evolucionan. Detrás de los cuatro hornos, por lo tanto, se encuentra un horno más fundamental que sostiene los centros industriales del mundo: la olla a presión evolutiva de la agricultura y la urbanización capitalistas. Esto proporciona el medio ideal a través del cual plagas cada vez más devastadoras nacen, se transforman, son inducidas a saltos zoonóticos y luego son vectorizadas agresivamente a través de la población humana. A esto se añaden procesos igualmente intensivos que tienen lugar en los márgenes de la economía, donde las personas que se ven empujadas a incursiones agroeconómicas cada vez más extensas en ecosistemas locales encuentran cepas «salvajes». El coronavirus más reciente, en sus orígenes «salvajes» y su repentina propagación a través de un núcleo fuertemente industrializado y urbanizado de la economía mundial, representa ambas dimensiones de nuestra nueva era de plagas político-económicas.

La idea básica en este caso es desarrollada más a fondo por biólogos de izquierda como Robert G. Wallace, cuyo libro Big Farms Make Big Flu (“Las grandes granjas hacen la gran gripe”), publicado en 2016, expone exhaustivamente la conexión entre la agroindustria capitalista y la etiología de las recientes epidemias, que van desde el SRAS hasta el Ébola [1]. Estas epidemias pueden agruparse en dos categorías, la primera de ellas originada en el corazón de la producción agroeconómica, y la segunda en su interior. Al rastrear la propagación del H5N1, también conocido como gripe aviar, resume varios factores geográficos clave para las epidemias que tienen su origen en el núcleo productivo:

Los paisajes rurales de muchos de los países más pobres se caracterizan hoy en día por una agroindustria no regulada que ejerce presión sobre los barrios periféricos. La transmisión no controlada en estas zonas vulnerables aumenta la variación genética con la que el H5N1 puede desarrollar características específicas para el ser humano. Al extenderse por tres continentes, el H5N1 de rápida evolución también entra en contacto con una variedad cada vez mayor de entornos socio ecológicos, incluidas las combinaciones locales específicas de los tipos de huéspedes predominantes, los modos de cría de aves de corral y las medidas de sanidad animal [2].

Esta propagación está, por supuesto, impulsada por los circuitos mundiales de mercancías y las migraciones regulares de mano de obra que definen la geografía económica capitalista. El resultado es «un tipo de selección demoníaca en aumento» a través del cual el virus se plantea un mayor número de vías evolutivas en un tiempo más corto, permitiendo que las variantes más aptas superen a las demás.

Pero éste es un punto fácil de señalar, y ya común en la prensa dominante: el hecho de que la «globalización» permite la propagación de esas enfermedades más rápidamente –con una adición importante, observando cómo este mismo proceso de circulación también estimula al virus a mutar más rápidamente. La verdadera cuestión, sin embargo, es anterior: antes de que la circulación aumente la resiliencia de esas enfermedades, la lógica de base del capital ayuda a tomar cepas virales previamente aisladas o inofensivas y colocarlas en entornos hiper competitivos que favorecen los rasgos específicos que causan las epidemias, tales como la rapidez del ciclo de vida del virus, la capacidad de salto zoonótico entre especies portadoras y la capacidad de desarrollar rápidamente nuevos vectores de transmisión. Estas cepas tienden a destacar precisamente por su virulencia. En términos absolutos, parece que el desarrollo de cepas más virulentas tendría el efecto contrario, ya que matar antes al huésped da menos tiempo para que el virus se propague. El resfriado común es un buen ejemplo de este principio, ya que generalmente mantiene niveles bajos de intensidad que facilitan su distribución generalizada en la población. Pero en determinados entornos, la lógica opuesta tiene mucho más sentido: cuando un virus tiene numerosos huéspedes de la misma especie en estrecha proximidad, y especialmente cuando estos huéspedes pueden tener ya ciclos de vida acortados, el aumento de la virulencia se convierte en una ventaja evolutiva.

De nuevo, el ejemplo de la gripe aviar es un ejemplo destacado. Wallace señala que los estudios han demostrado que «no hay cepas endémicas altamente patógenas (de gripe) en las poblaciones de aves silvestres, que son el reservorio último de casi todos los subtipos de gripe» [3]. En cambio, las poblaciones domesticadas agrupadas en granjas industriales parecen mostrar una clara relación con esos brotes, por razones obvias:

Los crecientes monocultivos genéticos de animales domésticos eliminan cualquier cortafuego inmunológico que pueda existir para frenar la transmisión. Los tamaños y las densidades de población más grandes facilitan mayores tasas de transmisión. Tales condiciones de hacinamiento reducen la respuesta inmunológica. El alto rendimiento, que forma parte de cualquier producción industrial, proporciona un suministro continuamente renovado de sujetos sensibles, el combustible para la evolución de la virulencia [4].

Y, por supuesto, cada una de estas características es una consecuencia de la lógica de la competencia industrial. En particular, la rápida tasa de «rendimiento» en tales contextos tiene una dimensión biológica muy marcada: «Tan pronto como los animales industriales alcanzan el volumen adecuado, son sacrificados. Las infecciones gripales residentes deben alcanzar rápidamente su umbral de transmisión en cualquier animal dado […]. Cuanto más rápido se produzcan los virus, mayor será el daño al animal» [5]. Irónicamente, el intento de suprimir tales brotes mediante la eliminación masiva –como en los recientes casos de peste porcina africana, que provocaron la pérdida de casi una cuarta parte del suministro mundial de carne de cerdo– puede tener el efecto no deseado de aumentar aún más esta presión de selección, induciendo así la evolución de cepas hiper virulentas. Aunque tales brotes se han producido históricamente en especies domesticadas, a menudo después de períodos de guerra o catástrofes ambientales que han ejercido una mayor presión sobre las poblaciones de ganado, es innegable que el aumento de la intensidad y la virulencia de tales enfermedades ha seguido a la expansión de la producción capitalista.

Historia y etiología

Las plagas son en gran medida la sombra de la industrialización capitalista, mientras que también actúan como su precursor. Los casos evidentes de viruela y otras pandemias introducidas en América del Norte son un ejemplo demasiado simple, ya que su intensidad se vio aumentada por la separación a largo plazo de las poblaciones a través de la geografía física –y esas enfermedades, sin embargo, ya habían adquirido su virulencia a través de las redes mercantiles precapitalistas y la urbanización temprana en Asia y Europa. Si en cambio miramos a Inglaterra, donde el capitalismo surgió primero en el campo a través de la expulsión masiva de campesinos de la tierra para ser reemplazados por monocultivos de ganado, vemos los primeros ejemplos de estas plagas específicas del capitalismo. Tres pandemias diferentes ocurrieron en la Inglaterra del siglo XVIII, de 1709-1720, de 1742-1760 y de 1768-1786. El origen de cada una fue el ganado importado de Europa, infectado por las pandemias precapitalistas normales que siguieron a los combates. Pero en Inglaterra, el ganado había comenzado a concentrarse de nuevas maneras, y la introducción del ganado infectado se propagaría por la población de manera mucho más agresiva que en Europa. No es casual, entonces, que los brotes se centraran en las grandes lecherías de Londres, que ofrecían entornos ideales para la intensificación de los virus.

