Putsch izquierdista en Commercy

Lieux Communs; 1 y 2 de febrero de 2019: https://is.gd/TU1YJp

Los días 26 y 27 de enero de 2019 se celebró en Commercy (Mosa) la “asamblea de asambleas”, que debía reunir a los representantes de todas las asambleas de chalecos amarillos de Francia.[1]

Se trataba, pues, de una estructuración embrionaria sobre principios de autoorganización de un movimiento atípico nacido hace más de dos meses y medio en las rotondas y que prácticamente consigue escapar de cualquier recuperación política e ideológica. Pero desde hace una semana ningún observador parece sorprendido por el giro que se ha dado en esta ocasión: al leer el texto que emana de ella, no hay duda de que los chalecos amarillos serían ahora de izquierdas, e incluso de extrema izquierda…

De hecho, el amplio movimiento de recuperación lanzado por la izquierda institucional y sus redes militantes[2] alcanzó su punto álgido durante ese fin de semana: esos encuentros nacionales, en los que estuvimos presentes, fueron colocados gradualmente bajo el signo indiscutible del izquierdismo. Éste confirmó allí su razón de ser  histórica: parasitar cualquier iniciativa popular para imponer su catecismo desconectado de la realidad y difundir su negación consustancial de cualquier realidad refractaria.

Aprovechar las dificultades de la autoorganización local…

Es obvio que “L’appel de Commercy” fue lanzado cuando el movimiento apenas comenzaba a tomar forma y encontraba múltiples dificultades en este camino. Entre ellas, las más importantes son, sin duda, de carácter sociológico: la transición de la ocupación de una rotonda a la deliberación en asamblea general no es evidente para muchos, y se nota allí la brecha que existe entre territorios urbanos o periféricos, entre las clases sociales, entre los niveles de instrucción y, por supuesto, entre grados de politización y experiencias militantes. Los chalecos amarillos que allí se aventuran, a menudo lo hacen por primera vez y descubren un mundo en el que obviamente algunos se sienten mucho más cómodos que otros a la hora de manejar el orden del día, los turnos de palabra, los aplausos y las actas de las comisiones… Esta división entre el “bar” y el “Partido”[3] sólo puede agravarse cuando se nombran portavoces o delegados, al menos cuando este procedimiento tiene éxito.

… para formar un Comité Central

En la “asamblea de asambleas”, que no es en absoluto una “asamblea de rotondas”, las 75 delegaciones compuestas por representantes y observadores eran muy dispares, en varios niveles.

Algunos lugares, a pesar de ser muy activos, no habían enviado a nadie (como Caen, Le Puy-en-Velay o Burdeos), otros en cambio enviaron dos distintas por sus divisiones internas (Nancy), y algunas representaban localidades que nunca se habían distinguido por su activismo (una decena de grupos sólo para la región de Île-de-France) o incluso grupos no localizados que habían venido para hacer valer sus particularidades (“bolígrafos rojos”, DAL!, desempleados y eventuales, mujeres chalecos amarillos…).

Si bien algunos representantes, jóvenes, de categorías sociales más altas y altamente politizados –algunos ya se conocían entre sí y se reencontraban con una alegría no disimulada– dominaban perfectamente los códigos de la arenga y la retórica, no se privaron de utilizarlos a pesar de que sus inmaculados chalecos amarillos apenas se arrugaron. Muchos delegados tenían serias dificultades a la hora de entender los vaivenes de los debates y permanecieron en silencio, intimidados por las 400 personas reunidas, bajo la vigilancia constante de cámaras, cámaras fotográficas y micrófonos que transmitían los intercambios en directo.

