¿Otro mayo es posible?

 Jean-Pierre Garnier

Voy a contestar de entrada

No sólo no lo creo posible sino también no me parece deseable. Por lo menos si se quiere cambiar DE sociedad y no solamente cambiar LA sociedad. Lo que implica otra pregunta: ¿es posible un mayo –u otro mes– que sea otro que el Mayo 68, es decir diferente?

Hay que señalar de antemano que hubo varios mayos del 68. No en la realidad a pesar de que se suele distinguir entre el mayo de los estudiantes y un mayo obrero, sino a través de las interpretaciones que estas 6 semanas de agitación han dado lugar. Decenas de miles de paginas han sido escritas sobre  el tema, si contar los discursos de unos y otros, acerca de este acontecimiento.

 Empezaré, para definir lo que fue el Mayo 68 según mi opinión, con una cita de Michel Certeau, sacerdote, teólogo, antropólogo, historiador, cuando analizaba el reto de los «acontecimientos» del Mayo 68 para la sociedad y sus instituciones. Le daba el significado filosófico y político que sigue:

“En mayo pasado se tomó la palabra como se tomó la Bastilla en 1789. Esta plaza fuerte ocupada es la del saber, que detentan los distribuidores de cultura, y está destinada a mantener la integración de trabajadores, estudiantes y obreros bajo un sistema que les fija su funcionamiento. Entre la toma de la Bastilla y la toma de la Sorbona, entre estos dos símbolos, hay una diferencia esencial que caracteriza el acontecimiento del 13 de mayo de 1968: hoy se ha liberado la palabra”

(Études [revista jesuita], junio-julio 1968).

El paralelo metafórico entre la toma de una fortaleza y la toma de la palabra me parece muy original y acertado. Pero Michel de Certeau era un cristiano es decir un idealista. Un cristiano de izquierda, que siempre es mejor que un ateo de derecha. Sin embargo, para él, las palabras contaban más que los actos. En el prólogo del Evangelio de San Juan, el primer versículo dice: «En el principio era el Verbo. El verbo estaba con Dios y el Verbo era Dios».  Para mí, materialista desde siempre, lo que planteó Goethe a través de su Fausto, obviamente con intención blasfema, me parece más realista y más racional –lo «real racional» de que hablaba otro filósofo, Friedrich Hegel, que influenció también a Lefebvre, además de Marx–: «¡Al principio fue la acción!». Ahora bien, la confrontación entre los dos lemas me permitirá llegar rápidamente a lo vivo de la cuestión.

En efecto, la toma de La Bastilla fue una acción, incluso un acto físico, pero sobre todo simbólico, cuyo significado político fue incomparablemente más fuerte que la toma de la Sorbona. Claro que en el caso de La Bastilla, el número de los prisioneros liberados fue muy reducido y el edificio tenía también poca importancia militar. Pero un pueblo en armas que, por un lado, entraba por primera vez en un lugar del poder y, por otro, entraba al mismo tiempo en la historia, fue la señal de que la historia en Francia, y también en Europa, iba a cambiar de rumbo. En cambio, la irrupción de los estudiantes en la Sorbona, templo del saber y del conocimiento, cuya función elitista nunca fue puesta en tela de juicio por los «contestatarios», solo dio la señal de un diluvio de discursos, de una «liberación de la palabra», como lo escribía M. de Certeau. Señal de una revolución, por un lado, señal de un sin número de discursos –bla, bla, bla– sobre la revolución por otro lado. Y luego, en todas las conmemoraciones que se han sucedido hasta hoy, discursos para preguntarse qué clase de revolución ­­–en la hipótesis de que ya hubo una– fue el Mayo 68. A este respeto, se podría concluir: «Al final está el verbo».

Ahora, para contestar acerca de la posibilidad o la eventualidad de un nuevo Mayo del 68, me ayudaré en mis análisis con el pensamiento de Henri Lefebvre… y a veces también contra él.

Una coyuntura particular que no se puede reproducir

La interpretación de Henri Lefebvre, estrechamente implicado –¿demásiado?– en los acontecimientos fue: mayo del 68 fue el producto de una coyuntura socio-historica específica.