La peste de 1665 en Londres

En última instancia, cada uno de los brotes fue contenido mediante una eliminación selectiva y temprana en menor escala, combinada con la aplicación de prácticas médicas y científicas modernas –esencialmente similares a la forma en que se sofocan esas epidemias hoy día. Éste es el primer ejemplo de lo que se convertiría en una pauta clara, imitando la de la propia crisis económica: colapsos cada vez más intensos que parecen poner a todo el sistema en un precipicio, pero que en última instancia se superan mediante una combinación de sacrificios masivos que despejan el mercado/población y una intensificación de los avances técnicos –en este caso las prácticas médicas modernas y nuevas vacunas, que a menudo no llegan o llegan demasiado tarde, pero que sin embargo ayudan a esponjar los daños causados por la devastación.

Pero este ejemplo de la patria del capitalismo también debe ir acompañado de una explicación de los efectos que las prácticas agrícolas capitalistas tuvieron en su periferia. Mientras que las pandemias de ganado de la Inglaterra capitalista de los inicios fueron contenidas, los resultados en otros lugares fueron mucho más devastadores. El ejemplo con mayor impacto histórico es probablemente el del brote de peste bovina en África que tuvo lugar en la década de 1890. La fecha en sí no es una coincidencia: la peste bovina había asolado Europa con una intensidad que seguía de cerca el crecimiento de la agricultura a gran escala, sólo fue frenada por el avance de la ciencia moderna. Pero a finales del siglo XIX se produjo el apogeo del imperialismo europeo, personificado en la colonización de África. La peste bovina fue traída de Europa al África oriental con los italianos, que trataban de alcanzar a otras potencias imperiales colonizando el Cuerno de África mediante una serie de campañas militares. Estas campañas terminaron en su mayor parte en fracaso, pero la peste se propagó enseguida a la población bovina indígena y finalmente llegó a Sudáfrica, donde devastó la primera economía agrícola capitalista de la colonia, llegando incluso a matar al rebaño de la finca del infame y autoproclamado supremacista blanco Cecil Rhodes. El efecto histórico más amplio fue innegable: al matar hasta el 80-90 % de todo el ganado, la plaga provocó una hambruna sin precedentes en las sociedades predominantemente pastoriles del África subsahariana. A esta despoblación le siguió la colonización invasiva de la sabana por el espino, que creó un hábitat para la mosca tse-tsé, que es portadora de la enfermedad del sueño e impide el pastoreo del ganado. Esto aseguró que la repoblación de la región después de la hambruna fuera limitada, y permitió una mayor expansión de las potencias coloniales europeas en todo el continente.

Además de inducir periódicamente crisis agrícolas y producir las condiciones apocalípticas que ayudaron a que el capitalismo se extendiera más allá de sus primeras fronteras, esas plagas también han atormentado al proletariado en el propio núcleo industrial. Antes de volver a los numerosos ejemplos más recientes, vale la pena señalar de nuevo que simplemente no hay nada exclusivamente chino en el brote de coronavirus. Las explicaciones de por qué tantas epidemias parecen surgir en China no son culturales: se trata de una cuestión de geografía económica. Esto queda muy claro si comparamos China con Estados Unidos o Europa, cuando estos últimos eran centros de producción mundial y de empleo industrial masivo [6]. Y el resultado es esencialmente idéntico, con todas las mismas características. La muerte del ganado en el campo se produjo en la ciudad debido a las malas prácticas sanitarias y a la contaminación generalizada. Esto centró los primeros esfuerzos liberales-progresistas de reforma en las zonas de clase trabajadora, personificados en el contenido de la novela de Upton Sinclair La jungla, escrita originalmente para documentar el sufrimiento de los trabajadores inmigrantes en la industria cárnica, pero que fue retomada por los liberales más ricos preocupados por las violaciones de la salud y las condiciones generalmente insalubres en las que se preparaban sus propios alimentos.

Esta indignación liberal frente a la «inmundicia», con todo el racismo que implica, todavía define lo que podríamos pensar como la ideología automática de la mayoría de las personas cuando se enfrentan a las dimensiones políticas de algo como las epidemias de coronavirus o SARS. Pero los trabajadores tienen poco control sobre las condiciones en las que trabajan. Más importante aún es que las condiciones insalubres se filtren fuera de la fábrica a través de la contaminación de los suministros alimentarios, realmente esta contaminación es sólo la punta del iceberg. Tales condiciones son la norma ambiental para aquellos que trabajan en ellas o viven en asentamientos proletarios cercanos, estas condiciones inducen descensos en el nivel de salud de la población que proporcionan aún mejores condiciones para la propagación del vasto conjunto de plagas del capitalismo. Tomemos como ejemplo el caso de la gripe española, una de las epidemias más mortíferas de la historia. Fue uno de los primeros brotes de gripe H1N1 (relacionada con los brotes más recientes de gripe porcina y aviar), y durante mucho tiempo se supuso que de alguna manera era cualitativamente diferente de otras variantes de la gripe, dado su elevado número de muertes. Si bien esto parece ser cierto en parte (debido a la capacidad de la gripe de inducir una reacción excesiva del sistema inmunológico), en análisis posteriores de la bibliografía y en investigaciones epidemiológicas históricas se comprobó que tal vez no fuera mucho más virulenta que otras cepas. Al contrario, su elevada tasa de mortalidad probablemente se debió principalmente a la malnutrición generalizada, el hacinamiento urbano y las condiciones de vida generalmente insalubres en las zonas afectadas, lo que fomentó no sólo la propagación de la propia gripe sino también el cultivo de superinfecciones bacterianas sobre la cepa subyacente [7]

En otras palabras, el número de muertes de la gripe española, aunque se presenta como una aberración imprevisible en el carácter del virus, se reforzó de manera equivalente por las condiciones sociales. Mientras tanto, la rápida propagación de la gripe fue posible gracias al comercio y la guerra a escala mundial, que en ese momento se centró en los imperialismos rápidamente cambiantes que sobrevivieron a la Primera Guerra Mundial. Y volvemos a encontrarnos con una historia ya conocida, el cómo se produjo una cepa tan mortal de gripe. En primer lugar: aunque el origen exacto sigue siendo algo turbio, ahora se supone que se originó en cerdos o aves de corral domesticados, probablemente en Kansas. El momento y el lugar son remarcables, ya que los años posteriores a la guerra fueron una especie de punto de inflexión para la agricultura estadounidense, que presenció la aplicación generalizada de métodos de producción cada vez más mecanizados y de tipo industrial. Estas tendencias se intensificaron a lo largo de la década de 1920, y la aplicación masiva de maquinaria como la cosechadora indujo tanto al monocultivo gradual como al desastre ecológico, cuya combinación dio lugar a la crisis del Dust Bowl (1932) y a la migración masiva que le siguió. La concentración intensiva de ganado que marcaría más tarde las granjas industriales no había surgido todavía, pero las formas más básicas de concentración y rendimiento intensivo que ya habían creado epidemias de ganado en toda Europa eran ahora la norma. Si las epidemias de ganado inglesas del siglo XVIII fueron el primer caso de una plaga de ganado claramente capitalista, y el brote de peste bovina de la década de 1890 en África el mayor de los holocaustos epidemiológicos del imperialismo, la gripe española puede entenderse entonces como la primera de las plagas del capitalismo sobre el proletariado.

