Anotaciones contra los turismos

Tourisme est la chance d’aller voir ce qui est devenu banal[1]
Debord (1994)

En la Francia anterior a la segunda guerra mundial las luchas de los obreros por conseguir la semana de las 40 horas (ocupaciones de fábricas, huelgas de brazos caídos, luchas contra las horas extraordinarias, etc.) paralelamente al ascenso del Frente Popular (1936-38), fuerza en la primavera de 1936 el acuerdo de Matignon por el cual la patronal cede al aumento de los salarios, las vacaciones pagadas y la semana de cuarenta horas, que equivale a disponer del fin de semana festivo.

Siguiendo la lógica del desarrollo del período fordista (producción en masa consumo en masa), la organización del tiempo libre se convierte en uno de los principales sectores de la economía del Frente Popular francés, lo que imprime un gran desarrollo a la industria del turismo. El sindicato de la CGT crea su propia agencia de turismo, el Centro de Esparcimiento y Vacaciones de la Unión de Sindicatos o la subsecretaría de Estado de los Deportes y Esparcimientos, son algunos ejemplos de este desarrollo, al tiempo que aparecen nuevas reivindicaciones como el “derecho a la nieve” o “la Costa Azul para todos”.[2]

Desde entonces este sector no ha hecho más que crecer y se ha convertido en la industria de crecimiento más rápido del mundo. Fenómeno que nos puede dar una idea (y del que España es un magnífico ejemplo) de las mutaciones a las que ha sido sometido nuestro entorno, transformando paulatinamente nuestro hábitat en el espacio del capital, sometiendo su uso al escenario de las actividades mercantiles y ha ser consumido como cualquier otra mercancía.

Del espacio de producción a la producción de espacio

La vieja ciudad industrial ha muerto, las fábricas han sido desplazadas hacia fuera, deslocalizadas a otro lugar, ya no produce mercancías, sino que la propia ciudad y todo lo que contiene ha sido convertida en una mercancía que alimenta la industria.

La industria turística consiste en un proceso global y extensivo de mercantilización, de apropiación de la ciudad, de su patrimonio material e inmaterial, mediante el cual ciertos bienes son transformados en valores de cambio. A pesar de lo que reza la propaganda es un sector de reducidos márgenes y rentabilidad baja que tiende a una más baja rentabilidad. Los grandes beneficios, la mayor extracción de renta urbana, se obtienen a través de las operaciones de compra-venta inmobiliarias, que junto a la presión habitacional turística son las responsables de la expulsión de los vecinos.[3] Según los economistas, entre el 80 y 90 por ciento de la población residente en los “centros” de las ciudades será empujada hacia la periferia.

En su evolución, ha pasado por el modelo fordista a gran escala hasta la diversificación de la producción basado en la sostenibilidad, el consumo responsable, el ecoturismo, la excelencia de la experiencia…  modelos orientados a crear y transformar espacios para ser consumidos como mercancías.

Esta industria se encarga de comercializar nuevos productos urbanos. Es la creadora, por ejemplo, de las “ciudades fantasía” que trata de acondicionar los centros históricos para reconvertirlos en espacios dysneificados para el consumo intensivo. Estos “espacios de simulación” son logrados mediante campañas de promoción de contenidos históricos, culturales, arquitectónicos, paisajísticos; orquestados por los agentes económicos involucrados, las instituciones locales y el Estado, dirigidos a alimentar la industria y el fetichismo turístico.

Estos nuevos espacios trastocados por la mercancía configuran un paisaje propio, en muchos casos tan estandarizado que diferentes centros de las capitales del primer mundo son prácticamente indistintas entre si: calles que no son sino escaparates del súper mercado, plazas desmanteladas cuyo uso ha sido prácticamente privatizado, ciudades-mercancía, no lugares.

“Tiempo libre” y dominación

Esta transformación genuina del espacio urbano en una mercancía evoluciona correlativamente a las relaciones sociales acotadas en el marco de las relaciones mercantiles de compra-venta y a los cambios acontecidos en las relaciones de explotación del trabajo asalariado. Cambios que corren paralelamente al ascenso del “tiempo libre” y nos remiten a considerar brevemente su significado y naturaleza.