Finalmente, el izquierdismo se exhibía discretamente pero sin trabas: no hubo bandera francesa, no se cantó la Marsellesa (por la noche se cantará la versión local de la “canción de los partisanos” y “Bella Ciao”), pero sí lucieron las camisetas “Free Palestina” o “Por Adama Traoré”, y se difundieron en la mesa de la prensa buena parte de la literatura izquierdista convencional (ATTAC, DAL, “Résistons Ensemble”, etc.) o recuperadora (“Amarillo”, “El chaleco amarillo rebelde”, etc.)[4] mientras que los valientes e imparciales reporteros de CQFD, Ballast y Libé se aventuraban en territorio hostil…

Presentaciones: estamos entre gente bien (-pensante)

La ronda de presentación de cada grupo, que duró varias horas, fue la oportunidad para que algunos instalaran en connivencia a ese Superego izquierdista difuso que presidió el fin de semana. Fueron las delegaciones de Plaine Saint-Denis, Belleville (París) y París XVIII las que abrieron el baile, sin demasiado riesgo, con el lema “antiracismo, antisexismo, antihomofobia”. Este posicionamiento no cuesta demasiado (¿quién se opondría a ello?), pero es muy lucrativo: recoge la fábula gubernamental de un movimiento de “chalecos marrones” culpabilizando a los que no lo reivindican alto y claro, y sobre todo constituye un grito de alineamiento y  reconocimiento de los cazadores de delitos de pensamiento. Porque es implícito y obvio que, una vez dicho esto, cualquier posible referencia al laicismo, cualquier reserva sobre el “multiculturalismo”, cualquier cuestionamiento sobre la inmigración o cualquier preocupación sobre el salvajismo en curso sólo puede expresarse con múltiples precauciones oratorias que, en cualquier caso, no disiparán el indicio de la sospecha. Nadie se atrevió a hacerlo, por supuesto, y la inseguridad cultural y física nunca fue relacionada con la inseguridad social.[5] Este lema (antiracismo, anti…) permitió expresar con toda tranquilidad y buena consciencia el previsible “Apoyo a los migrantes” (no a los refugiados: a los migrantes) y luego las llamadas marciales a los “barrios populares”, sin que nadie pensara sólo en señalar, por supuesto, que el racismo, el sexismo y la homofobia contemporáneos son masivamente el hecho de los inmigrantes –como la ausencia de denuncia del antisemitismo. Como una confirmación providencial de la inminencia del peligro fascista, el anuncio al foro de la agresión de algunos infiltrados del NPA en el desfile parisino por una decena de “Zouaves de Paris”[6] (afiliados al GUD) terminó de estrechar los lazos del corsé ideológico que acababa de ponerse la asamblea.

Una vez terminadas las presentaciones, las cosas estaban claras y el marco establecido: estábamos entre buena gente, lo real no pasaría.

De las reivindicaciones al llamamiento final

El grupo anfitrión de Commercy había distribuido una semana antes un cuestionario al que sólo unos veinte grupos pudieron responder: la síntesis de las reivindicaciones[7] presentadas llama la atención por lo políticamente correctas que son y su carácter “izquierdista”, a diferencia de las listas iniciales[8] y de lo que se desprende de todas las discusiones sobre el terreno o en la red.[9] Esto, por supuesto, no fue mencionado y la extraña propuesta de convertirla en el documento final del encuentro fue rápidamente reemplazada por la idea de escribir un improvisado llamamiento nacional in situ. La mayoría de las delegaciones, por supuesto, no tenían el mandato de hacerlo, pero la retórica de aquellos que pretendían tenerlo superó estos escrúpulos: se auto constituyó un comité informal para redactarlo para el día siguiente, compuesto casi exclusivamente por militantes de izquierda (sindicatos, partidos y pequeños grupos) que silenciaron a los inoportunos, incluso en el plenario durante su presentación.

