El turismo es una industria compensatoria

Rodolph Christin, sociólogo y autor de obras cómo el “Manual del Anti-turismo” (2008) y “La usura del mundo: crítica de la insensatez turística” (2014),  fue entrevistado en la edición de verano (2018) del periódico francés CQFD.  En una reflexión, que cruza ciudades y territorios, turistas y migrantes, Christin subraya que la mirada crítica sobre el turismo es urgente.

Enlace al artículo original: http://cqfd-journal.org/Le-tourisme-est-une-industrie-de

¿Cómo llegaste a una reflexión crítica sobre el turismo?

Al principio existían los sueños de adolescencia, la atracción sobre los viajes y las aventuras. Un imaginario muy fuerte en mi casa, que se mezcló con un interés por las ciencias humanas: la sociología, la etnografía y la antropología. Pero, durante mis viajes constaté que cada vez era más difícil escapar a las organizaciones turísticas (de los viajes organizados). De esta preocupación surgió una tesis de sociología sobre el imaginario del viaje, lo que me llevó nuevamente a un análisis crítico de este fenómeno relativamente reciente de la historia de la humanidad. Para que haya turismo es necesario poner en marcha un orden turístico en el mundo, la instauración de un modelo económico y cultural que, contrariamente a las ideas difundidas, contribuye a destruir la diversidad humana y territorial.  Turismo y sociedad de consumo son indisociables. Esta denuncia no será fácil –la industria turística se beneficia desde hace mucho tiempo de un amplio consenso sobre sus beneficios. Es cómo si por ella misma tuviera una ética que hiciera toda crítica difícil.

Al principio se trataría cómo de una conquista social, esa de 1936, la de las vacaciones pagadas. ¿Cómo es que evoluciona y degenera después?

Efectivamente, a partir de 1936 existe esa visión supuestamente emancipadora que consistía en liberar, provisionalmente, al trabajador gracias a la adquisición del derecho de las vacaciones pagadas.  Pero claro, estas vacaciones pagadas son un cebo ya que están vinculadas al trabajo y al salario. Se trata más de atenuar una condena que de una liberación.  Hay un tema que se plantea: cómo ocupar ese tiempo liberado sin que lleve al vicio o al libertinaje que, cómo es bien sabido, se alimenta de la ociosidad. Diversas organizaciones, sindicatos, asociaciones propusieron actividades para llenar y ocupar el tiempo, a fin de cuentas cada vez menos “libre”.  En la historia de las vacaciones pagadas nace el turismo social; una forma de educación popular guiada por la idea de descubrir al otro y al mundo. Pero el capitalismo, con su reconocida eficacia, se apropió de esa tendencia que rápidamente fue tan rentable.  Más tarde la búsqueda turística no paró de crecer de forma tácita y generalizada.

El resultado: nos sumergimos en la industria “desinhibida” del turismo de masas.  Organizando así de forma extensa los territorios con fines mercantiles.  El turismo ya no aparece cómo una búsqueda de diversidad sino cómo una búsqueda de diversión lo que provoca transformar regiones enteras en zonas comerciales a cielo abierto. En  los territorios donde no existe un potencial turístico se implantan otros espacios de todo tipo: centros de vacaciones, parques temáticos o zonas de ocio. Son universos artificiales destinados a acoger a los turistas.

En tu libro “La usura del mundo”, rescatas una vieja expresión de la psiquiatría, la “dromomanía”, para representar ese imperativo de la movilidad.

La “dromomanía” significa la manía de ir de un lado a otro. Pero la movilidad –no el simple hecho de estar de vacaciones sino de irse de vacaciones‒ se sobrevalorizó.  Cómo si quedarse en casa fuera algo de mal gusto. Para ser moderno, incluso post-moderno, es obligatorio marchar, sentirse “nómada”. Para ser feliz, inteligente y sereno, es necesario salir de nuestra casa. Hay una connotación positiva vinculada al hecho de desplazarnos. Existe la idea de que volvemos, obligatoriamente, de un viaje o de una estancia turística con el espíritu más abierto. Cómo si un mundo donde las personas se mueven con más facilidad fuera un mundo más harmonioso. Pero nada prueba esa idea. Actualmente el Mediterráneo nos enseña cómo el turismo desenfrenado cohabita con la más feroz represión a los migrantes. El mundo no es mejor desde que las personas se mueven casi compulsivamente y sin reflexionar por motivos turísticos. Antes de la invención de la máquina a vapor, del motor de explosión y del planeamiento de las vías de comunicación era muy difícil desplazarnos. Una aventura. No sabíamos nunca lo que encontraríamos en carretera, podía suceder cualquier cosa. Era necesario monitorizar los desplazamientos, que fueran indoloros, para que nos pudiéramos mover fácilmente, minimizando al máximo los riesgos inherentes del viaje.