La Edad Dorada

Los paralelismos con el actual caso chino son evidentes. COVID-19 no puede entenderse sin tener en cuenta las formas en que el desarrollo de China en las últimas décadas, en y a través del sistema capitalista mundial, ha moldeado el sistema sanitario del país y el estado de la salud pública en general. Por consiguiente, la epidemia, por novedosa que sea, es similar a otras crisis de salud pública anteriores a ella, que suelen producirse casi con la misma regularidad que las crisis económicas y que se consideran de manera similar en la prensa popular –como si se tratara de acontecimientos aleatorios, «cisnes negros», totalmente impredecibles y sin precedentes. La realidad, sin embargo, es que estas crisis sanitarias siguen sus propios esquemas recurrentes caóticos y cíclicos, más probables por una serie de contradicciones estructurales incorporadas en la naturaleza de la producción y la vida proletaria bajo el capitalismo. Como en el caso de la gripe española, el coronavirus fue originalmente capaz de arraigar y propagarse rápidamente debido a una degradación general de la atención sanitaria básica entre la población en general. Pero precisamente porque esta degradación ha tenido lugar en medio de un crecimiento económico espectacular, ha sido ocultada detrás del esplendor de las ciudades centelleantes y las fábricas masivas. La realidad, sin embargo, es que los gastos en bienes públicos como la atención sanitaria y la educación en China siguen siendo extremadamente bajos, mientras que la mayor parte del gasto público se ha dirigido a la infraestructura de ladrillos y mortero –puentes, carreteras y electricidad barata para la producción.

En estos tiempos, la calidad de los productos del mercado interno suele ser peligrosamente mala. Durante décadas, la industria china ha producido exportaciones de alta calidad y gran valor, hechas con los más altos estándares globales para el mercado mundial, como los iPhones y los chips de ordenador. Pero los productos que se dejan para el consumo del mercado interno tienen normas pésimas, lo que provoca regularmente escándalos y una profunda desconfianza por parte del público. Numerosos casos tienen un eco innegable de La jungla de Sinclair y otras novelas de los Estados Unidos de la edad de oro. El caso más importante que se recuerda, el escándalo de la leche con melamina de 2008, dejó una docena de niños muertos y decenas de miles de personas hospitalizadas (aunque tal vez cientos de miles de personas se vieron afectadas). Desde entonces, varios escándalos han sacudido con regularidad a la población: en 2011, cuando se encontró «aceite recuperado» y reciclado de las trampas de grasa que utilizan los extractores en los restaurantes de todo el país, o en 2018, cuando las vacunas defectuosas mataron a varios niños, y luego un año más tarde, cuando docenas de personas fueron hospitalizadas al recibir vacunas falsas contra el VPH (virus del papiloma humano). Las historias más suaves son aún más corrientes, componiendo un telón de fondo familiar para cualquiera que viva en China: mezcla de sopa instantánea en polvo cortada con jabón para reducir los costos, empresarios que venden cerdos muertos por causas misteriosas en las aldeas vecinas, chismes detallados sobre qué tiendas callejeras son más susceptibles de hacerte enfermar.

Antes de la integración del país al sistema capitalista mundial, servicios como la atención sanitaria en China antes se prestaban (principalmente en las ciudades) en el marco del sistema danwei de prestaciones en las empresas (sobre todo, pero no exclusivamente, en el campo) o en clínicas locales de atención a la salud atendidas por abundantes «médicos descalzos», todo ello prestado de forma gratuita. Los éxitos de la atención de la salud de la era socialista, al igual que sus éxitos en la esfera de la educación básica y la alfabetización, fueron lo suficientemente importantes como para que incluso los críticos más duros del país tuvieran que reconocerlo. La fiebre del caracol, que asoló al país durante siglos, fue esencialmente eliminada en gran parte de su núcleo histórico, para volver con fuerza una vez que se empezó a desmantelar el sistema de atención sanitaria socialista. La mortalidad infantil se desplomó y, a pesar de la hambruna que acompañó al Gran Salto Adelante, la esperanza de vida pasó de 45 a 68 años entre 1950 y principios de los 80. La vacunación y las prácticas sanitarias se generalizaron, y la información básica sobre nutrición y salud pública, así como el acceso a los medicamentos rudimentarios, fueron gratuitos y accesibles a todos. En ese período, el sistema de médicos descalzos ayudó a distribuir conocimientos médicos fundamentales, aunque limitados, a una gran parte de la población, contribuyendo a construir un sistema de atención de la salud robusto desde la base, en condiciones de grave pobreza material. Vale la pena recordar que todo esto tuvo lugar en un momento en que China era más pobre, en términos por habitante, que el país medio del África subsahariana de hoy.

Desde entonces, una combinación de abandono y privatización ha degradado sustancialmente este sistema al mismo tiempo que la rápida urbanización y la producción industrial no regulada de artículos domésticos y alimentos ha hecho aún más fuerte la necesidad de una atención sanitaria generalizada, por no hablar de la reglamentación alimentaria, medicamentos y seguridad. Hoy en día, el gasto público en salud de China es de 323 dólares por cápita, según las cifras de la Organización Mundial de la Salud. Esta cifra es baja incluso comparada con otros países de «renta media superior» (según la clasificación del Banco Mundial: entre 4.000 y 12.000 $ por capita), y es alrededor de la mitad de lo que gastan Brasil, Bielorrusia y Bulgaria. La reglamentación es mínima o inexistente, lo que da lugar a numerosos escándalos del tipo mencionado anteriormente. Esperando los efectos de todo, son sentidos con mayor fuerza por los cientos de millones de trabajadores migrantes, para los que todo derecho a prestaciones básicas de atención de la salud se evapora por completo cuando abandonan sus ciudades natales rurales (donde, en virtud del sistema hukou, son residentes permanentes independientemente de su ubicación real, lo que significa que no pueden acceder a los recursos públicos en otro lugar).

Aparentemente, la asistencia sanitaria pública había sido sustituida a finales de los años 90 por un sistema más privatizado (aunque gestionado por el Estado) en el que una combinación de las contribuciones de los empleadores y los empleados permitiría la atención médica, las pensiones y un seguro de vivienda. Sin embargo, este sistema de seguridad social ha sufrido de una Infra financiación sistemática, hasta el punto de que las contribuciones supuestamente «obligatorias» por parte de los empleadores son a menudo simplemente ignoradas, dejando que la paguen de su bolsillo a la abrumadora mayoría de los trabajadores. Según la última estimación nacional disponible, sólo el 22 % de los trabajadores migrantes tenía un seguro médico básico. La falta de contribuciones al sistema de seguridad social no es simplemente un acto malintencionado por parte de patrones individualmente corruptos, sino que se explica en gran medida por el hecho de que los estrechos márgenes de beneficio no dejan espacio para las prestaciones sociales. Según nuestros cálculos, constatamos que pagar las contribuciones de seguridad social no abonadas en un centro industrial como Dongguan, reduciría los beneficios industriales a la mitad y llevaría a muchas empresas a la quiebra. Para colmar las enormes lagunas, China estableció un régimen médico complementario para cubrir a los jubilados y los trabajadores por cuenta propia, que sólo pagan de promedio unos pocos cientos de yuanes por persona y por año.