Los “debates” durante la lectura de la primera versión fueron sintomáticos: algunos denunciaron tímidamente la inoportuna pretensión de hablar en nombre de todos los chalecos amarillos, un texto soluble en la verborrea político sindical, la ausencia de mención de la autonomía de los grupos de base, la desaparición del mundo rural a favor de los famosos “barrios populares”, la negativa a clasificar políticamente la violencia de los pequeños grupos o a apoyar implícitamente a las centrales sindicales; los otros insistieron alto y claro en incluir la igualdad absoluta entre franceses y extranjeros (sin duda propuesta por un agente doble del Medef)[10] reclamando que la asamblea no era representativa porque era “demasiado blanca”[11] o porque los términos “anticapitalista” y “antifascista” no aparecían en ella… El comité les respondió que las consideraciones “tácticas” no permitían que se utilizara el vocabulario habitual, accediendo a la mayor parte de su petición… Ya el indigenismo apuntaba bajo el izquierdismo…

El llamamiento se votó con una falsa unanimidad, con muchas delegaciones cansadas votando con los pies. Era necesaria una cierta dosis de coraje para las tres personas que levantaron las manos “en contra”, que recibieron miradas de desprecio hasta que se fueron. Por supuesto, este llamamiento, que tenía que ser aprobado por las asambleas locales la semana siguiente, fue inmediatamente difundido e incluso declamado frente a la cámara con el encanto de una gran jugada.[12]

El trabajo en las comisiones se hizo una y otra vez: se escucharon muy pocas contradicciones y no se incluyeron en los resúmenes las intervenciones discrepantes. El pobre hombre que propuso eludir a los sindicatos en las empresas o mencionó el colapso ecológico poco compatible con el nivel de vida o el laicismo como un valor importante en un momento en que el Concordato asoma la nariz fue recibido con dudas, movimientos de cabeza incrédulos, o incluso con una hostilidad franca y directa.

Algunos mensajes SMS enviados al jefe más tarde, Mélenchon pudo declarar, encantado y en el más puro estilo estalinista: “La asamblea de asambleas ciudadanas de chalecos amarillos de Commercy parece extender en profundidad el movimiento nacido en las rotondas dándole una expresión colectiva no partidista”.[13]

Mientras tanto, del lado de la realidad…

Entre bastidores, las cosas eran diferentes. Muchos participantes sintieron que algo había salido mal, sin ponerle palabras. Cansados por los interminables intercambios, sin comprender que la redundancia es la madre del sabotaje; admirando a los que sabían hacerse aplaudir, sin darse cuenta de que arruinaban sistemáticamente los impulsos de la inteligencia que surgían aquí y allá; se pensaba que el escandaloso izquierdismo que se había impuesto allí era representativo de los otros grupos de chalecos amarillos, y que el propio era el problema… Pero el chantaje al “antirracismo, etc…” le dejaba a uno pensativo, porque parecía tan sobrepuesto al movimiento como las acusaciones del gobierno, lo que parecía extrañamente y de forma implícita asumir sin más fundamento. Las “preguntas incomodas” estaban lejos de ser ignoradas y molestaban a muchas mentes, pero nadie quería tomarse el gusto de enunciarlas, tan sombrío es el mundo que describen, que su encubrimiento público fue finalmente un alivio frente a los retos que plantean, las divisiones que generan y los insultos que suscitan en unos perfectos desconocidos.

La idea a menudo expresada de “volver a las rotondas” sonaba como un deseo cansado de reconectar con las fuentes del movimiento, lejos de las negociaciones, de los oradores y los embustes, en resumen, lejos de “la política”…

Algunos se mostraron discretamente lúcidos sobre la maniobra que acababan de presenciar, idéntica a la que había tenido lugar en su asamblea local… que propone acoger un día una futura “asamblea de asambleas” –además de la anunciada en St-Nazaire, donde se disertará sin duda de los “privilegios blancos” de los que se beneficia indebidamente la Francia periférica…

Algunas conclusiones

Lo que ocurrió en Commercy es una infiltración en toda regla. El izquierdismo, como siempre, ha aprovechado la inexperiencia para tantear de tomar el mando y anteponer sus caprichos ideológicos a esta lucha ejemplar que libra la gente común para no desaparecer completamente en silencio. La negativa de los chalecos amarillos a jugar la carta partidista o comunitarista, su voluntad de repensar los discursos acordados, su apego al universalismo y su coraje físico han sido instrumentalizados por unos guardias rojos bien-pensantes. Prefieren frustrar un intento de organización profundamente democrática a nivel nacional antes que dejar que un pueblo escriba su historia vacilante retomando formas que creíamos olvidadas. Lo que estaba ocurriendo en los foros mediáticos y en las rotondas durante meses se invitó en la organización embrionaria del propio movimiento, acabando por pudrir sus modos de expresión y estructuración, y renovando los callejones sin salida en los que los chalecos amarillos buscan precisamente las puertas de salida:

• A nivel ideológico, el chantaje del izquierdismo cultural se está endureciendo, oprimido el movimiento de los chalecos amarillos en un tornillo de banco por el discurso oficial en combinación con el intrusismo militante, forzándolo a reducirse a un movimiento por el poder adquisitivo a cambio del grillete de lo políticamente correcto.

• A nivel organizativo, la diferencia entre los partidarios del movimiento y los chalecos amarillos implicados se había visto agravada por la división entre rotondas y asambleas –acaba de profundizarse una división ideológica entre la formación de un comité central y las asambleas de base, lo que perpetua la falsa antinomia entre acción y organización.

• A nivel político, los chalecos amarillos ya desposeídos de todas las instituciones del país, puestas al servicio del nuevo mundo, que ellos rechazan en bloque, acaban de perder su primer intento de auto organización a nivel nacional, ¿y quién se lo reprochará?

Es obvio que de cara a la magnitud del movimiento, este golpe izquierdista es sólo un episodio, pero que producirá una cantidad de gente desesperada e indudablemente un creciente disgusto de las formas civiles de la ira. Sin duda, ampliará las filas de los que sólo creen en la “verticalidad”, en el “buen líder”, en los enfrentamientos callejeros[14] y/o en el ajuste de cuentas electoral, que el izquierdismo cultural utilizará para alimentar sus fantasías de guerra contra el pueblo.

Para los demás, la obra sigue abierta[15] y los enemigos de la soberanía popular son más numerosos que nunca.

Lieux Communs


[1] Véase la “Segunda llamada de Commercy: ¡la asamblea de las asambleas!”. El propio grupo Commercy se formó mucho antes del movimiento de los chalecos amarillos, especialmente a partir de la lucha contra el vertedero de residuos nucleares de Bure.

[2] Véase los dos programas de radio: «Les gens expérimentent et ils ont raison de le faire» et Gilets jaunes: une révolution sans révolutionnaires?

[3] «Les gilets jaunes entre le bistrot et le parti»

[4] Tenga en cuenta la disponibilidad del “libro” de Patrick Farbiaz, Los chalecos amarillos. Documentos y textos (Éditons du croquant, enero de 2019), ejemplo perfecto de una reescritura instantánea inmunda de la historia actual.

[5] Tentations révolutionnaires et risque de chaos

[6] Zouaves de Paris: Grupúsculo de extrema derecha radical y violento.

[7] https://we.riseup.net/assets/525917/398246816-Synthese-Des-Revendications-Des-Groupes-Locaux-AdA-GJ-Commercy-26-27-Janvier-2019.pdf

[8] Ver, por ejemplo, la lista de 48 reivindicaciones enviada a los medios de comunicación a principios de diciembre.

[9] «Ni gauchistes ni fachos, les gilets jaunes sont politiques»

[10] MEDEF: organización patronal francesa.

[11] Se constatará con asombro que la “asamblea de asambleas”, era todavía en este punto, más rica en “diversidad” francesa que los grupos y las marchas de chalecos amarillos observados en toda Francia durante doce semanas, que requerían menos esfuerzo para llegar allí.

[12] La llamada en cuestión fue emitida esa misma tarde: Appel de la première «assemblée des assemblées» des Gilets jaunes

[13] Mélenchon: la “asamblea de asambleas”, “la iniciativa más cautivadora” de los “chalecos amarillos” (http://www.lefigaro.fr/flash-actu/2…)

[14] «Gilets jaunes: la violence et l’impasse»

[15] «Gilets jaunes et démocratie directe: convergences et obstacles»