Los poderes públicos y los operadores privados planificaron el espacio para hacerlo accesible sin gran esfuerzo y con seguridad. Esa red territorial con ejes de circulación, zonas turísticas y comerciales, canaliza y orienta los desplazamientos. Ya no estamos en el imaginario del mochilero sino en un circuito banalizado y organizado. Con Jack Kerouac o Nicolas Bouvier (escritores viajeros),[1] el viaje era indisociable de la idea subversiva de la evasión. Cuando Bouvier se marcha podía estar años en la carretera a merced del viento. Esa filosofía se sustituyó  por una serie de itinerarios estructurados alrededor de etapas obligatorias, vendidos cómo clichés.

Hablas de desarraigo tanto para el turista cómo para el migrante…

El desarraigo es la propia realidad del hombre moderno. En los escritos de Jack London encontramos ese imaginario de la aventura vinculada al viaje. London vive en la miseria en San Francisco. Decide marcharse a buscar oro a Alaska, no lo encontrará, pero escribirá un libro que lo hará famoso. Jack London es, quizás, más próximo del migrante de hoy en día que del turista, que huye de su país para encontrar una vida mejor. Actualmente los verdaderos héroes  viajeros son los migrantes.

Pero existe otra lectura que vincula los turistas y los migrantes. El capitalismo necesita de productores y consumidores. El turista es la versión deslocalizada del consumidor al mismo tiempo que el migrante es un productor potencial desarraigado. La globalización económica necesita de mano de obra movible para emplear en sus necesidades.  De personas que estén listas para romper con su territorio, su familia, listas para el exilio.

En la remodelación del mundo la industria turística ha producido los “no lugares”. Espacios clonados indiferenciados, que se pueden encontrar en cualquier lugar del planeta.

Recojo esa expresión que usaba el antropólogo Marc Augé, autor de “No lugares-Introducción a una Antropología de la Sobremodernidad” (editado en Portugal). A pesar de que el turismo ha sido presentado, desde hace tiempo, como una búsqueda de autenticidad y de diversidad acaba produciendo lugares similares en cualquier parte del mundo.  Sitios que obedecen a modelos y criterios de calidad y de accesibilidad idénticos. No hay nada más parecido a una ciudad balneario francesa del Mediterráneo que una ciudad balneario española o tunecina. Por otro lado, estos no-sitios obedecen frecuentemente a las lógicas de reclusión. Cada vez se convierten más en espacios cerrados, dedicados al ocio y al consumo, frecuentados por personas que se conocen y sin cualquier contacto con el mundo exterior. Sólo existen las relaciones comerciales de un proveedor y un cliente.

Son las señales de este tiempo: la lógica de la reclusión es transformada en modelo por los profesionales del turismo. Ese será el modelo para luchar contra los maleficios del turismo “salvaje” o del tipo Airbnb. Los turistas que llegan a una ciudad y que allí se propagan de forma anárquica serán más nocivos para el territorio de que los viajeros reagrupados en locales específicos. Hay un cierto discurso de contención sobre el turismo. Recientemente un artículo de “Quotidien du tourisme” relataba la propuesta de dirigentes de sociedades explicando que, para que el turismo sea menos perjudicial, será necesario organizarlo de manera más concreta: con locales y circuitos que las personas no puedan salir de ellos. La híper organización como solución para luchar contra las nocividades del turismo no organizado. Es la manera de los industriales del turismo de producir una contra ideología frente a la moda Airbnb.

Y sabemos que, en este último campo, vemos surgir nuevas tendencias como la venta de “experiencias”.  Ya no sólo el particular alquila un cuarto sino que puede proponer en adelante a su cliente una excursión a pescar en la montaña o una noche de flamenco en un bar de París. Lo que era gratuito entre amigos, o simplemente una casualidad, se vuelve con la uberización, en una fuente de lucro. Todo el mundo puede ser un potencial agente turístico y todo es “turísticamente” explotable.