En el plano nacional, la «nueva organización de lo cotidiano» que resultaba de las transformaciones del capitalismo: crecimiento económico identificado con la «prosperidad», «industrialización y urbanización intensas y brutales». Aumento de las ganancias mientras que los trabajadores recibían solo migajas. Además, «la acción de los media, la publicidad tan ruidosa como eficiente, el marketing, las técnicas de venta». Este conjunto de innovaciones técnico-económicas «requería otro modo de vivir». Todo eso contrastaba, por una parte, con un poder estatal autoritario y tecnocrático, y por otra parte, con una moral obsoleta y represiva. De dónde procede un «hartazgo» entre las nuevas generaciones y los intelectuales.

Además, habría que tomar en cuenta la influencia del contexto internacional: «la contestación, cada vez más radical desde varios años, ganaba en influencia», a  saber, «el derrumbe del colonialismo y del estalinismo, los movimientos  revolucionarios surgidos fuera de los marcos tradicionales (Fidel Castro)», a los cuales se podría añadir les luchas de liberación anti-imperialistas en Asia y en África, y el  combate de los «afro-americainos» en los Estados-Unidos por los «derechos cívicos».

  • Hay que apuntar el papel del antiimperialismo en la movilización estudiantil. Del 16 al 17 de marzo de 1968, los escaparates de los locales parisienses de la Chase Manhattan Bank, de la Bank of America y de la compañía aérea TWA son reventados en el barrio de la Opera. El 20 de marzo con ocasión de una manifestación de 200 personas contra la guerra del Vietnam, en el barrio de la estación Saint-Lazare, a la llamada del comité Vietnam Nacional, ciertos manifestantes atacan la agencia American Express, que es pintada con graffiti y pintura roja y cuyas vitrinas son rotas. 5 jóvenes son detenidos por la policía, entre los cuales un militante del servicio de orden de la JCR (trotskista). El día siguiente, un sexto, fundador de la Juventud universitaria cristiana y futuro miembro de la Izquierda Proletaria (maoísta) es detenido en su casa. Eso provoca en la facultad de  Nanterre la movilización contra la represión, y la ocupación de la sala del Consejo de Administración de la universidad, donde se proclamará la creación del Movimento del 22 de Marzo.

Todo eso provocó entre la pequeña burguesía intelectual, a la vez frustrada y radicalizada por el porvenir profesional normalizado y mediocre de  «cuadros medios o pequeños» (Lefebvre) que se le prometía, un fenómeno de proyección ideológica y sicológica conocido bajo la denominación de tercermundismo, sobre las luchas llevadas en otras partes del mundo para escapar a la opresión. La solidaridad con los pueblos en lucha con el resto del mundo era una manera de «hacer» o vivir la revolución» a través de otros. Queda por entender el origen social de este deseo de revolucion.

De todo eso salé una pregunta: ¿qué clase de revolución fue el mayo del 68? Unos dicen que fue una revolución fantasmada, o abortada o por falta de perspectiva política. Se limitaba a «contestar» el poder, las normas, los valores dominantes pero sin pensar realmente, es decir, prácticamente como acabar con el sistema capitalista, salvo los grupúsculos troskistas o maoistas. Los cuales no tenían la menor idea acerca de la estrategia, la organización y las alianzas de clases para derrocar a la clase dirigente y tomar el poder. Otros, al contrario, se alegran de que fue así: para ellos, el mayo del 68 fue antes que todo une «revolución cultural» o «social» (de las costumbres, los hábitos y comportamientos) benéfica para la democracia. La democracia burguesa, desde luego, pero eso no debe decirse. «Esta revolución fantasmada por sus actores los más movilizados parió reformas exitosas […] La revolución vagamente soñada fracasó. Pero quedan las reformas que ésta permitió.[1]»  En todo caso, esta es la interpretación dominante del cincuentenario.

Así pues, para la mayoría de la gente en Francia, no hubo ninguna revolución sino sólo una revuelta colectiva o una insurrección pacífica. Según otros hubo efectivamente una revolución pero una «revolución cultural», no en el significado maoísta, sino de una transformación de los modos de vida. No una revolución social que puso en tela de juicio el modo de producción capitalista en sus fundamentos y fundaciones sino una revolución «costumbrista» que tuvo como efecto sino como objetivo adaptar una superestructura política e ideológica anacrónica y atrasada a une infraestructura económica en plena renovación y modernización

«Una coyuntura no se reproduce: los acontecimientos no ocurren dos veces, salvo cuando la repetición caricaturiza el invento» (H. Lefebvre).