Este sistema médico asediado produce sus propias y aterradoras tensiones sociales. Cada año mueren varios miembros del personal médico y docenas de ellos resultan heridos por ataques de pacientes enfadados o, más a menudo, de familiares de pacientes que mueren en sus manos. El ataque más reciente ocurrió en la víspera de Navidad, cuando un médico de Beijing fue apuñalado hasta la muerte por el hijo de una paciente que creía que su madre había muerto por malos cuidados en el hospital. Una encuesta entre los médicos reveló que un 85 % había experimentado violencia en el lugar de trabajo, y otra realizada en 2015, indico que el 13 % de los médicos en China habían sido agredidos físicamente el año anterior. Los médicos chinos ven cuatro veces más pacientes por año que los estadounidenses, mientras que se les paga menos de 15.000 dólares por año, menos que la renta por cápita (16.760 $). En Estados Unidos el salario medio de un médico (alrededor de 300.000 $) es casi cinco veces más que la renta media por cápita (60.200 $). Antes de que se cerrara en 2016 y sus creadores fueran arrestados, el proyecto de blogs de seguimiento de Lu Yuyu y Li Tingyu, hoy desaparecido, registró al menos unas cuantas huelgas y protestas de trabajadores médicos cada mes [8]. En 2015, el último año completo de sus datos meticulosamente recopilados, se produjeron 43 eventos de este tipo. También registraron docenas de «incidentes de (protesta) de tratamiento médico» cada mes, encabezados por familiares de los pacientes, con 368 registrados en 2015.

Equipo de médico contra la peste (1656)

En estas condiciones de masiva desinversión pública del sistema de salud, no es sorprendente que COVID-19 se haya establecido tan fácilmente. Combinado con el hecho de que nuevas enfermedades transmisibles surgen en China a un ritmo de una cada 1-2 años, las condiciones parecen estar dadas para que tales epidemias continúen. Como en el caso de la gripe española, las condiciones generalmente pobres de salud pública entre la población proletaria han ayudado a que el virus gane terreno y, a partir de ahí, a que se propague rápidamente. Pero, de nuevo, no es sólo una cuestión de distribución. También tenemos que entender cómo se produjo el virus en sí mismo.

No hay ninguna región salvaje

En el caso del brote más reciente, la historia es menos sencilla que la de los casos de gripe porcina o aviar, que están tan claramente asociados con el núcleo del sistema agroindustrial. Por una parte, los orígenes exactos del virus no están todavía del todo claros. Es posible que se originara en los cerdos, que son uno de los muchos animales domésticos y salvajes que se trafican en el mercado húmedo de Wuhan que parece ser el epicentro del brote, en cuyo caso la causalidad podría ser más similar a los casos anteriores de lo que podría parecer. La mayor probabilidad, sin embargo, parece indicar que el virus proviene de los murciélagos o posiblemente de serpientes, los cuales suelen ser cazados en el medio natural. Incluso en este caso existe una relación, ya que el declive de la disponibilidad y la seguridad de la carne de cerdo, debido al brote de peste porcina africana, ha significado que el aumento de la demanda de carne ha sido a menudo satisfecho por estos mercados humedos que venden carne de caza «salvaje». Pero sin la relación directa con la ganadería industrial, ¿puede decirse que los mismos procesos económicos tienen alguna complicidad en esta epidemia en particular?

La respuesta es sí, pero de una manera diferente. Una vez más, Wallace señala no una sino dos rutas principales por las que el capitalismo ayuda a gestar y desatar epidemias cada vez más mortales: la primera, esbozada anteriormente, es el caso directamente industrial, en el que los virus se gestan dentro de entornos industriales que han sido totalmente subsumidos en la lógica capitalista. Pero el segundo es el caso indirecto, que tiene lugar a través de la expansión y extracción capitalista en el interior del país, donde virus hasta entonces desconocidos son esencialmente recogidos de poblaciones salvajes y distribuidos a lo largo de los circuitos mundiales de capital. Por supuesto, ambos no están totalmente separados, pero parece ser el segundo caso el que mejor describe la aparición de la epidemia actual [9]. En este caso, el aumento de la demanda de cuerpos de animales salvajes para el consumo, el uso médico (como en el caso de los camellos y el MERS o síndrome respiratorio de Oriente Medio, enfermedad respiratoria vírica provocada por un coronavirus) o una variedad de funciones culturalmente significativas construye nuevas cadenas mundiales de mercancías de bienes «salvajes». En otros, las cadenas de valor agroecológicas preexistentes se extienden simplemente a esferas anteriormente «salvajes», cambiando las ecologías locales y modificando la interfaz entre lo humano y lo no-humano.

El propio Wallace es claro al respecto, explicando varias dinámicas que crean enfermedades peores a pesar de que los propios virus ya existen en entornos «naturales». La expansión de la producción industrial por sí sola «puede empujar a los alimentos silvestres cada vez más capitalizados hacia lo último del paisaje primario, desenterrando una mayor variedad de patógenos potencialmente protopandémicos». En otras palabras, a medida que la acumulación de capital subsume nuevos territorios, los animales serán empujados a zonas menos accesibles donde entrarán en contacto con cepas de enfermedades previamente aisladas, todo ello mientras que estos mismos animales se están convirtiendo en objetivos de la mercantilización ya que «incluso las especies de subsistencia más salvajes están siendo enlazadas en las cadenas de valor de la agricultura». De manera similar, esta expansión empuja a los humanos más cerca de estos animales y estos ambientes, lo que «puede aumentar la interfaz (y la propagación) entre las poblaciones silvestres no-humanas y la ruralidad recientemente urbanizada». Esto le da al virus más oportunidad y recursos para mutar de una manera que le permite infectar a los humanos, aumentando la probabilidad de una propagación biológica. La geografía de la industria en sí nunca ha sido tan limpiamente urbana o rural de todos modos, así como la agricultura industrial monopolizada hace uso tanto de las explotaciones agrícolas a gran escala como de las pequeñas: «en la  pequeña propiedad de un contratista [una granja industrial] a lo largo de la orilla del bosque, un animal de alimentación puede atrapar un patógeno antes de ser enviado a una planta de procesamiento en el anillo exterior de una gran ciudad».

El hecho es que la esfera «natural» ya está subsumida en un sistema capitalista totalmente mundial que ha logrado cambiar las condiciones climáticas de base y devastar tantos ecosistemas precapitalistas [10] que el resto ya no funcionan como podrían haberlo hecho en el pasado. Aquí reside otro factor causal, ya que, según Wallace, todos estos procesos de devastación ecológica reducen «el tipo de complejidad ambiental con el que el bosque interrumpe las cadenas de transmisión». La realidad, entonces, es que es erróneo considerar esas regiones como la «periferia» natural de un sistema capitalista. El capitalismo ya es global, y también totalizante. Ya no tiene un borde o frontera con alguna esfera natural no-capitalista más allá de él, y por lo tanto no hay una gran cadena de desarrollo en la que los países «atrasados» sigan a los que están delante de ellos en su camino hacia la cadena de valor, ni tampoco ninguna verdadera zona salvaje capaz de ser preservada en algún tipo de condición pura e intacta. En su lugar, el capital tiene simplemente un interior subordinado, que a su vez está totalmente subsumido en las cadenas de valor mundiales. Los sistemas sociales resultantes –incluyendo todo, desde el pretendido «tribalismo» hasta la renovación de las religiones fundamentalistas antimodernas– son productos totalmente contemporáneos, y casi siempre están conectados de facto a los mercados globales, a menudo de forma bastante directa. Lo mismo puede decirse de los sistemas biológicos y ecológicos resultantes, ya que las zonas «salvajes» son en realidad inmanentes a esta economía mundial tanto en el sentido abstracto de dependencia del clima y los ecosistemas relacionados como en el sentido directo de estar conectados a esas mismas cadenas de valor mundiales.