Históricamente, la disposición de “tiempo libre” no se puede considerar al margen del tiempo de trabajo que es el tiempo que vendemos a cambio de un salario. Dado que en la sociedad capitalista solo disponen de “tiempo libre” aquellas personas que poseen los “medios” de subsistencia, aquellas otras desposeídas deben tratar de vender su tiempo o emplearlo para obtenerlos. Entonces, para poder determinar la naturaleza de aquel que llamamos “libre”, sería conveniente analizar su contrario, teniendo en cuenta que no nos referimos al tiempo de descanso que discurre para volver al trabajo.

El tiempo vendido a cambio de un salario no es libre, no nos pertenece, está sometido a la voluntad de aquel que paga por él, a los imperativos definidos por el mercado, al marco regulador, etc.; es el tiempo de la persistente desposesión. Bajo la condición de desposeídos del tiempo, la dimensión que adquiere el calificativo de libre no nos parece nada desdeñable, aunque deberemos considerarla en otra ocasión cabe preguntarse qué supone el “tiempo libre”, cuando nos referimos a un tiempo que continúa inscrito en la lógica de mercado y en el consumo de espacio y de experiencias.

“Tiempo libre” de consumo

El mercado es el que determina el tiempo de trabajo socialmente necesario para producir cualquier mercancía, aquello que se podrá vender y lo que no, el tiempo de producción y el tiempo de trabajo. El contenido del “tiempo libre” dirigido hacia el consumo de mercancías de ocio está definido y queda circunscrito a las posibilidades y expectativas del mercado, conducido hacia la realización de la mercancía estrecha el círculo del tiempo. Del tiempo de trabajo vendido al consumo de tiempo libre, la experiencia del tiempo acaba por ajustarse a lo realmente posible en términos capitalistas.

El “tiempo libre” realizado en el mercado sigue fielmente la lógica del tiempo de libre mercado. Un tiempo envasado que transcurre consumiendo fetiches, representaciones del “otro” y de lo “otro”, que discurre en espacios especificamente acondicionados donde las relaciones sociales están desligadas del lugar, espacios donde los turistas se apelotonan y fotografían, consumiendo mercancías simbólicas que permiten adquirir “experiencias de lugares” detentadas como capital simbólico en sus respectivos espacios sociales.

Liberarnos del tiempo sometido sin disponer de más tiempo fuera del alcance del mercado, de sus relaciones y su fetichismo, reduce el horizonte de aquello que podemos desatar con nuestro tiempo y nos aboca directamente al consumo del espacio.

Del espacio de producción al consumo de espacio y de experiencias

Después de ser instrumentalizados en el espacio de producción y de sufrir el urbanismo, la ciudad o el suburbio, después de habitar el paisaje capitalista, buscar otro entorno puede convertirse en una imperiosa necesidad. Recorrer otros decorados es posible, contemplar otros espacios “cargados de historia”, recodos que contienen restos, signos perdidos de la humanidad, la naturaleza, la belleza, la sensualidad, o su reconstrucción.

Sin más tiempo, el turista se ve empujado dialécticamente al consumo de espacio, pues en el consumo de espacio parece hallarse encerrado el último horizonte posible de libertad. En este sentido, el consumo de lo exótico dentro de lo posible, la gran evasión (e invasión) que se lleva acabo cíclicamente no es otra cosa que el consumo de una huida controlada que tiende al retorno apaciguado de la servidumbre. Consumo de espacio como evasión que trata de redimir el tiempo (y su liquidación) y la experiencia de la producción.

Sin menoscabo de la relación social capitalista, habiendo reducido las expectativas del tiempo y también sus posibilidades de liberación, el horizonte humano fijado por el mercado, aspira colocarse a la vanguardia de la satisfacción, abriendo nuevos segmentos de negocio dedicados a multiplicar la oferta de mercancías, con las que nos prometen nuevas y apasionantes emociones con las que animar nuestra repetitiva existencia. Con ellas somos proyectados a la “conquista” de lo inalcanzable, de lo exótico, lo mundano y lo genuino, facilitada por la técnica de los transportes, a la que se puede añadir la extensa oferta de cualquier espacio expresamente acondicionado para ello: ciudades-turísticas, espacios confinados para la contemplación, espacios de excepción, etc.