 “Hegel dice en alguna parte que la historia se repite dos veces. Le faltó agregar: primero como tragedia y después como farsa”. Marx El 18 brumario de Luis Bonaparte

La coyuntura socio-histórica actual en Francia –para no hablar del mundo en general– tiene poco que ver con la situación de los años 60. Tres evoluciones se han producido en el transcurso de los 50 últimos años:  la del mismo capitalismo del cual nos basta recordar que su dinámica –la de la acumulación y por lo tanto de la explotación ilimitadas– siempre es la misma, prescindiendo de conocer sus rasgos nuevos y sus implicaciones de todo tipo y en todos los campos; la desagregación,  para no decir la casi desaparición de  lo que se llamaba el movimiento obrero que las luchas defensivas y dispersas de los trabajadores, incluso victoriosas, no deberían olvidar, y last but not least,[2]  la «ascensión irresistible» de la pequeña burguesía intelectual –de la cual nosotros formamos todos parte– como tercer ladrón de la Historia que desempeña un papel clave en las luchas de clases. A este respecto, mayo del 68 fue quizás la fecha de la entrada en escena más espectacular de esta clase en la historia. De ahí la cuestión que no se pude eludir: no ya  ¿qué clase de revolución fue mayo del 68? sino ¿de qué clase de mayo del 68 fue la revolución?

Hoy día, ya no existe en Francia una izquierda realmente anticapitalista a pesar de la crisis de confianza del pueblo francés en sus dirigentes políticos, en la democracia representativa, del rechazo del neoliberalismo. Las luchas son solamente defensivas. No existe ninguna movilización colectiva en favor de un orden post-capitalista. Aceptación, resignación, pasividad, cinismo son los sentimientos y actitudes que predominan. En el plano de la geopolítica, el antiimperialismo, los ideales y la misma idea de una revolución mundial han desaparecido. Pertenecen a otra época. Peor: el NPA, Altenativa Libertaria aplauden los bombardeos de la OTAN en Siria. Apoyan a los llamados «rebeldes  moderados» es decir los jihadistas y mercenarios encargados de desestabilizar el régimen de Assad en el marco de la «reconfiguración del Oriente Medio» planeada por el Departamento de Estado  estadounidense y el Pentágono. Para la  difunta extrema izquierda francesa,  Putin es igual a Stalin. Sólo los «Insumisos» critican la política norte americana pero a partir de la defensa de un capitalismo nacional.

Sin embargo, hubo gente en los medios intelectuales de izquierda que creían que un nuevo mayo del 68 podría ocurrir. En primer lugar, inmediatamente después del mayo 68, los  lideres de los grupúsculos trotskista y maoísta se imaginaron que una verdadera revolución estaba al llegar. Entre los troskistas, Daniel Bensaïd y Henri Weber escriben un libro, Mayo 68, una repetición general (1968), donde explican que este sublevamiento de masa, «deseado y preparado por ellos, era sólo el afloramiento de un proceso permanente de luchas, un paso adelante donde les fuerzas de vanguardia, a penas salidas del seno estalinista, hicieron sus primeras armas». Para ellos, «Mayo del 68 fue la oportunidad de comprobar y actualizar la teoría revolucionaria. Entender, más allá de las explicaciones sociológicas, el papel del movimiento estudiantil y de su vanguardia, entrever lo que era posible en mayo (la constitución de un doble poder) y que no pudo realizarse, prepararse, política y organizativamente, a dar al Mayo del 68 las mañanas felices que este merece. Tales eran las tareas de los militantes».  No pudieron llevarlas a cabo ya que el ministerio del Interior disolvió la JCR pocas semanas después.

Del lado de los maoístas, a principios de 1969, se publicó un libro, Hacia la guerra civil, escrito por Serge July, Alain Gesmar y Erlyne Morane (apodo de  la compañera de uno de ellos). Este libro se consideró como el manifiesto fundador de la llamada Gauche Prolétaire (GP: Izquierda Proletaria) en el seno de la cual se fusionaron los teóricos maoístas de la Escuela Normal Superior (Benny Lévy, Robert Linhart, Jean-Claude Milner, etc.) con una fracción marxista-libertaria (sin Daniel Cohn-Bendit). Como el título del libro señalaba, no se  trataba de  generar otro mayo del 68 sino de una lucha armada «antifacista» («nuevos partisanos», «francotiradores de la guerra de clases») vinculando estudiantes y obreros contra el capitalismo y los partidos al servicio de este, ya fueran de la derecha tradicional o de la izquierda socialdemócrata. El modelo de la GP era la Fracción Armada Roja alemana (RAF) y las  Brigadas Rojas italianas. Tomando rápidamente conciencia del irrealismo de este proyecto, sus iniciadores decidieron la autodisolución de la GP en 1973.