Este hecho produce las condiciones necesarias para la transformación de las cepas virales «salvajes» en pandemias globales. Pero COVID-19 no es la peor de ellas. Una ilustración ideal del principio básico –y del peligro mundial– puede encontrarse en el Ébola. El virus del Ébola [11] es un caso claro de un reservorio viral existente que se extiende a la población humana. Las pruebas actuales sugieren que sus huéspedes de origen son varias especies de murciélagos originarios de África occidental y central, que actúan como portadores pero que no se ven afectados por el virus. No ocurre lo mismo con los demás mamíferos salvajes, como los primates y los cefalópodos, que contraen periódicamente el virus y sufren brotes rápidos y de gran mortandad. El Ébola tiene un ciclo de vida particularmente agresivo más allá de sus especies reservorias. A través del contacto con cualquiera de estos huéspedes silvestres, los humanos también pueden infectarse, con resultados devastadores. Se han producido varias epidemias importantes, y la tasa de mortalidad de la mayoría ha sido extremadamente alta, casi siempre superior al 50 %. En el mayor brote registrado, que continuó esporádicamente de 2013 a 2016 en varios países de África occidental, se produjeron 11 000 muertes. La tasa de mortalidad de los pacientes hospitalizados en ese brote fue del 57 al 59 %, y mucho más alta para los que no tenían acceso a los hospitales. En los últimos años, varias vacunas han sido desarrolladas por empresas privadas, pero la lentitud de los mecanismos de aprobación y los estrictos derechos de propiedad intelectual se han combinado con la falta generalizada de una infraestructura sanitaria para producir una situación en la que las vacunas han hecho poco por detener la epidemia más reciente, centralizada en la República Democrática del Congo (RDC) y que ahora es el brote más duradero.

La enfermedad se presenta a menudo como si se tratara de un desastre natural; o mejor aún debida al azar, en el peor de los casos se culpa a las prácticas culturales «impuras» de las poblaciones pobres que viven en los bosques. Pero el momento en que se produjeron estos dos grandes brotes (2013-2016 en África occidental y 2018, como el caso de la RDC) no es una coincidencia. Ambos han ocurrido precisamente cuando la expansión de las industrias primarias ha desplazado aún más a los habitantes de los bosques y ha perturbado los ecosistemas locales. De hecho, esto parece ser cierto en más casos que en los más recientes, ya que, como explica Wallace, «cada brote del Ébola parece estar relacionado con cambios en el uso de la tierra impulsados por el capital, incluso en el primer brote en Nzara (Sudán) en 1976, donde una fábrica financiada por el Reino Unido hilaba y tejía el algodón local». Del mismo modo, los brotes de 2013 en Guinea se produjeron justo después de que un nuevo gobierno comenzara a abrir el país a los mercados mundiales y a vender grandes extensiones de tierra a conglomerados agroindustriales internacionales. La industria del aceite de palma, notoria por su papel en la deforestación y la destrucción ecológica en todo el mundo, parece haber sido particularmente culpable, ya que sus monocultivos devastan las robustas redundancias ecológicas que ayudan a interrumpir las cadenas de transmisión y al mismo tiempo atraen literalmente a las especies de murciélagos que sirven de reservorio natural para el virus [12].

Paralelamente, la venta de grandes extensiones de tierra a empresas comerciales agroforestales supone tanto el despojo de los habitantes de los bosques como la perturbación de sus formas locales de producción y recolección que dependen del ecosistema. Esto a menudo deja a los pobres de las zonas rurales sin otra opción que internarse más en el bosque al mismo tiempo que trastorna su relación tradicional con ese ecosistema. El resultado es que la supervivencia depende cada vez más de la caza de animales salvajes o de la recolección de flora y madera locales para su venta en los mercados mundiales. Esas poblaciones se convierten entonces en el objeto de la ira de las organizaciones ecologistas mundiales, que las denuncian como «cazadores furtivos» y «madereros ilegales» responsables de la misma deforestación y destrucción ecológica que las empujó a hacer ese comercio. A menudo, el proceso toma entonces un giro mucho más oscuro, como en Guatemala, donde los paramilitares anticomunistas vinculados con la guerra civil del país se transformaron en fuerzas de seguridad «verdes», encargadas de «proteger» el bosque de la tala, la caza y el narcotráfico ilegales que eran los únicos oficios disponibles para sus habitantes indígenas –que habían sido empujados a tales actividades precisamente por la violenta represión sufrida por esos mismos paramilitares durante la guerra [13]. Desde entonces, ese modelo se ha reproducido por todo el mundo, animado por los medios de comunicación social de los países de altos ingresos que celebran la ejecución (a menudo literalmente capturada por la cámara) de «cazadores furtivos» por parte de las fuerzas de seguridad supuestamente «verdes» [14].

El confinamiento como ejercicio de habilidad política

COVID-19 ha captado la atención mundial con una fuerza sin precedentes. El virus del Ébola, la gripe aviar y el SARS, por supuesto, tuvieron su frenesí mediático. Pero esta nueva epidemia ha generado un tipo diferente de resistencia. Esto se debe en parte a la espectacular amplitud de la respuesta del gobierno chino, que ha dado lugar a imágenes igualmente espectaculares de megalópolis vaciadas que contrastan con la imagen habitual, superpoblada y contaminada, de los medios de comunicación de China. Esta respuesta también ha sido una fuente fructífera para la especulación normal sobre el inminente colapso político o económico del país, dando un impulso adicional a las continuas tensiones de la fase inicial de la guerra comercial con Estados Unidos. Esto se combina con la rápida propagación del virus para darle el carácter de una amenaza mundial inmediata, a pesar a su baja tasa de mortalidad [15].

Sin embargo, a un nivel más profundo, lo que parece más fascinante de la respuesta del Estado es la forma en que se ha llevado a cabo, a través de los medios de comunicación, como una especie de repetición general melodramática para la movilización completa de la contra insurrección nacional. Esto nos da una idea real de la capacidad represiva del Estado chino, pero también pone de relieve la incapacidad más profunda de ese Estado, revelada por su necesidad de confiar tanto en una combinación de medidas de propaganda total desplegadas a través de todas las facetas de los medios de comunicación y las movilizaciones de buena voluntad de la población local que, de otro modo, no tendría ninguna obligación material de cumplir. Tanto la propaganda china como la occidental han hecho hincapié en la capacidad represiva real de la cuarentena: la primera de ellas como un caso de intervención gubernamental eficaz en una emergencia y la segunda como otro caso más de extralimitación totalitaria por parte del distópico Estado chino. La verdad no dicha, sin embargo, es que la agresividad misma de la represión significa una incapacidad más profunda en el Estado chino, que en sí mismo está todavía en plena en construcción.