En Barcelona se levantan voces contra una plaga turística, invasiva, que envuelve lo inmobiliario. Crees que asistimos a la emergencia de un pensamiento crítico?

Sí, pienso que hemos alcanzado este año un nivel, con el concepto emergente de “hiperturismo”, para designar (nombrar) los sitios saturados de turismo. Los términos “turismofobia” o “turistofobia” se utilizan cada vez más. Los operadores turísticos se inquietan con estas contestaciones que agitan ciudades cómo Barcelona, Dubrovnik o Venecia, ante esas perpetuas flotas turísticas. En 2016 el alcalde del Ayuntamiento de Barcelona infligió fuertes multas a seis plataformas de alojamientos online. En noviembre pasado multó con cerca de 600.000 € a Airbnb y a HomeAway por alojamientos ilegales. La presión inmobiliaria es tal que el Ayuntamiento debe  intervenir para tratar de mitigar los efectos a la hora de la búsqueda de casa.

Asistimos, en estos “hotspots”, a una intensificación del rastro turístico, que persigue la vida local, haciéndola imposible. Los trabajadores no pueden ir a trabajar por culpa de los atascos de tráfico; el más simple gesto de vida cotidiana cómo ir a comprar el pan, implica media hora de cola. El turismo no permite nada más que la vida turística. Se extiende a través de la privatización del espacio común pero la gestión de su nocividad queda en manos de los poderes públicos. Se trata de una externalización de los costes demasiado fuertes para los residentes. Sin contar con los aspectos ambientales y sanitarios. En el Mediterráneo hay una gran actividad de cruceros. Sabemos que un crucero tiene una emisión media, en un día, de tantas partículas finas cómo las emitidas por un millón de vehículos. El ocho por ciento de los gases con efecto invernadero los produce la industria turística. 

Pero, a pesar de los costes, la crítica de la industria turística no siempre es fácil…

Hay una serie de trabas psicológicas; una especie de encantamiento  que hace que las personas no tengan conciencia de lo que está subyacente a la industria turística.  Se coloca en primer plano el descubrimiento de lo nuevo y el placer turístico, pero toda la industria que hay detrás no es perceptible.

Podríamos señalar ese viejo concepto de “alienación”…

Sí, pero la alienación contiene la idea de sufrimiento, en cambio el turismo toma la forma de un cierto hedonismo. La adicción turística es por eso mucho más fuerte. Todo el mundo quiere ir de vacaciones y disfrutar del sol, los cocktails y las visitas.  Con mucha frecuencia oímos decir a la gente: “necesito ir de vacaciones sino me muero”. “Necesito cargar baterías”. Estas respuestas automáticas recuerdan cómo nuestras condiciones de vida se vuelven insoportables. Hasta tal punto que nos olvidamos de ese cotidiano en espacios hechos con esa finalidad. El turismo es una industria de compensación: “sufro, trabajo todo el año, por lo que me concedo alguna semana de pausa”.

La definición de turismo se ha vuelto tan extensa que todo se puede convertir en “turismo”.  Consecuencia: dejas de poder criticar el fenómeno. ¿Vas a visitar a tu madre a Bretaña? Estás haciendo turismo. ¿Estás en un viaje de trabajo y, al final del día, antes de volver al hotel visitas una exposición? Estás haciendo turismo. Hay una especie de naturalización de la actividad turística que transforma todo en potencialmente turístico. Criticar el turismo es entonces cómo criticar el acto de respirar, beber o comer.

Es por ello necesario volver a las raíces del problema. Históricamente el desarrollo del turismo está vinculado al desarrollo del capitalismo. Se extiende como la sociedad industrial. Salir del capitalismo y de la sociedad de consumo es salir del turismo. Es seguir rumbo a una sociedad de bien estar, que respete las vidas humanas y no humanas.[2]

Julio, agosto 2018


[1] Escritor y gran viajero suizo. Autor del El uso del mundo, libro mítico publicado en 1963, al que hace referencia Rodolphe Christin en el título de le su obra La usura del mundo (2014).

[2] Otra entrevista a Rodolphe Christin: Que vous le vouliez ou non, en vacances, vous resterez toujours un touriste. https://www.vice.com/fr/article/3kk8b8/tourisme-critique-rodolphe-christin-interview