La carrera política-mediática ulterior de estos revolucionarios de papel fue conforme a la del conjunto de los lideres del mayo del 68: salvo Daniel Bensaïd y Robert Linhart, se volvieron, en nombre de un socialismo renovado, los defensores más destacados del orden capitalista e imperialista.

En noviembre-diciembre de 1995, un movimiento poderoso de huelgas se opuso a un plan que atacaba el sistema de seguridad social (salud, pensiones de jubilación…). Aparecieron las “coordinaciones” entre sectores, pero limitadas a los trabajadores de las empresas y servicios públicos. Era la época de las manifestaciones antimundialistas contra los cumbres del G8 de Seattle, del auge del movimiento zapatista en Chiapas, de lo encuentros alter mundialistas de Porto Alegre, del rechazo de las políticas neo-liberales. La editorial del Mundo Diplomático de septiembre de 1996 reza: «Octubre rojo». Aunque, el antineoliberalismo no implicaba ningún anticapitalismo. Es la época del eslogan: «Otro mundo es posible». Otro mundo capitalista o capitalista de otra manera pero no otro mundo que el capitalista. Todo desembocó en el retorno al poder, en 1997, de un gobierno de la «segunda derecha» (la llamada «Izquierda plural»).

En el caso de otro Mayo del 68, es la farsa la que copiaría a la farsa. En el 68 los estudiantes habían hecho de nuevo la escena de la barricada revolucionaria de la Comuna de Paris, pero sin armas ni perspectiva ninguna de toma del poder para derrocar a la burguesía y el capitalismo. La próxima vez, si hay una, será quizás una «revolución ciudadana» con un cambio de la Constitución –la  VI República–  y el arranque de una «transición ecológica», es decir la aplicación del programa de los Insumisos de la Zarzuela. Se pudo experimentar recientemente, el 5 de mayo, un anticipo de esta revolución con une manifestación callejera festiva en Paris para «festejar a Macron», fiesta bautizada como «el cocido» para  concretar la diversidad  de la reivindicaciones y la convergencia de las luchas políticas, sindicales y asociativas contra la política neoliberal del gobierno. Sin ninguno impacto práctico.

No se tampoco cual será el impacto de la «marea humana», una vez más festiva y alegre –y pacífica, desde luego– organizada hoy por la tarde (26 de mayo) por un conjunto de asociaciones, sindicatos y partidos «ciudadanistas» para expresar el rechazo de la política llevada a cabo por el gobierno y el Presidente de la Republica, del desmantelamiento de las conquistas sociales del siglo pasado. Lo que si puedo apuntar es la ausencia total de un horizonte realmente anticapitalista, sino revolucionario en esta manifestación, ya sea socialista, comunista o anarquista.

De todos modos, estas palabras han desaparecido del vocabulario político. La misma palabra «democracia», que sigue más que nunca haciendo correr ríos de tinta en los discursos engañosos y demagógicos. A causa de o a pesar de su triunfo, se ha vuelto un significante flotante que tiende constantemente hacía lo in-significante, debido a la multiplicidad de los significados que se le han puesto.  En cambio, es muy significativo que las disputas, peleas y polémicas que se entablan  acerca de dar sentido al concepto de emancipación colectiva ya no conciernen más que una ínfima minoría. ¿De qué es significativo? De una coyuntura contra-revolucionaria que se ha vuelto  casi estructural en el que ha entrado la humanidad desde varias décadas, tanto más paradójica que el famoso «espectro» que se suponía rondaba Europa en tiempos de Marx, y que no parece asustar mucho al burgués del capitalismo «tardio» o «postmoderno». En cualquier caso, me parece  bienvenida  la recomendación del sociólogo polaco  Zygmunt Bauman poco antes de su muerte: «Un nuevo espectro debería obsesionar a Europa  –a la de izquierda por lo menos– la ausencia de alternativa».

Mayo 2018


[1] Laurent Joffrin, «Mai 68 Les faux procès d’une vraie libération»,  Libération, 2  mai 2018

[2] Por último, pero no menos importante…