Esto en sí mismo nos ofrece una idea de la naturaleza del Estado chino, mostrando cómo está desarrollando nuevas e innovadoras técnicas de control social y respuesta a las crisis, capaces de ser desplegadas incluso en condiciones en las que la maquinaria básica del Estado es escasa o inexistente. Esas condiciones, por su parte, ofrecen un panorama aún más interesante (aunque más especulativo) de cómo podría responder la clase dirigente de un país determinado cuando una crisis generalizada y una insurrección activa causen daños similares en Estados más sólidos. El brote viral se vio favorecido en todos los aspectos por las deficientes conexiones entre los niveles de gobierno: la represión a los médicos «denunciantes» por parte de los funcionarios locales en contra de los intereses del gobierno central, los ineficaces mecanismos de notificación de los hospitales y la prestación extremadamente deficiente de la atención sanitaria básica son sólo algunos ejemplos. Mientras tanto, los diferentes gobiernos locales han vuelto a la normalidad a ritmos diferentes, casi completamente fuera del control del Estado central (excepto en Hubei, el epicentro). En el momento de redactar este texto, parece casi totalmente aleatorio saber qué puertos están en funcionamiento y qué localidades han reanudado la producción. Pero esta cuarentena de bricolaje ha hecho que las redes logísticas de larga distancia entre ciudades sigan perturbadas, ya que cualquier gobierno local parece capaz de impedir simplemente el paso de trenes o camiones de carga a través de sus fronteras. Y esta incapacidad de base del gobierno chino le ha obligado a tratar con el virus como si fuera una insurgencia, jugando a la guerra civil contra un enemigo invisible.

La maquinaria estatal nacional comenzó realmente a funcionar el 22 de enero, cuando las autoridades reforzaron las medidas de respuesta de emergencia en toda la provincia de Hubei, y dijeron a la población que tenían la autoridad legal para establecer instalaciones de cuarentena, así como para «recoger» todo el personal, los vehículos y las instalaciones necesarias para contener a la enfermedad, o para establecer bloqueos y controlar el tráfico (dejando así su huella en un fenómeno que sabían que ocurriría de todos modos). En otras palabras, el pleno despliegue de los recursos estatales comenzó en realidad con un llamamiento a los esfuerzos voluntarios de la población local. Por un lado, un desastre de tal amplitud pondrá a prueba la capacidad de cualquier Estado (véase, por ejemplo, la respuesta a los huracanes en Estados Unidos). Pero, por otra parte, esto reproduce una pauta común en el arte de gobernar de China, según la cual el Estado central, al carecer de estructuras de mando formales y eficaces que se extiendan hasta el nivel local, debe apoyarse en una combinación de llamamientos ampliamente difundidos para que los funcionarios y los ciudadanos locales se movilicen y una serie de castigos a posteriori para los que peor respondan (enmarcados en la lucha contra la corrupción). La única respuesta verdaderamente eficaz se encuentra en dominios específicos en los que el Estado central concentra lo esencial de su poder y su atención –en este caso, Hubei en general y Wuhan en particular. En la mañana del 24 de enero, la ciudad ya se encontraba en un cierre total efectivo, sin trenes que entraran o salieran casi un mes después de que se detectara la nueva cepa del coronavirus. Las autoridades sanitarias nacionales han declarado que las autoridades sanitarias tienen la capacidad de examinar y poner en cuarentena a cualquier persona a su discreción. Además de las principales ciudades de Hubei, docenas de otras ciudades de toda China, incluidas Beijing, Cantón, Nankín y Shanghái, han puesto en marcha cierres más o menos severos para los flujos de personas y mercancías que entran y salen de sus fronteras.

En respuesta al llamamiento del Estado central a movilizarse, algunas localidades han tomado iniciativas extrañas y severas. Las más espantosas se encuentran en cuatro ciudades de la provincia de Zhejiang, en las que se han expedido pasaportes locales a 30 millones de personas, permitiendo que sólo una persona por hogar salga de su casa una vez cada dos días. Ciudades como Shenzhen y Chengdu han ordenado que cada barrio sea cerrado, y han permitido que edificios enteros sean puestos en cuarentena durante catorce días si se encuentra un solo caso confirmado del virus en su interior. Mientras tanto, cientos de personas han sido detenidas o multadas por «difundir rumores» sobre la enfermedad, y algunas que han huido de la cuarentena han sido arrestadas y condenadas a largas penas de cárcel. Las propias cárceles están experimentando ahora una grave epidemia, debido a la incapacidad de los funcionarios de aislar a los individuos enfermos incluso en un entorno literalmente diseñado para un fácil aislamiento. Este tipo de medidas desesperadas y agresivas reflejan los casos extremos de contra insurrección, recordando muy claramente las acciones de la ocupación militar-colonial en lugares como Argelia o, más recientemente, Palestina. Nunca antes se habían llevado a cabo a esta escala, ni en megalópolis de este tipo que albergan a gran parte de la población mundial. La conducta de la represión ofrece entonces una extraña lección para quienes tienen la mente puesta en la revolución mundial, ya que es, esencialmente, un simulacro de reacción liderada por el Estado.

Incapacidad

Esta particular represión se beneficia de su carácter aparentemente humanitario, ya que el Estado chino puede movilizar un mayor número de personas para ayudar en lo que es, esencialmente, la noble causa de estrangular la propagación del virus. Pero, como es de esperar, estas medidas de represión siempre se vuelven contra nosotros. La contra insurrección es, después de todo, una especie de guerra desesperada que se lleva a cabo sólo cuando se han hecho imposibles formas más sólidas de conquista, apaciguamiento e incorporación económica. Es una acción costosa, ineficiente y de retaguardia, que traiciona la incapacidad más profunda de cualquier poder encargado de desplegarla –ya sean los intereses coloniales franceses, el menguante imperio americano u otros. El resultado de la represión es casi siempre una segunda insurrección, ensangrentada por el aplastamiento de la primera y aún más desesperada. Aquí, la cuarentena difícilmente reflejará la realidad de la guerra civil y la contra insurrección. Pero incluso en este caso, la represión se ha vuelto contra ella a su manera. Con tanto esfuerzo del Estado enfocado en el control de la información y la constante propaganda desplegada a través de todos los aparatos mediáticos posibles, el malestar se ha expresado en gran medida dentro de las mismas plataformas.

La muerte del Dr. Li Wenliang, uno de los primeros a denunciar los peligros del virus, el 7 de febrero, sacudió a los ciudadanos encerrados en sus casas de todo el país. Li fue uno de los ocho médicos detenidos por la policía por difundir «información falsa» a principios de enero, antes de contraer el virus él mismo. Su muerte provocó la ira de los ciudadanos y una declaración de arrepentimiento del gobierno de Wuhan. La gente está empezando a ver que el Estado está formado por funcionarios y burócratas torpes que no tienen ni idea de qué hacer pero que, sin embargo, tienen la caradura [16]. Este hecho se reveló esencialmente cuando el alcalde de Wuhan, Zhou Xianwang, se vio obligado a admitir en la televisión estatal que su gobierno había retrasado la publicación de información crítica sobre el virus después de que la epidemia fuera declarada. La propia tensión causada por el brote, combinada con la inducida por la movilización total del Estado, ha empezado a revelar a la población las profundas fisuras que se esconden detrás del retrato tan fino que el gobierno retrata de sí mismo. En otras palabras, condiciones como éstas han expuesto las incapacidades fundamentales del Estado chino a un número cada vez mayor de personas que anteriormente habrían tomado la propaganda del gobierno al pie de la letra.

video grabado por un habitante de Wuhan

“Sólo están allí para tomar fotos del grupo con la bandera del Partido”
“Se quitaron el PPE (Equipo Personal de Protección) después de tomar la foto. ¡Está usando PPE para limpiar su coche!”
“¡Acaba de tirar su PPE en un cubo de basura!”