Nuevas mercancías iluminan el horizonte, nuevas emociones que nos van a permitir invocar la diferencia o saborear otra “vivencia”, emocionarnos bajo un ambiente controlado y el mínimo riesgo. Mercancías simbólicas que nos van hacer sentir, que nos acercan lugares y viejas experiencias, que nos van a permitir atravesar algunas favelas, reseguir el recorrido de los migrantes “espalda mojada” o realizar un recorrido turístico en Barcelona guiados por un sin techo (Homeless Walking Tours), entre otras…

Turismo mórbido

Sin duda la conquista de la semana de 40 horas supuso un cambio importante de las condiciones de trabajo y de la cantidad de tiempo entregado a cambio del salario, el fin de semana y las vacaciones acortaron el tiempo dedicado al trabajo, y supuso un cambio en el horizonte del tiempo disponible. Ochenta años después nos parece obvio que todo el mundo tenga derecho a descansar, sin embargo,, el “tiempo libre” circunscrito y “consumido” a través del mercado no escapa a su lógica, ni constituye una alternativa que pueda suponer una liberación efectiva del tiempo. Tiene el empleo de negar el tiempo de trabajo pero sin llegar a superarlo. Se difunde como un momento de “libertad” que se consume para dinamizar la economía. Un tiempo que pasa de producir a contemplar la producción, de ser consumido a ser consumidor, de servir a ser servido…

Este tiempo aparentemente invertido es un tiempo de excepción, una experiencia que contempla el mundo como si estuviera fuera de la cadena de producción, desde el otro lado, insertada en la cadena de consumo, en el mundo del consumo, en un mundo para ser consumido. Una mirada fugitiva del mundo servil que por una vez se sostiene fuera del propio tiempo de trabajo contemplando el trabajo de los otros. Una mirada del mundo que no nos pertenece, quizás de ahí la necesidad compulsiva de atraparlo y fijarlo dentro de una máquina, Un momento que experimenta un mundo desligado de las relaciones sociales, que no son el objeto de interés, salvo aquellas imprescindibles asociadas al consumo y aquellas otras que se apartan de lo normal y son contempladas como un exotismo.

Una experiencia extraordinaria que trata ávidamente de consumir una escenificación aceptable del mundo con la que alimentar el correlato, una mirada morbosa hacia la libertad.

Turismo fobia y fetiche

Aquellos y aquellas que se manifiestan contrarios a los efectos de la industria turística, a su dominio y tiranía, a la remodelación de la ciudad de la fábrica en la ciudad como fábrica, y su nocividad: la destrucción y acondicionamiento, la invasión, la expulsión, la contaminación… son ultrajados sin miramientos por los entes encargados de velar por la integridad y seguridad del negocio. Llegados a este punto, defender un espacio habitable o simplemente el lugar donde vivimos (ZAD) supone un contratiempo para la economía. Pero aquello que se pretende difamar con el estigma irracional de la fobia no es otra cosa que la resistencia a la racionalidad capitalista y su progreso, a ser expulsados del lugar donde vivimos, a que nuestro entorno se convierta en un espacio singular e inhabitable, apropiado por la industria para ser invadido por miles turistas y la banalidad que los acompaña.

Industria que se nutre principalmente de la eventualidad y rotación de la clientela, los miles y miles de trabajadores que periódicamente abandonan sus lugares de trabajo y residencia para convertirse ocasionalmente en turistas. El éxito de esta industria se fundamenta en la capacidad de generar mediante imágenes una imagen de la realidad desarrollada para ser consumida, en la atracción que genera una imagen del mundo como paisaje que aspira a sustituir temporalmente las relaciones sociales establecidas. Otro mundo es posible, deseable, incluso real, un mundo fuera del nuestro.

Karai


[1] “Turismo es la suerte de ir a ver aquello que ha convertido en banal”

[2] La maternidad del week-end, Michael Seidman, Etcétera (2004).

[3] Este proceso de cambio de uso/usuario del espacio urbano también se le ha llamado centrifugación.