Si se pudiera encontrar un solo símbolo para expresar el carácter fundamental de la respuesta del Estado, sería algo como el video de arriba, grabado por un habitante de Wuhan y compartido con el Internet occidental a través de Twitter en Hong Kong [17]. Esencialmente, muestra a un número de personas que parecen ser médicos o socorristas de algún tipo equipados con un equipo de protección completo tomándose una foto con la bandera china. La persona que filma el video explica que están fuera de ese edificio todos los días para varias sesiones fotográficas. El video sigue a los hombres mientras se quitan el equipo de protección y se quedan parados hablando y fumando, incluso usa uno de los trajes para limpiar su auto. Antes de irse, uno de los hombres arroja sin ceremonias el traje protector en un cesto de basura cercano, sin ni siquiera molestarse en tirarlo al fondo, donde no se vea. Videos como éste se han difundido rápidamente antes de ser censurados –pequeñas lágrimas en el fino velo del espectáculo autorizado por el Estado.

En un nivel más fundamental, la cuarentena también ha comenzado a ver la primera ola de reverberaciones económicas en la vida de las personas. Se ha informado ampliamente sobre el aspecto macroeconómico de esta situación, ya que una disminución masiva del crecimiento chino podría provocar una nueva recesión mundial, especialmente si se combina con un estancamiento continuo en Europa y una reciente caída de uno de los principales índices de salud económica en Estados Unidos, que muestra una repentina caída de la actividad comercial. En todo el mundo, las empresas chinas y las que dependen fundamentalmente de las redes de producción chinas están estudiando ahora sus cláusulas de «fuerza mayor», que permiten los retrasos o la cancelación de las responsabilidades que entrañan ambas partes en un contrato comercial cuando ese contrato se vuelve «imposible» de cumplir. Aunque de momento es poco probable, la mera perspectiva ha provocado una cascada de demandas de producción en todo el país. La actividad económica, solamente se ha reactivado de manera fragmentaria, funcionando sin problemas en algunas regiones o en pausa indefinida en otras. Actualmente, el 1 de marzo se ha convertido en la fecha provisional en la que las autoridades centrales han pedido que todas las zonas fuera del epicentro del brote vuelvan a trabajar.

Pero otros efectos han sido menos visibles, aunque posiblemente mucho más importantes. Muchos trabajadores migrantes, incluidos los que se habían quedado en sus ciudades de trabajo para el Festival de Primavera o que pudieron regresar antes de que se aplicaran los diferentes confinamientos, están ahora atrapados en un callejón sin salida. En Shenzhen, donde la gran mayoría de la población es migrante, los lugareños informan de que el número de personas sin hogar ha empezado a aumentar. Pero las nuevas personas que aparecen en las calles no son personas sin hogar de larga duración, sino que parecen literalmente tiradas allí sin ningún otro lugar a donde ir –todavía con ropa relativamente buena, sin saber dónde dormir a la intemperie o dónde obtener comida. Varios edificios de la ciudad han visto un aumento en los pequeños robos, sobre todo de comida entregada a la puerta de los residentes que se quedan en casa por la cuarentena. En general, los trabajadores están perdiendo sus salarios a medida que la producción se estanca. Los mejores escenarios durante los paros laborales son las cuarentenas de dormitorios como la impuesta en la planta de Foxconn en Shenzhen, donde los nuevos retornados son confinados en sus barrios durante una o dos semanas, se les paga alrededor de un tercio de sus salarios normales y luego se les autoriza regresar a la línea de producción. Las empresas más pobres no tienen esa opción, y el intento del gobierno de ofrecer nuevas líneas de crédito barato a las empresas más pequeñas probablemente no sirva de mucho a largo plazo. En algunos casos, parece que el virus simplemente acelerará las tendencias preexistentes de deslocalización de fábricas, ya que empresas como Foxconn amplían la producción en Vietnam, India y México para compensar la desaceleración.

La guerra surrealista

Mientras tanto, la torpe reacción temprana al virus, la dependencia del Estado de medidas particularmente punitivas y represivas para controlarlo, y la incapacidad del gobierno central para coordinar eficazmente las diferentes localidades para manejar la producción y la cuarentena simultáneamente, indica una profunda incapacidad permanece en el corazón de la maquinaria del Estado. Si, como nuestro amigo Lao Xie argumenta, el énfasis de la administración Xi ha sido en la «construcción del Estado», parece que queda mucho trabajo por hacer en ese sentido. Al mismo tiempo, si la campaña contra el COVID-19 también puede ser considerada como una carrera en vano contra la insurgencia, es notable que el gobierno central sólo tenga la capacidad de proporcionar una coordinación eficaz en el epicentro de Hubei y que sus respuestas en otras provincias –incluso en lugares ricos y bien considerados como Hangzhou– sigan siendo en gran medida descoordinadas y desesperadas. Podemos considerarlo de dos maneras: primero, como una lección sobre la debilidad que subyace en los límites del poder estatal, y segundo, como una advertencia sobre la amenaza que aún representan las respuestas locales descoordinadas e irracionales cuando la maquinaria del Estado central está desbordada.

Estas son lecciones importantes para una época en que la destrucción causada por la acumulación sin fin se ha extendido tanto hacia arriba en el sistema climático mundial como hacia abajo en los substratos microbiológicos de la vida en la Tierra. Tales crisis sólo harán que multiplicarse. A medida que la crisis secular del capitalismo adquiera un carácter aparentemente no-económico, nuevas epidemias, hambrunas, inundaciones y otros desastres «naturales» se utilizarán como justificación de la ampliación del control estatal, y la respuesta a esas crisis funcionará cada vez más como una oportunidad para ejercer nuevas herramientas no probadas contra la insurrección. Una política comunista coherente debe comprender ambos hechos conjuntamente. A nivel teórico, esto significa comprender que la crítica al capitalismo se empobrece cuando se separa de las ciencias duras. Pero en el plano práctico, también implica que el único proyecto político posible hoy en día es el que es capaz de orientarse en un terreno definido por un desastre ecológico y microbiológico generalizado, y de operar en este estado perpetuo de crisis y atomización.

En una China en cuarentena, empezamos a vislumbrar tal paisaje, al menos en sus contornos: calles vacías de final de invierno espolvoreadas con una fina película de nieve intacta, rostros iluminados por teléfono que se asoman por las ventanas, barricadas accidentales atendidas por unas cuantas enfermeras, policías, voluntarios o simplemente actores pagados encargados de izar banderas y decir que se pongan la máscara y vuelvan a casa. El contagio es social. Por lo tanto, no debe sorprender que la única manera de combatirlo en un estadio tan avanzado sea librar una especie de guerra surrealista contra la sociedad misma. No se reúnan, no causen el caos. Pero el caos también se puede construir en el aislamiento. Mientras los hornos de todas las fundiciones se enfrían hasta convertirse en brasas que crepitan suavemente y luego en cenizas heladas, las muchas pequeñas desesperaciones no pueden evitar salir de esa cuarentena para transformarse en un caos mayor que un día podría, como este contagio social, ser difícil de contener.

闯 Chuǎng
6 marzo, 2020
http://chuangcn.org/2020/02/social-contagion/

闯 Chuǎng: es la imagen de un caballo abriéndose paso. Significa: para liberarse; para atacar, cargar; para abrirse paso, forzar la entrada o salida; actuar de manera impetuosa.
闯关 (chuǎngguān): para ejecutar un bloqueo.
闯座 (chuǎngzuò): para asistir a una fiesta sin ser invitado.

(El colectivo Chuǎng, lo componen un grupo de comunistas chinos que critican tanto el «capitalismo de Estado» del Partido Comunista Chino como la versión neoliberal de los movimientos de «liberación» de Hong Kong).

Notas:

[1] Mucho de lo que explicaremos en esta sección es simplemente un resumen más conciso de los propios argumentos de Wallace, dirigido a un público más general y sin necesidad de “discutir” los argumentos de otros biólogos mediante la exposición de una argumentación rigurosa y extensas pruebas. Para aquellos que cuestionen las pruebas básicas, nos referimos a la obra de Wallace y sus compatriotas.

[2] Robert G. Wallace, “Big Farms Make Big Flu: Dispatches on Influenza, Agribusiness, and the Nature of Science”, Monthly Review Press, 2016, p. 52.

[3] Ibid, p. 56.

[4] Ibid, pp. 56-57.

[5] Ibid, p. 57.

[6] Esto no quiere decir que las comparaciones de Estados Unidos con China hoy en día no sean igualmente instructivas. Como Estados Unidos tienen su propio sector agroindustrial masivo, contribuye enormemente a la producción de nuevos virus peligrosos, por no mencionar las infecciones bacterianas resistentes a los antibióticos.

[7] Cf. J. F. Brundage y G. D. Shanks, «What really happened during the 1918 influenza pandemic? The importance of bacterial secondary infections», en The Journal of Infectious Diseases, vol. 196, núm. 11, diciembre de 2007, pp. 1717-1718, respuesta del autor 1718-1719; y D. M. Morens y A. S. Fauci, «The 1918 influenza pandemic: Insights for the 21st century», en The Journal of Infectious Diseases, vol. 195, núm. 7, abril de 2007, pp. 1018-1028.

[8] Cf. «Picking Quarrels», en el segundo número de nuestra revista: http://chuangcn.org/journal/two/picking-quarrels/

[9] A su manera, estos dos caminos de producción de la pandemia reflejan lo que Marx llama subsunción «real» y «formal» en la esfera de la producción propiamente dicha. En la subsunción real, el proceso de producción propiamente dicho se modifica mediante la introducción de nuevas tecnologías capaces de intensificar el ritmo y la magnitud de la producción –de la misma manera que el entorno industrial ha modificado las condiciones básicas de la evolución viral, de modo que se producen nuevas mutaciones a un ritmo mayor y con mayor virilidad. En la subsunción formal, que precede a la subsunción real, estas nuevas tecnologías aún no se aplican. En cambio, las formas de producción anteriormente existentes se reúnen simplemente en nuevos lugares que tienen alguna interfaz con el mercado mundial, como en el caso de los trabajadores manuales que son colocados en un taller que vende su producto con fines de lucro –y esto es similar a la forma en que los virus producidos en entornos «naturales» se sacan de la población silvestre y se introducen en las poblaciones domésticas a través del mercado mundial.

[10] Sin embargo, es un error equiparar estos ecosistemas con ecosistemas «prehumanos». China es un ejemplo perfecto, ya que muchos de sus paisajes naturales aparentemente «primitivos» fueron, de hecho, el producto de períodos mucho más antiguos de expansión humana que eliminaron especies que antes eran comunes en el continente de Asia oriental, como los elefantes.

[11] Técnicamente, se trata de un término general para designar unos cinco virus distintos, el más mortal de los cuales se denomina simplemente virus del Ébola, anteriormente virus del Zaire.

[12] Para el caso específico de África occidental, cf. R. G. Wallace, R. Kock, L. Bergmann, M. Gilbert, L. Hogerwerf, C. Pittiglio, R. Mattioli, «Did Neoliberalizing West African Forests Produce a New Niche for Ebola», en International Journal of Health Services, vol. 46, núm. 1, 2016; y para una visión más amplia de la conexión entre las condiciones económicas y el Ébola como tal, Cf. Robert G. Wallace y Rodrick Wallace (Eds.), Neoliberal Ebola: Modelling Disease Emergence from Finance to Forest and Farm, Springer, 2016; y para la exposición más directa del caso, aunque menos erudita, véase el artículo de Wallace, enlazado más arriba: «Neoliberal Ebola: the Agroeconomic Origins of the Ebola Outbreak», en Counterpunch, 29 de julio de 2015. https://www.counterpunch.org/2015/07/29/neoliberal-ebola-the-agroeconomic-origins-of-the-ebola-outbreak/

[13] Cf. Megan Ybarra, Green Wars: Conservation and Decolonization in the Maya Forest, University of California Press, 2017.

[14] Ciertamente es incorrecto dar a entender que toda la caza furtiva es llevada a cabo por la población rural pobre local, o que todas las fuerzas de guardabosques de los bosques nacionales de diferentes países operan de la misma manera que los antiguos paramilitares anticomunistas, pero los enfrentamientos más violentos y los casos más agresivos de militarización de los bosques parecen seguir esencialmente este patrón. Para un amplio panorama del fenómeno, véase el número especial de 2016 de Geoforum (69) dedicado al tema. El prefacio puede encontrarse aquí: Alice B. Kelly y Megan Ybarra, « Introduction to themed issue: “Green security in protected áreas”», en Geoforum, vol. 69, 2016, pp. 171-175. http://gawsmith.ucdavis.edu/uploads/2/0/1/6/20161677/kelly_ybarra_2016_green_security_and_pas.pdf

[15] Con mucho la más débil de todas las enfermedades mencionadas aquí, su alta tasa de mortalidad ha sido en gran parte el resultado de su rápida propagación a un gran número de huéspedes humanos, lo que ha dado lugar a un elevado número de muertes en cifras absolutas a pesar de tener una tasa de mortalidad muy baja.

[16] En una entrevista en podcast, Au Loong Yu, citando a amigos en el continente, dice que el gobierno de Wuhan está efectivamente paralizado por la epidemia. Au sugiere que la crisis no sólo está desgarrando el tejido social, sino también la maquinaria burocrática del PCCh, que sólo se intensificará a medida que el virus se extienda y se convierta en una crisis cada vez más intensa para los otros gobiernos locales del país. La entrevista es de Daniel Denvir de The Dig, publicada el 7 de febrero: https://www.thedigradio.com/podcast/hong-kong-with-au-loong-yu/

[17] El vídeo es auténtico, pero cabe señalar que Hong Kong ha sido un semillero de actitudes racistas y teorías de conspiración dirigidas a los habitantes del continente y al PCCh, por lo que gran parte de lo que difunden los hongkoneses sobre el virus en los medios sociales debe ser cuidadosamente comprobado.